El frío, la incertidumbre y la vida contenida en una mochila acompañan el camino de millones de familias que abandonan su tierra por necesidad. Fanuel Hanán Díaz relata una historia que resuena en los silencios de quienes alguna vez han tenido que dejar todo atrás.
Por Liceth Dayana Holguín Beltrán
El frío, la incertidumbre y los recuerdos que se alejan con el polvo del camino dan inicio al viaje de millones de familias que abandonan su tierra no por deseo, sino por necesidad. En medio de este paisaje, un niño venezolano avanza, tomado de la mano de su madre. Sus ojos, cansados y curiosos, guardan tanto ausencia como una pequeña chispa de esperanza. Así inicia Hemos llegado a Berlín (Panamericana Editorial) de Fanuel Hanán Díaz, un libro que resuena en los silencios de quienes alguna vez han tenido que dejarlo todo atrás.
Editado por Luisa Noguera Arrieta, este libro convierte la migración en una historia cercana, contada con una ternura que no niega el dolor, sino que lo transforma en resistencia. Fanuel Hanán elige la voz de la infancia para narrar el desplazamiento, y en esa decisión hay un gesto de amor, el de mirar el mundo con ojos que todavía pueden soñar, incluso cuando todo parece perderse. Hemos llegado a Berlín no busca explicar el exilio; lo encarna, lo respira y lo vuelve visible a través de una narración contenida, precisa y profundamente humana.
Con la delicadeza de quien sabe observar el camino, el autor nos conduce a un Berlín que no está en Alemania, sino en los límites del cuerpo y la memoria. Un territorio imaginado, que existe dentro del cuerpo y la memoria. Allí, la infancia y el exilio se mezclan, y cada paso es un intento por permanecer humanos en medio del despojo.
Las ilustraciones de David Cleves acompañan y expanden el relato con la misma delicadeza con que una madre cubre con una manta. En ellas, el páramo se alza como un personaje más, hermoso y hostil a la vez, un espacio donde la neblina abraza y oculta, donde el viento corta pero también guía. Los tonos fríos y las texturas suaves captan la inmensidad del camino, la pequeñez de los cuerpos frente a la naturaleza y esa mezcla de miedo y asombro que acompaña cada paso. Con esto, el ilustrador logra que el paisaje respire esperanza; en su trazo se guarda la certeza de que el viaje sí tiene un destino, y que llegar a Berlín es, al fin, encontrar un lugar para el descanso y la vida misma.
El autor escribe desde la herida abierta del éxodo venezolano, pero su voz trasciende la frontera nacional para hablar de todas las migraciones, de todos los cuerpos desplazados que buscan un sitio donde volver a nombrarse. Su obra se convierte así en espejo de una memoria colectiva latinoamericana, tejida entre el cambio y la resistencia, sostenida en los gestos mínimos que reafirman la vida.

Porque en este libro, la esperanza no llega en grandes discursos, sino en las acciones pequeñas, como el abrigo que se comparte bajo la tormenta, el pan partido en silencio, una palabra que consuela sin prometer nada, la mirada que reconoce al otro como igual en medio del miedo. Gestos cotidianos que habitan la idea de que la humanidad se preserva no en la abundancia, sino en la capacidad de cuidar.
En tiempos donde las fronteras se cierran y los números parecen olvidar a las personas, Hemos llegado a Berlín nos recuerda que migrar no es desaparecer, es seguir latiendo, para recordar que detrás de cada movimiento hay una historia, un rostro, un latido. Es volver a dibujar una casa, inventar un juego nuevo en medio del polvo, seguir andando porque en algún lugar la esperanza todavía florece.