Entrevista, Lola Mayenco

La barcelonesa Lola Mayenco,
autora del libro Algo que celebrar, habla de
las fiestas del mundo 

La vida es una fiesta: sólo hay 
que abrir los ojos para verlo 
Por Jorge Consuegra (Libros y Letras

Lola Mayenco foto de Mònica Bedmar
Lola Mayenco foto por: Mònica Bedmar
No había que esperar a ir a una agencia de turismo para abrir el catálogo y ver qué fiestas se celebraban en algún rincón del mundo. No. Simplemente y al azar, poner el dedo índice en cualquier punto del planeta y ver que allí, en esa geografía perdida, había algo que celebrar…Así nació el libro de la periodista española Lola Mayenco, un libro cargado de sorpresas surgidas en los cinco continentes, pero especialmente en América Latina, buena parte de Europa y Japón… 
Es un libro de vida, de alegría, de experiencias y de enormes sorpresas ¡La fiesta de la vida porque la vida es una fiesta! 
– ¿La vida debería ser una fiesta continua? 
– La vida ES una fiesta continua, lo que pasa es que estamos demasiado ocupados o demasiado ausentes para percibirlo. Constantemente dejamos pasar mil y una oportunidades para prestar atención a los pequeños detalles de nuestra vida cotidiana que nos dan más felicidad que todo el dinero del mundo. Necesitamos estrategias para despertar, excusas para pausarnos, y eso es lo que las celebraciones consiguen: que nos reservemos momentos para disfrutar de aspectos fundamentales de la vida que el resto del tiempo damos por sentado. 
– ¿Cómo se puede disfrutar la vida desde un rincón del Mediterráneo? 
– De la misma manera que desde Colombia, Japón o el desierto australiano: dejando de vivir la vida como sonámbulos. Abriendo los ojos a los pequeños detalles, los objetos más comunes, los gestos ordinarios. Escuchando con atención, tocando con amor, oliendo deleitados. Cuando lo hacemos, cuando caminamos despiertos de verdad, nos damos cuenta de que estamos rodeados de milagros. 
– ¿Que la impulsó a pensar en que siempre hay algo que celebrar? 
– Un viaje físico que inicié con mi marido hace diez años. En un pequeño velero navegamos durante un año sabático por el río de La Plata, visitamos algunos puertos de la costa uruguaya y recorrimos toda la costa brasileña hasta el Caribe, y vivimos, como era de esperar, momentos extraordinarios. Pero, sorprendentemente, una noche en que estaba tumbada en cubierta mirando las estrellas, me inundó la nostalgia de mi vida cotidiana. El corazón me dolía añorando la luz que se filtraba en mi dormitorio por las mañanas y echaba muchísimo de menos poder cocinar en mi cocina o dar un paseo con mis amigas por la playa. En ese instante supe que no hace falta irse al otro lado del mundo para ser feliz. Todo lo contrario: la auténtica felicidad se esconde en los resquicios de lo cotidiano. 
– ¿Qué recuerdos especiales le dejó su fiesta de la vida visitando Brasil? 
– Muchísimos, pero quizás el más significativo para mí fue un encuentro que duró tan sólo un par de minutos. Llevábamos cuatro horas subiendo al Pico del Papagayo, la cima de una montaña que domina Ilha Grande, cuando nos cruzamos con otro senderista que ya iba bajando. Nos llamó la atención que no se limitó a murmurar un saludo acelerado sino que, por el contrario, se paró, sonrío y nos miró a los ojos, relajado. Charlamos durante un rato y nos dio cuatro consejos para que no nos perdiéramos en el camino de subida. También debió de vernos cansados, porque abrió su mochila y compartió con nosotros chocolate, unos plátanos y un par de latas de bebida. Y, antes de irse, nos regaló el palo con el que había llegado a la cima y un abrazo contundente, corazón con corazón. Sin proponérselo, ese chico me enseñó a celebrar las oportunidades de conectar íntimamente con otras personas, sin preocuparme de su fugacidad. Me enseñó a disfrutar de las personas aquí y ahora, aunque sea la primera y última vez que vayamos a vernos. 
– ¿Es Argentina un breve paraíso de experiencias culturales y folclóricas? 
– De Argentina me gustó mucho el ritual del mate en el campo; la calma de los gauchos me transportó a las ceremonias budistas del té al otro lado del mundo. Pero quizás la costumbre que más me llamó la atención, por original, fueron las guitarreadas, unos encuentros informales en los parques y las plazas en los que los familiares y amigos se van pasando el mate, el turno de canción y la guitarra. 
– ¿Qué países desea fervientemente conocer para saber de sus fiestas? 
– Me gustaría mucho profundizar en la ética y la estética de las tradiciones japonesas. Me doy cuenta de que, para apreciar todos sus significados, hay que estar familiarizados con las artes clásicas del refinamiento nipón, desde la comida y la bebida, pasando por los kimonos tradicionales, la cerámica raku, el arreglo floral ikebana, la caligrafía shodo, las piedras paisaje suiseki o el incienso kodo. Y eso requiere ir varias veces, conversar con japoneses, leer mucho.

Lola Mayenco foto de Mònica Bedmar
Lola Mayenco foto por: Mònica Bedmar

– ¿Cuánto tiempo duró pensando en hacer un libro sobre las fiestas del mundo como Algo que celebrar? 
– En cuanto regresé a Barcelona después de terminar mi viaje me puse a investigar el poder de apreciación de las fiestas tradicionales. Estaba convencida de que las fiestas tradicionales logran colar en nuestra agenda la necesidad de prestar atención a algún aspecto fundamental de la vida que, sin esa fiesta, correría el riesgo de que se nos pasara por alto, pero, para poder demostrarlo, debía bucear en culturas de todo el mundo. Desde que empecé a investigar hasta que el libro ha salido publicado han pasado unos ocho años. 
– ¿Con qué imágenes arrancó al iniciar el libro? 
– El festival de Divali, que vivimos con una familia hindú en Trinidad y Tobago, fue fundamental, porque a la luz de las miles de velas entendí que celebrar fiestas y rituales es una necesidad humana vital, la mecha que reaviva el fuego de la existencia, la estrategia para volver a sentir emoción hacia aspectos importantes de la vida que tendemos a dejar en segundo plano a causa del trajín diario. 
– ¿Qué es lo más llamativo del Festival de los Cerezos en Japón? 
– La fiesta de Hanami me parece una metáfora preciosa de lo efímero de la vida y de la importancia de disfrutarla al máximo mientras dura. La fugacidad de las flores, su belleza extrema y su muerte rápida nos recuerda que debemos aprovechar el momento presente, no malgastarlo ni dejarlo pasar, porque es irrepetible. 
– El libro es como una enciclopedia para vivir mejor la vida ¿ese fue el propósito del mismo cuando pensó en escribirlo? 
– Gracias, pero mi propósito era mucho más modesto. Sólo pretendía recopilar una pequeña colección de celebraciones para disfrutar de la vida con mayor intensidad. Y lo he hecho guiada por mi propio gusto personal y mi instinto; nada sistemático, organizado ni científico. 
– Cuerpo, mente, corazón y alma…¿Todo esto cabe en una hermosa fiesta de la vida? 
– Todo eso debería caber, ya que la mayor felicidad se alcanza cuando se logra que convivan en armonía las diferentes partes de nuestro ser. Pero esto no significa que todos estos elementos nos tengan que atraer por igual o que debamos dedicarnos a cultivar equitativamente cada uno de ellos. No hace falta obsesionarse con el equilibrio, ni con hacerlo todo perfecto. 
– ¿Su libro está dirigido a quienes han entrado en una loca rutina o a quienes quieren vivir la vida con más intensidad y alegría? 
– A ambos. Creo que nutrir nuestras intuiciones y sensaciones, nuestros pensamientos y sentimientos, nos puede ayudar a todos a ser más conscientes del regalo que es estar vivos en este preciso momento. 
– ¿Todos los días debemos tener algo especial para celebrar? 
– No es que debamos tenerlo, es que lo tenemos: la vida es una fiesta y sólo hay que abrir los ojos para verlo. No hace falta poder permitirse grandes comilonas, viajes caros o ropa de marca; es suficiente con recuperar la capacidad para disfrutar de lo más mínimo que teníamos todos de niños. Por eso he escrito este libro.

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