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Entrevista, Gustavo Álvarez Gardeazábal

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Entrevista, Gustavo Álvarez Gardeazábal
By Libros y Letras 8 de agosto de 2013
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“Si usted quiere que algo se
olvide en Colombia, métalo en un libro”: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Por: John Better/ Tomado de Latitud/ II Parte
– ¿Por qué el tema de la
Iglesia
en este nuevo proyecto?
– Yo he sido un crítico feroz de la sociedad colombiana desde todos sus
ángulos, me faltaba el ángulo de la
Iglesia.
– ¿O en su decisión tiene que ver el hecho de que usted estudió en
colegios religiosos?
– No, tiene que ver con que soy colombiano y que la Iglesia ha tenido un
manejo radical a lo largo de muchos años y ha perdido bastante fuerza.
Seguramente tendrá que purgarse, como tienen que purgarse las grandes
organizaciones cuando entran en equivocaciones. A mí me da la sensación que
Francisco, el nuevo papa, los va a purgar, lo que ha venido haciendo está
dirigido hacia ese extremo, lo dije desde el comienzo de su papado, porque
tenía informes de él como cardenal en Argentina. También había alcanzado a leer
algo de sus textos, y en uno decía : “Que se alisten los curas aflautados”,
porque este no les iba a seguir permitiendo tanto poder.
– Aflautados, ¿cree que el papa hablaba sobre la sexualidad?
– No. Se refiere a todo. A los seminaristas se les convirtió en una
moda el hablar aflautado, entonces los curas empezaron a hablar aflautadamente
en la manera que celebraban los oficios religiosos o conversaban con la gente,
eso podría implicar actitudes sexuales, pero también una automarginación para
hacerse distinguibles en un lenguaje que es el que exactamente el papa
Francisco combatió varios años dentro de sus curas en la diócesis de Buenos
Aires.
– ¿Es ficción su nueva obra?
– Yo creo que ahora no hay nada que separe la ficción de la realidad.
El asunto es que uno no se confunda.
– ¿Hay algo autobiográfico en este nuevo libro?
– Todos mis libros tienen algo autobiográfico. En el fondo estoy seguro
de que todos los escritores ponemos alguna parte de lo que hemos vivido dentro
de nuestros personajes. Pero yo confundo siempre los planos. En estos días ha
salido un libro de historia llamado La carta suicida, en donde, sin enfrentarse
conmigo, tratan de desmentir –desde la primera página hasta la última– lo que
yo dije en Cóndores no entierran todos los días que no es historia, que no es
verdad, y que yo lo inventé. Pues para mí fue un honor escribir el prólogo de
ese libro y decir que me estaban confirmando como novelista y no como el
historiador que decidieron garantizar en Colombia que yo era.
– ¿Cuánto tiempo le llevó la escritura de La misa ha terminado?
– Muchos años. He tenido que leer mucho, La misa ha terminado es un
libro que lo he escrito en unas condiciones económicas favorables que me
permitieron contratar a un par de teólogos para que me pusieran al tanto de los
elementos que iba a tocar. Fueron unos estudios sesudos y unas larguísimas
charlas en las que aprendí cosas que yo desconocía sobre la Iglesia.
– Háblenos de los personajes de la novela.
– Prefiero no hacerlo, yo creo que los libros se defienden solos, lo
único que no puedo decir es cómo la hice, cuánto me costó y si me atreveré o no
a publicarla.
– ¿Cómo un escritor consumado entra a un mundo bastante movedizo como
el de la política?
He asumido posturas críticas a lo largo de mi vida literaria, la cual comenzó
muy temprano, desde que entré como estudiante a la Universidad Pontificia
Bolivariana. En esa época, por ejemplo, saqué un libro, yo que creí que era una
novela, este texto fue escrito contra monseñor Félix Henao Botero, quien era
rector por entonces de esa universidad. Al otro día de haberlo impreso,
alcahueteado por mi padre, lo repartimos en la puerta del plantel, y luego de
eso me echaron de allí con toda razón. Desde entonces me he dedicado a hacer
literatura, y todo este tiempo de hacer literatura me condujo a estudiar el
poder en todas sus manifestaciones. Yo creo que hice un bachillerato, un máster
y un doctorado en poder a través de los personajes en las distintas novelas que
he escrito. Desde Cóndores hasta El Titiritero, desde El bazar de los idiotas
hasta El último gamonal. Entonces me pareció que lo que había teorizado en mis
novelas sobre el poder debería vivirlo, y me metí a ejercer el poder. Entré a
la política por el poder y salí de ella por el poder. Me quedé corto en mis
textos, el ejercicio del poder en Colombia es inenarrable.
– ¿Qué significa tener poder?
– Eso depende del temperamento y la cultura de los seres humanos. Hay
quienes creen que el poder es la gloria, otros piensan que es el dinero, quizá
tener mucha gente que les obedezca o tener una vida sexual subyugadora.
Nosotros lo hemos visto a través de nuestros presidentes y hemos podido valorar
en qué consistió ese poder. Cuando uno ve a un Rafael Núñez haciéndose elegir
presidente para venirse a Cartagena a mandar a Colombia desde su casa de Manga,
a través de un periódico llamado El Porvenir, esa es una forma de administrar y
vivir el poder. Cuando uno ve a alguien como el expresidente Uribe mandando a
Colombia como si fuese el mayordomo de la finca, con un poncho al hombro, un
perrero en la mano y arreglándole los problemas a todo el mundo como hacen los
buenos mayordomos en las fincas, uno dice, a este tipo no debe quedarle tiempo
para él sino para sentirse mayordomo. Pero al final creo que el poder es una
banalidad, y si tiene alguna función sería en ayudar a quien lo necesita.
– ¿Fueron aquellos en el poder quienes lo harían desistir de sus
aspiraciones políticas y convertirse a futuro influyente opinador de la escena
política nacional?
– No me dejaron hacer muchas cosas que intenté. La oligarquía de Cali
nunca me ha querido, siempre trató de cortarme la cabeza. Ahora, en mi
ejercicio en La Luciérnaga,
me ha tocado pasar por situaciones de seguridad muy incómodas.
– ¿Lo han amenazado?
– A mí no me amenazan, conmigo han actuado. A mí me han asaltado, me
han bloqueado las cuentas de correo, me han chuzado telefónicamente. Esas
razones de seguridad, sumadas a mis problemas de salud, son las que me llevan a
escaparme a cada rato aquí, a Cartagena, a vivir tranquilo.
– ¿Con qué se siente más cómodo actualmente?, ¿escribiendo o en la
radio?
– Lo mío no es la comodidad, sino las ganas. He escrito con ganas, he
hecho política con ganas, he ejercido el poder con ganas, ayudo a los otros con
ganas.
Hablando de ganas, ¿se escribe la actual literatura colombiana con esas
ganas?
– No parecería, se escribe a destajo, firman contrato con las editoriales para
sacar un libro cada 18 meses, por eso les quedan tan malos.
– En la revista Arcadia
declaró usted que era un ícono gay, pero usted no forma parte de ningún
colectivo o de grupos de defensa LGBTI.
– No. ¡Qué tal! Por eso nunca fui monja, ni cura, ni militar. No tengo
por qué uniformarme, siempre he creído que la vida sexual de los seres humanos
es de cada quien y no hay que hacer proselitismo con ella. Hay quienes viven
del ejercicio sexual, pero es tan respetable como el que vive de hacer casas.
– ¿Teme algún tipo de reacción cuando el libro salga, que lo
excomulguen, por ejemplo?
Te está hablando un tipo de 68 años, que ha vivido intensamente desde muy
temprana edad, que si algo aprendió es a tener paciencia, y he terminado
obligándome por los médicos a no enojarme. No es que no me enoje, pero cuando
uno entra por razón a la paciencia, puede esperar cualquier cosa, sobre todo a
entender el grado de intocabilidad de la sociedad colombiana. Aquí todos son
delicados, y por cualquier observación juiciosa o denuncia que se haga,
automáticamente forman verdaderos volcanes. De manera que un texto coma La misa
ha terminado, que se mete con el tema gay dentro de la Iglesia, seguramente va a
enfurecer a personas que yo quiero tanto como Harold Alvarado Tenorio o mi
amigo el señor procurador general de la nación. Los cuestionará, porque cada
quien en su mundo querrá que esa historia que yo cuento allí la hubiese contado
distinta. Pero por eso los respeto y los entiendo, porque tenemos opiniones
divergentes y somos lo suficientemente socarrones para reírnos de nosotros
mismos.
La misa ha terminado parece
un título lapidario, ¿vendrán más libros de Gardeazábal?
– No creo que la novela tenga mucho porvenir. Ya la novela no la lee
casi nadie, el haberme puesto a escribir una nueva y de paso controvertida, la
que puede ocasionar molestias al lector, es un acto de demencia senil que puede
originar iras jupiterinas. Eso no significa que la novela haya recuperado el
poder que tuvo hace 50 años. El género ha venido en una vertical decadencia, y
en una sociedad como la nuestra, y aun como la latinoamericana, donde cada vez
se lee menos, porque todo el mundo ha terminado resignado a la limitante del no
tener que argumentar que les da usar los 140 caracteres de un tuit, entonces,
¿cómo voy a pretender que se lean una novela de 300 páginas?
– ¿Quiénes están escribiendo la novela colombiana actual?
– Todos los que trabajan a destajo, que son un montón. Lo que pasa es
que casi nadie los recuerda, por dos posibles razones. La primera, porque no
hay material digno de recordar, y la segunda, porque los lectores son una
minoría cada vez más estricta, más especializada, y estas nuevas obras no
impactan sobre la sociedad como podría impactar un libro de memorias o un libro
de análisis de la realidad inmediata. Sin embargo, yo he dicho una herejía que
más bien ya es una comprobación: si usted quiere que algo se olvide en Colombia,
métalo en un libro.
– ¿Cómo cree que lo perciben las nuevas generaciones?
– Me perciben muy poco, aunque yo me doy un lujo que nos damos muy
pocos colombianos, hace 43 años publiqué Cóndores no entierran todos los días,
y cada año de esos 43 han salido permanentemente nuevas ediciones, y me siguen
leyendo, me siguen criticando. En colegios y universidades se volvió
fundamental su lectura, pero también me leen en el extranjero, hacen muchas
tesis de grado en instituciones europeas y norteamericanas sobre ese libro.
– ¿Quiénes son sus amigos?
– Muy pocos. Mi vida es muy frugal, vivo la mayor del tiempo en Tuluá,
salgo muy poco de allí, aunque fui su alcalde dos veces he decidido no seguir
orientando ese lugar. Prefiero quedarme en casa y recibir a empresarios, a
gobernantes, algunos políticos, casi nunca escritores, ni intelectuales,
también atiendo a gente del común que llega a pedirme ayuda, a oír mi consejo,
y lo hago con gusto. Todos los días trabajo arduamente, con La Luciérnaga llevo 8
años, escribo libretos, hablo con mucha gente en el país, investigo y constato
las noticias. Disciplina y trabajo, esa es mi vida hoy por hoy.