Son incontables los artistas argentinos que, por incontables razones, se trasladaron a Francia a desarrollar su vida y su arte. Tal vez haya sido por eso que no me resultó extraño enterarme que José Salem, el autor de Donde la vida nos lleva, una de mis mejores lecturas del último año, no vivía cerca de casa sino en París. Y por supuesto que, a la hora de sentarme a charlar con José, era mucho lo que quería indagar en relación a sus libros, pero no me olvidaría preguntarle cómo se transitan los días desde una ciudad tan lejana pero a su vez tan unida a nuestras letras y nuestra historia.
—Sos argentino hasta la médula, pero vivís desde hace once años en París. Y ahora mismo me viene a la mente Vargas Llosa cuando dijo que recién se comprendió a sí mismo como latinoamericano el día que se fue a vivir a Francia. ¿Te pasó algo similar?
Vargas Llosa dijo, también, que Francia lo ayudó a sentirse un escritor latinoamericano. En mi caso, y a la evidente distancia con el maestro, Francia me permitió comprenderme y reconocerme como escritor más allá de mi origen. Mientras viví en Argentina no pude hacerlo porque, sobre todo, no tenía tiempo para dedicarle a la escritura. El ritmo más pausado que encontré —y logré— lejos de mi país me ayudó a desarrollarme en ese ámbito. En cuanto al costado latinoamericano, no he notado un cambio. Supongo que es porque siempre tuve claras mis raíces, aunque al mismo tiempo tal vez sea cierto que alejarse del hábitat natural, del terruño, fortalezca esa identidad o, al menos, el reconocimiento de la misma.

—Me decís que en París encontraste un ritmo más pausado que te benefició a la hora de escribir. ¿Mientras vivías en Buenos Aires eras consciente de ese raro frenesí que nos rodea a los porteños? ¿O lo descubriste al llegar allá?
Sí, era consciente de eso cuando aún vivía en Argentina. Y el frenesí del que hablás tenía que ver con la velocidad a la que funcionamos en Buenos Aires pero, también, a la propia del ejercicio profesional como abogado: audiencias, reuniones que se enciman, plazos que se superponen… No tenía tiempo más que para trabajar, no le encontraba la vuelta. Imposible hacerme un rato para ir a un gimnasio o hacer deporte, menos aún el tiempo necesario para poder escribir. Es muy complicado escribir “robando” horas a otras actividades; no es que no se pueda, pero complica no encontrar la constancia y el método necesarios. En París, pese a ser otra gran ciudad, el trabajo me invade menos, encontré un ritmo más humano.
Más allá de este ritmo más humano, ¿qué más le aporta a tu vida y a tu escritura el vivir allá?
Me aporta todo lo que, en general, aporta el entorno. Estamos condicionados, como escritores y como individuos, por aquello que nos rodea: las costumbres del lugar, la lengua que escuchamos y debemos utilizar, las vivencias cotidianas, el momento histórico que nos toca, la libertad de la que disponemos o su falta —no es lo mismo vivir en una república democrática que bajo un régimen totalitario— y, en fin, nuestras circunstancias personales. Quiero decir que el contexto siempre nos aporta e influye: lo bueno y lo no tanto. Si viviera en Vietnam o en Ucrania, mis escritos seguramente serían algo diferentes, se verían influenciados por la realidad circundante.
—Son muchos los artistas argentinos que a través de los años se radicaron en París. Pienso en Cortázar, Pizarnik, Atahualpa, Spilimbergo, Jairo, Susana Rinaldi, Berni… Seguro se me están escapando un montón.
Permitíme agregar a la lista a Antonio Seguí, Julio Le Parc, Eduardo Berti, Laura Alcoba y tantos otros que viven actualmente, o vivieron hasta hace poco, en Francia.
—Qué nombrecitos, ¿no? Podríamos armar un seleccionado para ganarle otra final a Francia.
No tengas dudas de que podemos armarla. ¿Por qué no soñar con ganar otra final?
—¿Con quiénes solés juntarte? Me los imagino compartiendo, acompañándose para soportar la distancia.
Mi lista cercana de artistas argentinos tiene a Ariana Harwicz y Edgardo Scott a la cabeza, grandes escritores con quienes comparto “la presencia” porteña y esa distancia que mencionás. Las charlas, los cafés, los códigos compartidos, ese clima tan porteño que se genera espontáneamente aun estando en una terraza del boulevard Saint-Germain por el solo hecho de citar recuerdos argentos o por una que otra palabra de nuestro lunfardo que irremediablemente se cuela, nos transporta, nos alimenta y nos hace sentir un poco en casa, a la distancia pero en casa, o al menos más cerca. Me hablás de “soportar” la distancia, Pablo. En mi caso, debo confesar que a la distancia no la debo soportar porque no me pesa. Creo que, por algún mecanismo inconsciente que no llego a determinar, hago jugar la distancia a mi favor, como un factor placentero. Se ama la presencia, pero también la ausencia; y qué lindo es extrañar cuando sabés que podés volver a ver a la persona amada, “ejercer” el romance; en el caso, volver a la ciudad y al país amados.
—Hay algo que me sorprende de nuestra literatura contemporánea: la cantidad de novelas que publican autores muy jóvenes. No digo que un pibe no pueda escribir una buena novela, pero me llama la atención tanta madurez, o tal vez tanto apuro. Vos, en cambio, tomaste otro camino y publicaste tu primer libro rondando los cincuenta años. ¿Qué sentís que ganaste y perdiste al optar por este camino?
Vos lo decís: se gana y se pierde cuando uno elige; y también —si eso fuera posible— cuando no se lo hace pues se estarían descartando el resto de las alternativas del universo. Evidentemente, los años, la experiencia, aportan madurez, pero tal vez quiten frescura, algo de desfachatez que puede ser muy interesante. Es solo una hipótesis, claro, porque conozco más de un viejito desfachatado o viejita desfachatada.
—En 2021 Paradiso Ediciones te publica Donde la vida nos lleva. ¿Cómo llegás a esa publicación? No, esperá. Lo que te quiero preguntar es otra cosa: contame cómo fue ese instante tan único en el que sospechaste que tu libro de cuentos merecía la oportunidad de ser valorado por un editor.
Tenés razón, es un instante único, vos bien lo sabés. Fue un instante de duda entre lo que creía y deseaba, por un lado, y lo que creía y temía, por el otro. Me explico: pensaba que mi proyecto de libro podría —destaco el potencial— tener algún valor literario, podría llegar a gustarle a alguien; pero también pensaba lo contrario. En definitiva, uno mismo, como parámetro propio, nunca es objetivo ni confiable, no puede serlo, y salvo que sea un arrogante, puede tener, a lo sumo, tantas certezas como dudas. Es cierto que la valoración positiva de un editor cambia las cosas, inclina la balanza, aunque la duda respecto de la calidad literaria de la obra persiste.

—Justo pensaba eso. Que lo mejor (o peor) de este yeite es que esas dudas y temores muchas veces nos persiguen aún con el libro publicado.
Coincido con eso. Soy un convencido de que todo escrito es perfectible y que, como tal, aún la versión que entra a la imprenta pudo —y, tal vez, debió— haber sido mejor. En cualquier caso, ese instante que mencionaste antes es un despertar, un regalo del cielo, una puerta que se abre e invita. Y es también un momento de gran osadía, porque hay que ser osado para escribir; más aún, para soñar con ser publicado algún día.
—Hablemos de la novedad: la editorial de Madrid Fagus acaba de publicar en España Dominó, tu primera novela tras el anterior libro de cuentos.
Dominó es una mirada de la vejez desde la propia vejez. Es la mirada de un grupo de jubilados sobre los miedos, la rutina, los recuerdos, la soledad, las obsesiones, la muerte, los amores, y también sobre la Justicia, el poder y la corrupción. Es la historia de un hombre viudo, jubilado, que vive en un barrio de clase media de la ciudad de Buenos Aires. Lleva una vida rutinaria en la que pareciera que nada nuevo pudiese ocurrirle, salvo la llegada de la muerte. Y la muerte, violenta, finalmente llega, aunque no la propia. A partir de ahí todo se altera y trastoca: no solo la cotidianidad del barrio y la de los vecinos, sino también la realidad de cada uno de ellos que los obliga a una suerte de introspección de la cual surgen cuestionamientos. ¿Se pueden realizar los sueños pendientes a los ochenta años? ¿Se puede, a esa edad, saldar las cuentas que se tienen consigo mismo? ¿Es posible cambiar? ¿Es posible desear? Más allá del suspenso latente, la novela invita a una reflexión sobre la vejez y patentiza una suerte de naufragio personal del protagonista y del resto de los personajes, el naufragio de una generación y de sus instituciones.
—Nada mal pensar un poco sobre la vejez en una sociedad enferma de juventud. Decime, José: ¿Cuándo llega Dominó a Argentina?
Dominó salió hace muy poco en España y está llegando a Argentina y al resto de América en los próximos días.
—¿Tenés pensado presentarla en Buenos Aires?
Sí. Lo que no pude hacer con Donde la vida nos lleva a causa de la pandemia que me impidió viajar durante más de un año (solo pude presentarlo en París) lo haré ahora con Dominó. Lo acabo de presentar el 7 de junio en Madrid y el 21 de agosto lo haré en mi Buenos Aires querido, en Dain Usina Cultural, una hermosa librería de Palermo. Feliz de poder hacerlo en mi tierra.

—Vamos con la última, José: Te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería, a qué bar lo llevarías.
Dostoievski, sin dudas. Pero quisiera encontrarlo en su San Petersburgo a fines de 1880, cuando ya había escrito sus grandes obras y acababa de publicar Los Hermanos Karamazov. Y, como en tren de soñar podemos hacerlo a lo grande (tal vez sea esa la mayor virtud de los sueños, su libertad, su falta de límites), más que invitarlo a un café, me gustaría que él me invitase a tomar un café a su casa, o un vodka (bebida que no me gusta para nada pero que con él seguramente me encantaría), a esa casa donde vivió los últimos años de su vida y en la que escribió la historia de los Karamazov, casa que aún conserva su magia, una gran atracción para quien la visita, aumentada, probablemente, por la imaginación y admiración que genera estar en ese lugar, entre sus objetos personales.
—¿Y qué pregunta le harías al buen Fiódor?
Son tantas las cosas que quisiera preguntarle… Sé que lo felicitaría y lo miraría embobado. Creo que le haría la misma pregunta (y quisiera que me la contestara) que él hace en Los Hermanos Karamazov, mi novela preferida: “Respóndeme con franqueza. Si los destinos de la humanidad estuviesen en tus manos y para hacer definitivamente feliz al hombre, para procurarle al fin la paz y la tranquilidad, fuese necesario torturar a un ser, a uno solo, a esa niña que se golpeaba el pecho con el puñito, a fin de fundar sobre sus lágrimas la felicidad futura, ¿te prestarías a ello?”.