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Entrevista, Pablo Montoya

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Entrevista, Pablo Montoya
By Libros y Letras 4 de noviembre de 2014
  • Views: 45
No. 6.871, Bogotá, Martes 4 de Noviembre de 2014

Pablo Montoya
acaba de presentar en Bogotá su más reciente
novela Tríptico de la infamia

El libro para mí es la gran compañía, en tanto que es a la vez un consuelo y un estímulo. Y la biblioteca, es como una especie de utopía lograda

Por: Jorge Consuegra (Libros y Letras)
Si no hubiera por su mamá que era una lectora empedernida y por la colección de los libros de Ariel Juvenil, Pablo Montoya no hubiera sido el voraz lector que es hoy. 
Desde muy pequeño estuvo metido en ese fascinante mundo de la letra impresa, de las ideas y la metáforas, de la vida y de la muerte, y desde siempre los libros han sido su sino, su meta, su objetivo e, incansablemente, escribe, escribe, escribe.
– ¿Su mundo, desde siempre, fueron las letras?
– Desde que era niño, y gracias a una madre lectora, tuve un contacto de afecto y de asombro con los libros. Pero, en rigor, mi familia no es una familia letrada. A veces concluyo que yo, entre una camada de once hijos y en medio de una familia caracterizada por los valores del dinero y el trabajo típicamente antioqueños, fui el único que aprovechó con intensidad la pequeña biblioteca que había en casa. Por supuesto que fui un niño que jugó a lo que jugaban los niños de mi época (escondidijos, chucha, vuelta a Colombia con tapas de gaseosas, etc.), pero recuerdo que desde que se me enseñó a leer (hacia los 6 ó 7 años), algo esencial ocurrió en mi vida y desde entonces he tenido una profunda relación con las letras. 
– ¿A qué edad empezó a escribir sus primeros cuentos?
– En realidad, lo primero que empecé a escribir fueron poemas, como a los trece años. Pero sucedió algo que, en mi pequeña historia personal, marcó lo que vendría después. En segundo de bachillerato, en 1977, el profesor de español nos pidió que escribiéramos algo corto sobre algún objeto familiar que nos despertara interés. Escribí media página sobre un árbol, un carbonero, que había en casa. Eran impresiones de un adolescente y más allá de eso no sabía más nada. Mi trabajo sacó 5 y el profesor delante de todo el grupo elogió mi texto y dijo algo que fue muy importante para mí. Dijo que yo tenía madera para escribir. Cuando recuerdo esas líneas que hice, veo en ellas no solo mi tímido inicio como escritor, sino que encuentro en esa media página, que era una prosa cargada de intentos poéticos, la raíz de algunos libros que habría de escribir después: Viajeros, Trazos y Programa de mano; y que son una mezcla de minificción y poesía. Luego, muchos después, en 1996 cuando vivía en París, publiqué mi primer libro: Cuentos de Niquía.
– ¿Cuáles fueron los primeros libros que tuvo en sus manos?
– El libro más importante que había en mi casa era la Biblia. Mi madre lo ponderaba no solo como el libro sagrado, sino como el mejor que se había escrito en toda la historia de la humanidad. Esa Biblia, que era grande, gorda y roja, tenía su lugar especial en una mesa, entre el comedor y la sala. Recuerdo que allí puse mis ojos y un mundo tremendo, antiguo, maravilloso y violento, se me reveló. Pero los libros que más alegraron mi infancia fueron los cien tomitos que conformaban la colección Ariel Juvenil Ilustrada. Salían cada semana y mis padres me los regalaban por ser tan buen estudiante. Eran unos resúmenes de las grandes obras de la literatura universal. En esa colección encontré a Sófocles, a Stevenson, a Flaubert, a Dostoyevski, a Dante, a Salgari, a Dumas, a Gogol, a Tolstoi, a Cervantes, a Verne y a otros muchos más. 
– ¿Qué es lo que le ha fascinado de tener siempre un libro a su lado?
– El libro para mí es la gran compañía, en tanto que es a la vez un consuelo y un estímulo. Y la biblioteca, sobre todo la personal, en la que yo me hallo o me extravío rodeado de los libros que he conseguido a lo largo de mi vida, es como una especie de utopía lograda. En verdad, es la única utopía en la que creo, o al menos, en la que me siento más cómodo. Con todo, debo decir que mi relación con los libros ha tenido momentos de crisis. En algún momento de mi adolescencia pensé que me estaban enloqueciendo. Pero Don Quijote me ayudó a superar esos fantasmas, usualmente construidos en familias y sociedades que han visto la lectura frenética y dichosa como algo pernicioso. Ahora bien, en una época como la nuestra que se ha llenado de libros desechos, de libros escombros, de libros consumo, es factible que uno descrea un poco de ellos. Pero cuando pienso en toda esa larga y densa historia de la lectura y en el papel que los libros han ocupado en la liberación de los humanos de todos los yugos que los han oprimido y envilecido, me inclino ante ellos y vuelvo a pensar que es lo mejor que nos ha pasado en la historia de las civilizaciones. En medio de las grandes tragedias, de los peores momentos de la degradación y la estupidez, de las horas más abismadas de la soledad, el dolor y la impotencia, el libro ha sido la antorcha que ilumina esos caminos espinosos.
– ¿Qué hacer para que en Colombia tengamos un verdadero hábito de lectura?
– Somos un país colonizado desde que existimos en la historia. Esto ha hecho que todo, y particularmente las cuestiones relacionadas con la cultura, nos llegue tarde. Aunque pensemos lo contrario, y nos animemos hoy con las tendencias de la aldea universal, las democracias neoliberales punto com y el multiculturalismo de hogaño, seguimos siendo un país periférico, atrasado y penoso. Y hablo de colonización, porque es justamente con las políticas católicas de la Contrareforma, encarnadas en Felipe II, que nos llegó a América la prohibición de la lectura. Claro está que no estoy diciendo que en el catolicismo no exista una tendencia culta y libresca. Pero la que nos tocó a nosotros no fue ni ha sido de esa índole. Desde entonces, desde el silgo XVI, una y otra vez, se nos ha dicho sistemáticamente que la lectura es peligrosa porque aleja de Dios, produce el individualismo y nos torna desdichados. Frente a tal circunstancia, contra la influencia de una religiosidad malsana y angosta, contra unos políticos y gobernantes iletrados o letrados en el peor sentido del elitismo y la simulación, contra una mentalidad guerrera y que siempre ha desdeñado a la cultura y los libros, hemos tenido que luchar incesantemente en Colombia para que exista una libertad de pensamiento y una conciencia de respeto y tolerancia cívica. Superado este lastre histórico, es posible que la lectura se vuelva un hábito. Ahora bien, cuando miramos actualmente el papel de los medios de comunicación y la estolidez colectiva que ocasionan, la lectura, como ese ejercicio de conocimiento liberador al que me he referido, es cada vez más difícil de lograr. Frente a este orden de cosas, soy pesimista. En todo caso, pienso que el lector es una flor rara que puede nacer en cualquier coyuntura, en hogares incultos y vulgares, en coordenadas vigiladas y aplastantes, en sitios en donde reina el caos y el bullicio. El lector, mejor dicho, siempre que surge es como un milagro.
– ¿Será que este hábito nace desde la misma casa? ¿Desde la infancia?
– Creo que sí. En hogares lectores, en donde se estima y valora la lectura este hábito será mucho más fácil lograrlo. Cuando he dicho que provengo de una familia en la que se no leía con suficiencia, me estoy refiriendo a que solo mi madre lo hacía con más o menos disciplina. Ella tuvo una época difícil: la menopausia. Las siestas rigurosas de todas las tardes –mi madre se despertaba a las 4 a.m. todos los días- se le desaparecieron y empezó a leer para bandear esas horas de desazón. Pero entonces yo llegaba de la escuela y la veía, sentada en su poltrona, con un libro en la mano. Tal presencia, la de una mujer de cabellos entrecanos, leyendo en las silenciosas tardes de una Medellín definitivamente ida, es de las imágenes más hermosas y estimulantes que tengo. Y siempre que la evoco, el amor por la lectura se me incrementa. 
– ¿Cree que de pronto el libro digital desplace en pocos años al libro impreso?
– No soy un profeta para vaticinar la muerte del libro impreso. Pero hay varios indicios que permiten pensar que estamos ante una mutación única. El advenimiento de la informática ha transformado radicalmente muchos hábitos relacionados con la lectura. Es tan fuerte que, según Michel Serres, desde la invención de la escritura y la imprenta, la humanidad no ha tenido otro cambio tan poderoso. Ahora que respondo estas preguntas, estoy en París y me he dado cuenta de que en menos de dos años, las cabinas telefónicas y los café internet prácticamente han desaparecido de esta ciudad y sus alrededores por el embate de los celulares. Claro está que un libro no es una cabina telefónica ni un cibercafé. Ante ellos el libro goza de un mayor prestigio, hecho de tiempo y de generaciones y generaciones, y ha sido el depositario del saber durante siglos. Pero ha irrumpido el libro digital y las librerías tradicionales están desapareciendo y las ventas de los libros impresos son cada vez menos. En este panorama, manejado por las grandes empresas de la informática, no obstante, es estimulante y una muestra de resistencia, ver el papel que ocupan las editoriales alternativas, las pequeñas editoriales, al promover las nuevas voces de la literatura. Esas que están ocultas y que dejan saber que el acto de la escritura y su publicación respectiva siguen siendo un acto de genuina creación literaria. 
– ¿Cómo surgió la idea de su más reciente libro?
Tríptico de la infamia es una novela cuya idea principal -las turbulentas relaciones entre América y Europa durante el siglo XVI vistas a través de la pintura- me acompañaba desde que escribí mi libro Viajeros en París, entre 1995 y 1997. Pero para poder llevarlo a cabo debí escribir mis otros libros dedicados a la pintura y la poesía: Trazos y Sólo una luz de agua: Francisco de Asís y Giotto. El descubrimiento de los pintores hugonotes cuyos avatares van a dividir cada una de las tres partes de la novela fue progresivo. Primero me sumergí en Jacques Le Moyne y su viaje a La Florida en donde conoce las técnicas del tatuaje en una comunidad indígena, luego en François Dubois y su padecimiento de la masacre de San Bartolomé y posteriormente en Théodore de Bry y su portentoso trabajo como grabador e ilustrador de las relaciones de viaje del descubrimiento y la conquista de América. Y esta fue una inmersión en una época en la que justamente los pintores fueron primordiales. Me extrañó, por lo demás, que en el horizonte de la literatura latinoamericana y europea no existiera un sitio para esas sensibilidades especiales que permiten a todas luces comprender la historia de ese siglo renacentista y extremista de otro modo. Tríptico de la infamia le apuesta entonces a esta nueva perspectiva.
– ¿Presentar el libro en París es como presentar el libro en las Grandes Ligas?
– No lo creo. En París viví once años, en ella decidí dedicarme completamente a la literatura luego de un período de más de diez años de estar dedicado a la música. Aquí publiqué mi primer libro de cuentos y he presentado, en diferentes lugares (bares, restaurantes, cavas, asociaciones culturales), la mayor parte de mis libros. Y gracias a la presencia de Jorge Mario Echeverri y María Piedad Jaramillo, agregados culturales de la Embajada de Colombia en Francia en diversos momentos, he podido presentar en la Casa de América Latina libros como Cuentos de Niquía, Cuaderno de París, Los derrotados y ahora Tríptico de la infamia. Más que entrar a las Grandes Ligas, yo siento más bien que presentar un libro mío en la Casa de América Latina es como estar en mi propia casa y rodeado de viejos amigos y lectores que aprecio mucho. 
– ¿Cuál es o cuáles son los temas centrales de su libro?
– El tema principal de Tríptico de la infamia es, creo yo, qué significa crear, en este caso pintar, en épocas sangrientas en las que el mal humano, que es el mal histórico, penetra el tejido entero de las sociedades. Otros temas serían las guerras religiosas, el exilio, el viaje y la otredad, el exterminio indígena en América, las relaciones entre pintura y literatura.
– ¿Ha pensado escribir una novela de largo aliento?
– Considero que mis dos últimas novelas, Los derrotados y Tríptico de la infamia son de largo aliento, en el sentido de su extensión que superan las trescientas páginas. Mejor dicho, son novelas ambiciosas en la medida en que que retratan más que momentos, épocas históricas. Además, han sido escritas durante años y son productos de largas investigaciones y numerosos viajes y errancias. Sin embargo, si con novela de largo aliento, estamos pensando en obras como Los miserables, La guerra y la paz, Los hermanos Karamasov, Juan Cristóbal, La Montaña mágica o El Don apacible, podría decir con seguridad que hasta el momento no tengo como proyecto enfrascarme en una labor de tales magnitudes. 
– ¿Cuándo presentará su libro en Colombia?
Tríptico de la infamia se presentó el 2 de septiembre en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín y en el Festival de Literatura de Córdoba y el Caribe el 6 del mismo mes. También se hizo una presentación el 2 de octubre en La Cueva de Barranquilla. Y el pasado 31 de octubre se presentó en el Centro Cultural Gabriel García Márquez de Bogotá.