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Baúl de mago

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Baúl de mago
By Libros y Letras 9 de junio de 2014
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Sahagunianas
Roberto Burgos Cantor
Como no era de esperar el
Festival de la Cultura
de Sahagún parece regarse por la ciudad. Más que una curiosidad se trata de un
estado de ánimo de la gente. Una especie de reconciliación con aquello que hace
de la vida una aventura esperanzada, en inquieta y  permanente búsqueda.
Además de establecer el estado de las artes en la región sirve de espacio para
dialogar con sus semejantes de otras regiones. Aparece aquí, en las
manifestaciones de la cultura y su vínculo con los habitantes, una especie de
pulmón para oxigenar y rescatar tantos sueños doblegados por el delirio
criminal en que se convirtió la política y volver a ennoblecer a la comunidad.
A más de comunicar a un país
fragmentado por intereses ajenos al bien común, los músicos tradicionales han
compartido saberes milenarios que se incorporan a la cultura contemporánea como
elementos vivos. Así Gualajo confía secretos de la marimba al joven músico Hugo
Candelario. O Toto la
Momposina
, aplaudida sin desfallecimiento en la Plaza, integra sus logros a
los muchachos recién salidos de la escuela.
Parece insólito que un
poblado pequeño de las sabanas del Caribe tenga un imán tan potente de
querencias. Entre porros y bullerengues se abrió un silencio para entregar
premios a escolares destacados. Y el gran reconocimiento para el merito
científico fue de la
Doctora Zita
Figueroa cuyo método Canguro para niños
prematuros es estudiado en el mundo. Como ocurre con la gente de valía Zita
sabe que en el logro personal interviene un colectivo anónimo y secreto que
otorga sentido a los esfuerzos.
Las muestras artísticas son
seguidas con avidez por maestros y alumnos de Sahagún y de los pueblos cercanos.
Un orgullo inocente se escapa cuando toman una firma o posan para una
fotografía con su escritor, Andrés Elías Flórez; o con su poeta Gustavo Tatis
Guerra. Ven en ellos sus virtudes creativas pero también la continuidad de una
historia. Es el fotógrafo Andrés y el juez Honorio, padres del escritor y del
poeta, que persisten en la fundación de la vida y su transcurrir ambicioso
contra la muerte.
Todo aquí parece tejido para
el asombro. Cuántos seres humanos habrán comido en el mediodía solar, en un
patio de vientos apacibles, un mote de monchuelo ahumado con ponche ¿? La
exuberancia de la comida, eje de la hospitalidad, se une a la generosidad de
darse. Claro está: el bocachico del San Jorge se encuentra libre de sospechas,
limpio del aluvión de muerte lenta que carga el Magdalena.
Comprobé, una vez más, la
utilidad del Lexicón de Colombianismos de Mario Alario di Filippo, el sabio
momposino. Su descripción del uso de palabras y lo que implica en la existencia
comunitaria. La comida es tradición y un plato despojado de su historia sabe
menos.
No cabe duda que la fuerza escondida en la vida cotidiana, su apego a ritos que
se renuevan, es un talismán cuya virtud, de la que nadie se da cuenta, ha
evitado que los vientos encabritados se lleven esta sociedad descosida hasta el
mismo olvido.