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De un muro

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De un muro
By Libros y Letras 11 de agosto de 2015
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Por: Marco T. Polo
“Mi Sangre”, Walter, “Camaroneis”, tres personajes que me traen de nuevo a la memoria la desfachatez del candidato gringo, rechazado por los latinoamericanos que deseamos nuestros países libres de visados y sin talanqueras que nos separen de la realidad. 
Por ellos, ésta reflexión.
El primero es un hombrecito de sesenta y seis años, magro, negro no en el sentido peyorativo y sí mucho mas oscuro por su exposición diaria al sol, quien admite haberse preparado para éstas lides, en las largas caminatas entre Tierrabomba y Aguachica para rebuscar algún dinero para el diario. Compara su vientre plano, con mis chocolatinas rellenas de arequipe. Ese es su argumento para que no me resista más a admitir que me traiga hasta el lugar de la tumbona del hotel donde pretendo leer, una cerveza que aporte menos calorías, luego de haber consumido las que suelo llevar a la playa.
Acepto, pensando más en colaborar a su labor_ de la que no baja bandera aún_ que por necesidad, luego de ubicar al lado del murito de sesenta centímetros en mármol pulido sobre la playa, su cajita blanca de icopor donde conserva con hielo algunas bebidas enlatadas.
A todos sus clientes se dirige como “Mi sangre”, así lo conozco hace varios años.
Walter, es el vendedor de almuerzos que también se acerca al muro que nos separa de la playa frente al hotel y desde allí pretende competir con los precios del resort, que hace dos años procuró imitar sus platos rebajando un tanto su precio.
A casi todos a quienes conoce hace unos quince años, les ofrece el sancocho, el pargo, la sierra, el lebranche, o a media mañana la arepa de huevo, que en alguno de esos años en que fui de vacaciones, llevó en su reluciente bandeja, hasta el lugar enmarcado por boyas frente al hotel donde solemos tomar el baño de mar, presumiendo ante otros bañistas de tenerme como su amigo y de provocar a los posibles compradores con su elemental marketing de patacón tostado recién salido de la paila.
Ahora es un desplazado por los nuevos hoteles que se levantan sobre los otrora lotes de engorde, donde como un invasor sin violencia, colocaba su toldo azul para las mesas y la cocina. No quedan lotes y debió ubicarse por detrás de los hoteles, cerca de la carrilera del tren carbonero.
El “Camaroneis” cuenta que adoptó su nombre por imitación de un viejo turista que le habló siempre en Francés y ante el hecho de no haberle entendido más que por señas, resolvió renombrar sus productos y sus servicios con una sílaba final en cada palabra, que se pareciese en algo al sonido de aquel idioma, por tanto de él se escucha al otro lado del murito, cuando pasa vestido en su totalidad de blanco; incluso sus zapatos y sombrero lo son y hasta su chaqueta de dril, cuando grita pausado: “Camaroneis, Cevicheis, qué quereis”. Luego ante el comprador elabora un elemental acto de malabares con los limones y los cuchillos y va preparando el ceviche con una extraña alegría que refresca su sudor.
Esa mañana quise recordarlos para éstas líneas, sobre todo al ver que el vigilante, vestido de azul y gris, que se desplaza a lo largo del murito amarillo, ha recriminado al vendedor de “salidas” por haber ubicado su mercancía sobre el mármol. Ante la negativa inmediata del vendedor, ha llamado a la policía para que lo expulse de la playa, pese a tener su chaleco con el permiso respectivo. Muchos se han arremolinado en torno a él, alegando que la violencia no trae más que violencia. Otros que esa es la condición para trabajar allí.
He entendido que debió ser una tutela la que obligó al hotel a meter las carpitas de playa dentro del muro y debemos cruzar la totalidad libre de la playa para bañarnos, porque los hoteleros hablaban de “playa privada” y éstas no pueden ser más que públicas.
No voy a dejar de admitir que los vendedores ambulantes, así faciliten su crediplaya y sus pequeños relatos, nos resulten a veces distractores al momento de intentar leer alguna página. Pero es de igual manera, o peor, el golpeteo de la música urbana conque hacen aeróbicos a nuestra espalda los recreacionistas del hotel.
Sin los vendedores de playa, el paisaje estaría al otro lado de la realidad.
Con ellos llega a nosotros el rumor de historias de paisanos colombianos que deben rebuscarse la vida a diario y nos recuerdan de qué estamos hechos.
Así sea el ofrecimiento de los masajes por parte de una aparente, lujuriosa negra, que danza una champeta frente al turista acostado bajo una palmera y se hace acompañar como señuelo, de una joven que ofrece igual producto con descaro frente a la esposa del probable seducido. O las que quieren hacer las trencitas, o quienes venden las gafas, sombreros y cocadas y que tienen cada uno su enseña de venta:
“Cocadas light con splenda”. “Gafas triple A, más originales que las originales”. “Préstenoslo para hacerle la sobadita”
O los pescadores que cuentan cómo un Chileno, pidió crediplaya, mientras iba a la habitación y su compañero se reía de él, cuando supo su procedencia y al pasar el avión le dijo: “Ahí van sus cincuenta mil. ¿Como se le ocurre fiarle a un chileno? Si ellos inventaron el paquete”.
Los que aun detentan un castillo en el corazón, un señor feudal en sus sueños, van delimitando con muros, pequeños o grandes como los de los israelíes para humillar o para lamentarse, o el infame que separa a los mexicanos, o éste para separar a los vendedores de playa, como si no lleváramos la impronta de su realidad al mismo lugar de arena, donde nos cobija el sol por igual.
Es la esperanza de volver al viejo continente, derruido el muro Shenguen, con dignidad, sin tener que soportar la discriminación, viendo como la sabiduría del mar nos marca los centímetros que va subiendo en las noches, por el recalentamiento del planeta, abriendo brecha pese a los muros de arena, para recuperar lo suyo, hacia dentro del resort con nuestros muros de egoísmo y prepotencia.
Para recordarnos que hasta las estrellas son finitas.