Ángel Eléctrico, segundo libro de cuentos del escritor y guionista colombiano Carlos Franco Esguerra, reúne seis relatos que hallan lo sublime en lo ordinario: personajes comunes enfrentan su sombra y descubren epifanías en la rutina, con una prosa austera heredada de Carver y Hemingway.
Por Juan Sebastián Lozano*
Ángel Eléctrico (Escarabajo Editorial) es una colección de relatos que explora la vida de personas comunes: un cajero de banco, un empresario de dudosa moral, una ama de casa, que buscan y encuentran cómo sobrevivir en la selva de cemento, en el caos del mundo contemporáneo y en el orden que pretendemos darle. Sus personajes, inicialmente un poco confundidos, arrojados a la vida como todos, encuentran maestros insospechados que les enseñan puertas de escape a lo que los atormenta.
El libro está atravesado por la ternura; por una mirada crítica ante los problemas sociales y la desigualdad económica que nos aquejan, pero compasiva con los seres humanos, víctimas y victimarios de un mundo que los sobrepasa. Además, destaca por el cuidado del lenguaje, un encantamiento con las palabras y una búsqueda de precisión; no hay barroquismos innecesarios. El libro bebe de la tradición norteamericana: frases cortas y búsqueda de epifanías; Ernest Hemingway, Raymond Carver, John Cheever.
Carlos Franco Esguerra es escritor de cuentos cortos y guiones largos. Su primer libro de cuentos, Cazando Luciérnagas, obtuvo el Premio Nacional de Literatura; después escribió el guion de la película del mismo nombre. También obtuvo el Premio Nacional de Cuento de la Fundación La Cueva. Ha escrito varias películas y series de ficción. Actualmente dirige la Maestría en Escrituras Audiovisuales de la Universidad del Magdalena.
—Háblenos del proceso de escritura de estos cuentos. ¿Los escribió en épocas distintas y los fue recopilando, o fueron pensados como conjunto?
Si mi memoria no me engaña, inicié la escritura de un nuevo libro de cuentos alrededor de 2015 o 2016, con la intención de participar en un concurso literario que tenía a Bogotá como tema central. Para esa época habían pasado más o menos tres años desde la publicación de Cazando Luciérnagas, mi primer libro de cuentos, y, aunque anhelaba seguir escribiendo relatos cortos, no lograba encontrar una ruta hasta que surgió la idea de mi ciudad natal como escenario. Aunque la convocatoria sirvió como disparador para iniciar el proceso, con el tiempo me olvidé de ella. Desarrollé ocho cuentos nuevos, más dos que retomé de un pasado anterior. Así agrupé diez cuentos que arrastré, releyendo y reescribiendo incansablemente durante años. En 2024 surgieron de manera algo inesperada dos cuentos adicionales; uno de estos es “Oxímoron, con x”, el relato que da inicio al libro. De esta manera se conformó un cuerpo de doce cuentos, de los cuales Ángel Eléctrico contiene los seis primeros. Los restantes seis serán publicados en 2026 bajo el título Sorpresas Esperadas, también con la Editorial Escarabajo.
De ahí que Bogotá esté muy presente en algunas de estas historias. Creo que el acto de recordar a la ciudad desde mi exilio voluntario en la Costa Caribe, en la que vivo desde 2004, no solo me dio el impulso para volver al terreno del cuento corto, sino que también impregnó mis palabras con una particular capa de nostalgia, ausencia y evocación. Algo difícil de definir que se produce cuando observamos nuestro lugar de origen desde la distancia. Gracias a mi amada y fría Bogotá por mis primeras etapas de vida. Y gracias a la Costa por alentarme a seguir escribiendo con su luminosidad y su calor.
—Los cuentos del libro son sobre gente del común, por decirlo así, no sobre escritores, cineastas o artistas.
Aunque creo que, en el fondo, de una u otra manera, el escritor siempre escribe acerca de sí mismo, la verdad es que no me interesa estar presente en mis historias. Hay muchos escritores que escriben acerca de sí mismos de manera frontal y lo hacen excelentemente. En mi caso prefiero hacerme invisible, que el lector se olvide de que existe un narrador. No me interesa que se escuche mi voz, ni lanzar ideas geniales, ni deslumbrar con mi poesía o mis reflexiones intelectuales. Tampoco me interesa airear mis tragedias o pesares. Solo me interesa la historia, el personaje. Tal vez se deba a cierto pudor que siento por la exposición pública o al hecho de que originalmente soy guionista de cine, un lenguaje en el que el punto de vista —es decir, la cámara— no debe hacerse evidente. Vaya uno a saber. Escuché el otro día a un autor decir que los escritores no escriben lo que quieren, sino lo que pueden, lo que les sale. Las historias lo buscan a uno y no uno a ellas. El caso es que persigo esa invisibilidad de manera consciente y decidida.
Por otro lado, desde muy joven he sentido un gran afán por encontrar el propósito de la vida, el sentido de la existencia en un mundo que a veces resulta tan absurdo y vacío. Tal vez por ello mis esfuerzos como narrador se han centrado en descubrir lo que puede haber de extraordinario o sublime en lo cotidiano. Y he llegado a la conclusión de que, incluso en medio de lo que llaman la monotonía, inmersos en una realidad aparentemente banal y anodina, si observamos con el suficiente detenimiento, se pueden vislumbrar las chispas de algo trascendental. ¿Serán estas las mismas chispas de un Ángel Eléctrico?
Como estudiante de cine, varias películas me impactaron profundamente: cintas como Smoke, de Paul Auster y Wayne Wang; El sol del membrillo, de Víctor Erice; o Coffee and Cigarettes, de Jim Jarmusch. Todas, obras magníficas con ese elemento en común de dar voz a lo que podríamos llamar los héroes anónimos o cotidianos. Por ejemplo, en Smoke, el personaje de Auggie Wren, un dependiente de una tienda de cigarros, todos los días, a la misma hora exacta, sale a la calle y toma una foto de “su esquina”, una más de las tantas avenidas de Brooklyn. Un día, Auggie comparte su proyecto con un amigo escritor viudo quien no entiende el sentido de la iniciativa, sobre todo teniendo en cuenta que el encuadre de la cámara no varía. Auggie le pide a su amigo que no hojee las fotos tan de prisa y vaya más despacio, haciéndole caer en cuenta de que, si observa con auténtico detenimiento, verá que, aunque en apariencia todas las tomas son iguales, en realidad no lo son. Cada una se remite a un momento único e irrepetible: una luz particular, un clima particular, transeúntes distintos, etcétera. El escritor empieza a intuir lo que subyace bajo las imágenes, la multiplicidad de matices de la vida, para luego recibir un baldado de agua fría cuando, entre miles de fotos, aparece en una su esposa sonriente, semanas antes de morir.
Creo que la sociedad nos ha vendido la idea falsa de que, para que nuestra vida tenga valor, siempre deben estar sucediendo eventos excepcionales. No creo que sea cierto. Se trata de una falacia que nos mantiene en la rueda del hámster. Lo que puede entregarnos esa paz que tanto perseguimos es el reconocimiento de que la vida, por sí misma, ya es un milagro. Creo que eso es lo que algunos de mis personajes empiezan a intuir por medio de sus vivencias. Y lo excepcional reside no tanto en los eventos en sí, sino en la perspectiva desde la cual se miran.

—En el libro se mete en la cabeza de personajes no virtuosos, narra desde personajes de dudosa moral como el rico del cuento “Ángel Eléctrico”.
Creo que son este tipo de personajes —aquellas y aquellos que se debaten en medio de dilemas morales y disyuntivas— el escenario donde surge lo más interesante del ser humano. Como bien dijo Joseph Campbell: «…solo se puede describir verídicamente a un ser humano describiendo sus imperfecciones. El ser humano perfecto no tiene interés… ya sabes, el Buda que abandona el mundo. Solo podemos amar las imperfecciones de la vida. Y cuando el escritor lanza el dardo de la verdad, duele. Pero lo lanza con amor».
También me parece interesante observarlo desde el punto de vista de Carl Jung y su teoría de la sombra. Jung denominó con el término de sombra todo aquello que los seres humanos mantenemos oculto en el inconsciente porque nos parece inadmisible, grotesco, inmoral o aterrador. Pero, como bien señalaba el famoso psicoanalista y sabio suizo, cuanto más tratamos de enterrar la sombra, más luchará esta por salir a flote y, solo por medio de su integración, se puede alcanzar la individuación. Algo que sucede en muchas grandes historias es precisamente que el personaje se ve confrontado de manera irrevocable con su sombra. ¿No es acaso ser testigos de dicho proceso de individuación lo que brinda al lector o espectador de un buen relato esa recompensa épica llamada catarsis por Aristóteles?
—En el libro hay un gran cuidado del lenguaje, una búsqueda de la palabra justa, incluso una fascinación por las palabras y tal vez por su significado preciso.
Gracias por estas apreciaciones; significan mucho para mí. Creo que todo ello se lo debo a mi oficio como guionista. Lo tradicional es que los escritores de literatura se aventuren al cine, pero en mi caso fue al revés. Y lo que sucede es que el guion es el terreno de la economía y la eficiencia comunicativa. Es decir, hay que comunicar mundos enteros en unas pocas líneas. El iceberg de Hemingway. Dicha destreza, que desarrollé escribiendo decenas de guiones a lo largo de décadas, se convirtió con el tiempo en una de mis mejores herramientas literarias, creo yo.
Por otra parte, creo firmemente que, como bien lo describió el filósofo alemán Wittgenstein, los límites de nuestras mentes están formados por nuestra capacidad comunicativa y los límites de nuestro lenguaje. Por eso creo que la lectura es uno de los actos más expansivos y revolucionarios que puede haber, y la palabra una palanca con la que podemos mover al mundo.
Finalmente, debo darle un agradecimiento especial en este sentido a Mayra Martínez y Hugo Reyes Saab, quienes editaron el libro. Su guía y acompañamiento fueron definitivos en el proceso de consolidar este cuidado por la palabra y la procura de un lenguaje preciso, potente por su misma austeridad y sencillez. Gracias, Mayra y Hugo.
—En el libro se contrapone, en mi opinión, la idea del ocio productivo, la contemplación, la reflexión profunda, versus el utilitarismo capitalista y el individualismo. ¿La lucha de clases, la lucha por tener más y mejor ocio, y por la equidad económica está perdida?
Como señala el escritor japonés Haruki Murakami en uno de sus cuentos —si no estoy equivocado, en “Súper Rana salva Tokio”—, las luchas verdaderas de los seres humanos se libran en el terreno de la imaginación. La sociedad infunde en los individuos la idea de que no tienen poder sobre sus destinos porque están sujetos a las fuerzas transpersonales de los grandes procesos históricos y sociales. Ello deriva en la creencia de que solo nos puede salvar, o condenar, un mesías o un líder político o religioso, el Estado. Por eso siempre estamos buscando un chivo expiatorio a quien achacar las desgracias de nuestras vidas, pero eso de nada sirve.
En realidad, los únicos que podemos salvarnos somos nosotros mismos, por medio de nuestra propia consciencia. Es allí, por medio del pensamiento y la reflexión profunda, el punto de partida de una verdadera soberanía. De ahí que me interese mucho que el viaje de mis personajes sea de carácter interno: inicialmente en un sentido vertical, descendiendo hacia los parajes inhóspitos del inconsciente del ser, para luego emerger en espiral ascendente portando una antorcha en sus manos, incluso a expensas de la propia vida, como le sucede a cierto personaje que ya ha sido citado anteriormente.
He conocido a personas con vida tortuosas, realidades crudas y asfixiantes, que han producido historias maravillosas, incluso obras prolíficas. También tengo amigos con vidas cómodas y tiempo de sobra para el ocio, pero sin productividad alguna. Que el lector saque sus conclusiones.
—¿Ante la cruda realidad capitalista y de desigualdad económica, nos queda el escape en la imaginación, el placer mental que nos dan temas o aficiones?
Creo que la respuesta a la pregunta anterior también responde esta. Añadiría que la imaginación no es una vía de escape, sino el camino en sí hacia un nuevo mundo. Espero no ofender a ningún lector con lo que voy a decir, pero creo que no vivimos una crisis de recursos. El mundo es más rico que nunca, incluso aunque la riqueza esté concentrada en unos pocos. No es nada nuevo; siempre ha sido así. Pero sí vivimos una crisis de creatividad. Es un fenómeno palpable en el mundo de la industria musical, audiovisual, así como en la política. La llamada industria del entretenimiento jamás había sido tan aburrida. Le podríamos achacar la culpa a que todo lo cultural ha sido convertido en producto comercial. Pero esto también es relativo. ¿O acaso quién sabía que los Beatles iban a ser los Beatles? Seguramente si ellos le hubieran pedido permiso a la sociedad y a la industria para hacer su música, nunca habrían existido. Es tarea de los individuos, por medio de su reflexión y pensamiento crítico, y de su accionar en su entorno, transformar el mundo. La verdadera rebelión no se da a través de la destrucción y la queja, sino por medio del acto creativo, de la acción constructiva y una disposición siempre propositiva. Vemos a sociedades hiperdesarrolladas sumidas en el sopor de los excesos, al tiempo que vemos a sociedades rezagadas como la nuestra convertirse en la esperanza de un nuevo mañana. Volviendo al primer cuento, en ese sentido, lo que el personaje de Mauricio encuentra en las palabras no es una vía de escape, sino lo esencial de la vida. Y este reconocimiento ilumina su existencia y todo lo que la rodea.
—¿Qué escritores y otros artistas lo han influenciado?
Muchos, por supuesto. Ya nombré algunos en el campo cinematográfico. Añadiría a estos otros directores autores como Wim Wenders, Yasujirō Ozu, Robert Bresson y Robert Altman, entre varios.
En el campo literario, en especial en el terreno del cuento corto, han sido una gran influencia e inspiración para mí los norteamericanos: Raymond Carver, John Cheever, Hemingway, por supuesto. Todos a su vez descendientes del gran Chéjov, uno de los padres del cuento moderno. Y por supuesto la gloriosa y nunca suficientemente reconocida, a mi parecer, novelista y cuentista Patricia Highsmith. Hablando de personajes de dudosa moral… qué maestra. También mencioné anteriormente a Murakami, cuyos cuentos me generan un placer sublime, me transportan a otro mundo como pocos otros. Ojo, no nombro a muchísimos grandes escritores, leídos y no leídos. Se trata solo de apreciaciones, un asunto de afinidad y gusto.

—También escribe guiones de cine. Háblenos de la diferencia en el abordaje que hace de la escritura de cine y de literatura.
Aunque muchos guionistas defienden al guion como un texto autónomo, acabado y completo con un valor literario, yo no lo veo de esa manera. El guion está hecho no solo para ser interpretado, sino también reescrito, transformado, mutado por la mirada del director y su compañía de artistas audiovisuales. De no ser así, simplemente se publicarían los guiones para ser leídos como se lee la literatura. Pero lógicamente eso solo sucede en casos excepcionales. En ese sentido, el guion es un paso intermedio, una promesa de muchas posibles películas. De ahí que se considere al director como el autor definitivo de una obra audiovisual. En cambio, un cuento corto, al igual que cualquier pieza literaria, ya está terminado, aunque su forma audiovisual se la da el lector. Lo anterior, de por sí, ya es una gran diferencia.
En lo personal, noto que cuando estoy en el terreno literario me permito ciertas libertades que no logro escribiendo las páginas de un guion. ¿Por qué será? No lo sé. Pero una y otra vez constato que mi imaginación pareciera tener un mayor alcance y la posibilidad de explorar recovecos insospechados cuando estoy escribiendo un cuento. Por eso, desde un tiempo para acá, intento escribir todo en forma de cuento, incluso lo que pretendo que tenga al audiovisual como destino final.
—¿Cómo ve el panorama literario en Colombia? ¿Cómo ha sido la experiencia de publicar en Escarabajo Editorial?
Tengo que ser honesto y confesar que conozco muy poco de la narrativa colombiana actual. Y hoy en día hay tantos autores… Me avergüenzo un poco de ello. Como excusa podría decir que lo audiovisual se roba la mayoría de mi energía y atención. Lo que sí puedo decir de lo poco que he leído, y percibido, es que la violencia expuesta en toda su crudeza es uno de los temas primordiales. No es de extrañarse ni tampoco criticable. Las artes se convierten en una forma de desagüe y depuración de lo que se exacerba. Pero por otro lado me alegra el perseguir en mis historias otros matices de la condición humana. Y no es que no haya violencia en los cuentos de Ángel Eléctrico, porque esta toma muchas formas, algunas tan sutiles que la ejercemos casi sin darnos cuenta. Como en el cuento del cual deriva el título del libro.
Con la violencia, también sucede que la hemos virtualizado y por ello tal vez no nos resulta tan evidente. Pero díganme si acaso las redes sociales a veces no evocan al coliseo romano.
Con respecto a la experiencia con la Editorial Escarabajo, ha sido estupenda. Como autor, he sido tratado de manera cálida y muy respetuosa. Como ya lo decía antes, la labor editorial con el texto ha sido valiosísima, iluminadora para mí como escritor. Además, me encantan sus propuestas gráficas, su estilo visual. Por supuesto que, tratándose de una editorial independiente, sus procesos a veces requieren de paciencia y madurez. Un andar lento, pero seguro. Así que no tengo más que agradecimiento y respeto por Escarabajo y todo su equipo; espero poder seguir haciendo parte de su catálogo por un buen tiempo.