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Entrevista, Ramón Illán Bacca

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Entrevista, Ramón Illán Bacca
By Libros y Letras 20 de mayo de 2012
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Ramón Illán Bacca

Encontré que tenía vena de escritor cuando de estudiante universitario 

Por: Jorge Consuegra (Libros y Letras

De pronto lo que más les encanta a los lectores de Ramón Illán Bacca es su humor negro, el sarcasmo bien manejado, las imágenes de sus novelas muy bien fabricadas. Pero especialmente su enorme capacidad creadora y creativa. 
Cuando se reúne con su “gente” –léase: estudiantes, colegas y amigos- las tertulias se extienden hasta mucho más allá de la madrugada y todos terminan con la enorme satisfacción de haber asistido a una de las más fantásticas cátedras de literatura, especialmente latinoamericana. 
Illán Bacca tiene un repertorio tan extenso, que un día sus amigos se dieron a la tarea de hacer sumas y restas para saber cuántas horas habían pasado con él aprendiendo de sus secretos, y si ponen hora tras hora, sumando los últimos veinte años de tertulias, podrían hacerlo ganar un espacio el libro de los Records de Guinnes, pues sintantas y tantas las horas que una simple calculadora no tendría espacio para tantos números. 
Por estos días estás feliz al ver a su Deborah Kruel con vestido nuevo, una creativa ilustración de Hache Holguín quien se lució mostrando la nueva portada en la edición de la novela más emblemática de Bacca. 
Retrato de Ramón Illán Bacca
– ¿Primero nació el periodista o el escritor? 
– Yo les escribía a mis parientes pidiendo plata. Las cartas pasaban de mano en mano porque las encontraba divertidas y entretenidas. El propósito, o sea, la mesada no se lograba, pero las pequeñas crónicas de mis avatares universitarios fueron publicadas en algún periódico de la localidad. Se ve que periodismo y escritura estuvieron de la mano. 
– ¿Cuál fue el primer intento en la literatura, con poesía, cuento o novela? 
– En bachillerato escribí unos cuentos con temas policíacos influencias de Ellery Queen y las historietas de “Doc Savage” y “Dick Tracy”. También de las lecturas de Los misterios de París de Eugene Sue, y El coche número 13 de Javier de Mountepin autores completamente olvidados. 
– ¿Cómo fueron los inicios en el periodismo? 
– Mi primer trabajo como periodista fue en el periódico Progreso Campesino en Bogotá. Leí sobre los búfalos de agua, los cultivos de ipecacuana en Manatí y la posible importación de dromedarios para la Guajira. Sin embargo lo único que logré publicar fueron entrevistas los jefes de proyectos del Icora. Al final la jefa -máster en periodismo agrícola de la universidad de Michigan- me sacó del puesto por falta de motivación agrícola y redacción simplificada. Al volver a la costa escribí sobre cine, y con un grupo de amigos dirigimos el suplemento literario del Diario del Caribe. Han pasado muchos años y he tenido columnas en todos los periódicos de Barranquilla. Mi última columna se titula “Puntos de bizca”. 

Alguna vez vi ante la bahía de Santa Marta a una mujer extranjera con un sombrero absolutamente cinematográfico, que dijo algo en alemán. Un amigo me tradujo que había dicho: “¡Oh que mar tan marítimo!”. Era una escena loca que me desató la imaginación.

– ¿Te hiciste lector por cuenta propia o te empujaron a leer compulsivamente los amigos? ¿De qué se trataron las primeras lecturas? 
– He tenido problemas en la vista desde la infancia, pero siempre he sido un solitario lector impenitente. Mis primeras lecturas son las que encontré en la biblioteca de mis tías; novelas de Pérez y Pérez, Concha Espina y otros autores de novelas rosas. Después pasé a buscar novelas policíacas y en mis cuatros años en el seminario menor además de lecturas piadosas y novelas del padre Coloma; leí los clásicos. Al salir todavía adolescente la madre de un amigo, buena lectora, me prestó libros de Camus, Huxley, los de la época. 
– ¿Aún hoy recuerdas con especial cariño qué novelas y qué autores? 
– Me encantó Proust y traté de leerlo en francés pero no llegué a tanto; otros autores me conmovieron en algún momento, por ejemplo Servidumbre humana de Sommerset Maugham y Contrapunto de Huxley
– ¿Déborah fue alguna mujer amada? 
– No. Deborah más que una mujer, es un conjunto de mujeres y de cada una de ellas tomé algo. En mi ciudad natal la identifican con una muchacha vanguardista en los años cuarenta. Es falso. No había allí ni espías nazis, ni mujeres tan sofisticadas como en el Berlín de los años veinte. Un Berlín que conocí por lecturas de novelas como Adiós a Berlín de Isherwood, revistas de la época, retratos familiares y filmes. Déborah son todas las diosas del cine que adoré Greta, Marlene, Ava, Lana, etc. 
– ¿Es el amor cruel o más cruel la literatura que habla de amor? 
– No conozco la crueldad en el amor y las novelas de amores crueles no son mis mayores lecturas. 
– ¿El nazismo te impactó tanto en tu juventud? 
– Lo que me impactó en mi niñez fue el clima de guerra que se sentía en la costa. Había dirigibles estadounidenses sobre la bahía atisbando la sombra de los submarinos nazis, si aparecía un avión la gente corría a ver si era alemán, los carros se quedaban varados por falta de llantas ya que todo el caucho era para la guerra, y las emisiones de la BBC de Londres era un ritual dónde el todo mundo se agrupaba alrededor de un inmenso radio marca Telefunken a oír las noticias: “London is calling”…, así empezaba. 
– ¿Qué hubiera sucedido si los nazis hubieran saboteado el Canal de Panamá? 
– El dato de sabotear el canal de Panamá por los alemanes lo encontré en Bohemia una revista cubana que circulaba en toda peluquería en la costa que se respetara. No sé si algún analista político sacó conclusiones, a mi lo que me interesó fue el dato y creo que los capítulos de la “Operación Pelícano” gustan bastante. 
– ¿Cuál fue la primera imagen para empezar a escribir Déborah Kruel
– Alguna vez vi ante la bahía de Santa Marta a una mujer extranjera con un sombrero absolutamente cinematográfico, que dijo algo en alemán. Un amigo me tradujo que había dicho: “¡Oh que mar tan marítimo!”. Era una escena loca que me desató la imaginación. 
– ¿Hay alguna razón para que se hubiera utilizado la “K” en lugar de la “C”? 
– Supuse que Krüel (con diéresis) sonaría como un apellido alemán y por eso casé a Déborah con un comerciante de ese apellido. Lo que buscaba era el juego de palabras. 
– ¿Crees que esta novela ya quedó tatuada en el imaginario colectivo? 
– Ojalá. Lo que sé es que muchas de mis alumnas y amigas lo tienen como nombre en sus correos electrónicos.