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Gabo, una vida (II parte)

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Gabo, una vida (II parte)
By Libros y Letras 5 de octubre de 2009
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Nota enviada por Alberto Duque López.
Gerald Martin ha
completado una biografía monumental: Gabriel García Márquez. Una vida (Debate).
Publicamos el pasaje titulado “Hambre en París: La Bohème”, que relata los días
de escritura de El coronel no tiene quien le escriba en medio de dos compañías
abrumadoras: la escasez y el amor
Por: Gerarld Martin. El 15 de Febrero de 1956 se había
presentado un nuevo periódico, El Independiente, como sustituto directo de El
Espectado
r, seis semanas después del cierre de su predecesor. Durante dos meses
lo editó el ex presidente liberal Alberto Lleras Camargo, quien fuera también
antiguo secretario de la Organización de los Estados Americanos. García
Márquez
, tras unas semanas muy difíciles y de gran preocupación, dejó escapar
un suspiro de alivio; y cuando Plinio Mendoza se marchó a Caracas a finales de
aquel mes, se fue con la satisfacción de ver a su amigo de nuevo en pie y con
cierta seguridad económica. El primer artículo de García Márquez en poco menos
de tres meses apareció en el nuevo periódico el 18 de Marzo. Envió un reportaje
en diecisiete entregas —casi cien páginas cuando se reeditó para formar parte
de un libro— acerca del juicio a los acusados del reciente escándalo de
espionaje en el que se habían trasvasado secretos de Estado del gobierno
francés a los comunistas durante los últimos meses del dominio francés en
Vietnam. Así que el 12 de Marzo de 1956 El Independiente anunció en
primera página: “Corresponsal especial de El Independiente viaja a
documentarse sobre el proceso más sensacional del siglo”. (No es de extrañar
que más adelante García Márquez adquiriera fama de hiperbólico.) Irónicamente,
sin embargo, y a pesar del esfuerzo que invirtió en la serie, el cierre de El
Independiente el 15 de Abril impidió que García Márquez llegara a relatar
el momento álgido del juicio, lo que trajo consigo la frustración de sus
lectores al final de lo que no fue, en ningún caso, el más interesante de sus
reportajes, ni tampoco el más logrado. Una vez más, sin embargo, aun sin
saberlo, García Márquez había entablado contacto, a distancia, con alguien que
ocuparía un lugar destacado en su vida posterior. La estrella del proceso
judicial era el ex ministro de Interior y entonces ministro de Justicia François
Mitterrand: “[U]n hombre joven, rubio, vestido con un traje azul claro, que le
da a la sesión un ligero toque de audiencia cinematográfica”. El propio
Mitterrand estaba bajo sospecha en el caso a causa de su conocida oposición a
la guerra de Vietnam. Por ahora, sin embargo, Mitterrand y el resto de los
personajes de la sala de vistas entorpecían la nueva novela de García Márquez.
Podía oír las campanadas del reloj de La Sorbona desde su
buhardilla. Mientras escribía, Mercedes Barcha, la prometida a la que apenas
conocía, lo contemplaba desde la fotografía enmarcada encima de la mesilla de
noche. Plinio Mendoza recuerda la primera vez que subió a la habitación de su
amigo: “Me acerco a la pared, para contemplar la fotografía de su novia… una
muchacha de largos cabellos negros y ojos rasgados y tranquilos. ‘El cocodrilo
sagrado’, dice”. Desde que García Márquez llegó a Europa, Mercedes había
empezado a enviarle cartas al menos dos, aunque a menudo tres, veces por
semana. Él le respondía con la misma asiduidad. Por lo común le hacía llegar
las cartas a través de sus padres; su hermano Jaime, de entonces quince años,
recuerda habérselas llevado a Mercedes en Barranquilla de vez en cuando.
La nueva novela se inspiraba en el pueblo ribereño remoto
donde Mercedes y él se habían conocido, aunque el libro no encerraba nada
romántico. Finalmente se titularía La mala hora. A pesar de que no había
modo de saberlo, esta novela malhadada no se publicaría hasta 1962. No era un
libro acerca de la época en la que las familias García Márquez y Barcha Pardo
habían vivido en proximidad en aquella pequeña comunidad, sino que estaba
ambientada unos años más tarde, en un periodo contemporáneo a su composición, y
se centraba en las repercusiones locales de la Violencia. Y esto era así porque
la Violencia dominaba los pensamientos de todos los colombianos, estuvieran
dentro o fuera del país —él mismo era una vez más víctima indirecta de ella—, y
el periodismo que había cultivado recientemente, antes de marcharse de Bogotá,
había agudizado sus posicionamientos contrarios al gobierno.
El pueblo de la novela de García Márquez está basado en
Sucre desde una perspectiva casi cinemática. De hecho, los detalles
topográficos son tan exactos que el lector prácticamente podría trazar el mapa
de un lugar donde toda la atención se centra en el río, el embarcadero de
madera, la plaza principal y las casas que la flanquean. Sucre sería escenario
de algunas novelas breves e inquietantes que García Márquez compondría con el
curso de los años: La mala horaEl coronel no tiene quien le escriba y Crónica
de una muerte anunciada
. Todas serían expresiones directas de su destino
violento.
Transcurriría mucho tiempo antes de que alguien empezara
siquiera a perfilar la identidad de esta pequeña comunidad ribereña; en
realidad, la mayoría de los lectores han seguido tratando de reconciliarla en
vano con las descripciones y el ambiente, tan distinto, de Macondo-Aracataca.
En años venideros, ni siquiera el propio García Márquez se referiría a Sucre
por su nombre en las entrevistas que le hicieran, del mismo modo que era raro
que mencionara a su padre; ambos hechos son, a buen seguro, indisociables. En
una ocasión comentó: “Es una aldea en la que no hay ninguna magia. Es por eso
que al escribir sobre ella hago siempre una literatura periodística”. Sin
embargo, el lugar real que cifra, por así decirlo, su apuesta por el realismo
crítico —en contra de su padre y del conservadurismo colombiano— y que lo
inspira a crear personajes sufrientes con ecos de los que aparecen en Umberto
D. o en El ladrón de bicicletas de De Sica, el Sucre verdadero no era, desde un
punto de vista social, muy distinto de Aracataca; de hecho, como atestiguan
casi con unanimidad sus hermanos, es en muchos sentidos un lugar mucho más
exótico y romántico.
Mágico, como siempre, según el cristal con que se mire. La
diferencia es que cuando Gabito había vivido en Sucre, su experiencia no había
sido ya la de un niño menor de diez años, como había ocurrido en Aracataca;
tampoco vivía ya con su abuelo el coronel, al que tanto quería; y, en cualquier
caso, no puede decirse que viviera allí plenamente, porque lo mandaron a
estudiar (y aunque era un privilegio que lo enviaran a la escuela, sin duda en
ese momento lo interpretó como una expulsión más de la familia). Además, había
vivido en Aracataca tras un emocionante auge económico; el periodo de Sucre, en
cambio, fue testigo del comienzo de la Violencia.
Cuando se publicó La hojarasca, justo antes de que dejara
Bogotá para irse a Europa, los amigos comunistas de García Márquez habían
comentado que, aunque se trataba de un libro excelente —por descontado—, la
obra adolecía, a su gusto, de un exceso de mito y poesía. García Márquez
confesaría tanto a Mario Vargas Llosa como a Plinio Mendoza —quien por entonces
estaba de acuerdo con la crítica comunista— que había desarrollado un complejo
de culpa porque La hojarasca era una novela “que no denuncia, que no
desenmascara nada”. En otras palabras, la obra no se ajustaba a la concepción
comunista de una literatura socialmente comprometida que denunciara la
represión capitalista e imaginara un futuro socialista mejor. En realidad, para
la mayoría de comunistas, la forma de toda novela era en sí misma un vehículo
burgués; el cine era el único medio genuinamente popular del siglo XX.
Aunque La mala hora es una obra política entendida
como exposé, García Márquez no deja de ser un narrador sutil y sigue abordando
desde una perspectiva oblicua la crítica política e ideológica. Sin ir más
lejos, ni siquiera especifica que el régimen que lleva a cabo las acciones
represivas que describe sea un gobierno conservador, aunque por supuesto sería
un dato evidente para cualquier lector colombiano. Y a pesar del hecho de que
decenas de miles de personas fueran asesinadas cada año por la policía, el
ejército y los grupos paramilitares durante el periodo en cuestión, muchas de
ellas por los métodos más atroces y sádicos que quepa imaginar, en esta novela
tan sólo hay dos muertes: un “crimen de honor” civil que anticipa el incidente
central de la posterior Crónica de una muerte anunciada, y un crimen de
motivación política, como era de esperar, por obra del gobierno (aunque a
primera vista más parezca obedecer a la incompetencia que a un plan previo). De
hecho, la intención de la novela es demostrar, sin exponerlo tan a las claras,
que la jerarquía del poder representada en el libro da lugar, de forma
inevitable y reiterada, a esta clase de acciones represivas: lisa y llanamente,
el alcalde está obligado a matar a algunos de sus oponentes si pretende
sobrevivir.
Esta concepción sorprendentemente desapasionada de la
naturaleza del poder lleva al novelista a trascender con mucho el deseo de
moralizar o dedicarse a la propaganda simplista; como es natural, deplora la
mentalidad conservadora, pero nunca actúa de cara a la galería. En su
autobiografía, García Márquez afirmaría que la figura del alcalde estaba
inspirada en el marido de su amante negra, la “Nigromanta”; sin embargo existe
una explicación anterior, que recuerda Germán Vargas: “El alcalde de La mala
hora tiene una base real. Era de un pueblo de Sucre. Dice García Márquez que
era pariente de Mercedes, su mujer. Y que era un verdadero criminal. Quería
matar al papá de Mercedes y éste siempre andaba armado de pistola. A veces,
para molestarla, García Márquez le recuerda que el tipo era de su familia”.
A pesar de todos sus empeños, la novela se negaba
porfiadamente a tomar vuelo, y empezó a escapársele de las manos. Perdido en el
momento más deprimente de Colombia y, desde luego, debatiéndose sin un rumbo
claro en el mundo desencantado que trataba de recrear, García Márquez salía
cada vez menos por París a medida que el invierno daba paso a la primavera,
aunque ocasionalmente siguiera sumergiéndose en la vida mundana. También
Francia, en pleno estancamiento de la Cuarta República, se hallaba abatida.
Pierre Mendès-France, el utopista que presidía el Consejo de Estado y que se
hizo célebre por haber intentado que los franceses bebieran leche en lugar de
vino, hacía poco que lo habían obligado a abandonar el poder. Lo sustituyó
Edgar Faure, aunque no por mucho tiempo. Francia había salido derrotada de
Vietnam y seguía luchando en Argelia. Sin embargo, aunque entonces nadie lo
advertía, París se hallaba en uno de sus momentos más evocadores, el último
periodo antes de que la modernidad de la Comunidad Europea iniciase en los años
sesenta su inexorable paso del gris azulado de las volutas de humo al gris
plateado de la era espacial. García Márquez comía sobre todo en restaurantes de
estudiantes, como el Capoulade y el Acropole; y en tanto que la mayoría de los
demás latinoamericanos sentían la necesidad de pasear por la Sorbona o el
Louvre ocasionalmente para elevar el espíritu, así como para ver a gente como
ellos en aquellos espejos dorados parisinos, él, como de costumbre, pasaba los
días en la universidad de las calles.
Entonces, de improviso, se produjo un cambio repentino en su
vida. Una noche de marzo en que había salido con un periodista portugués que
también cubría el juicio del espionaje francés para un periódico brasileño,
conoció, por el más puro azar, a una mujer. Era una actriz española de
veintiséis años que se hacía llamar Tachia y estaba a punto de dar un recital
de poesía. Casi cuarenta años después recordaría que Gabriel, como siempre le
llamaría, se negó a asistir al evento: “ ‘Un recital de poesía’, se burló,
‘¡Qué aburrimiento!’. Di por hecho que detestaba la poesía. Esperó en el café
Le Mabillon, en el boulevard Saint-Germain-des-Prés, cerca de la iglesia, y nos
reunimos con él después del recital. Estaba delgado como un espárrago, parecía
un argelino, con cabello rizado y bigote, y a mí nunca me habían gustado los
hombres con bigote. Tampoco me gustan los típicos machos; siempre tuve el
prejuicio racial y cultural de que los latinoamericanos eran inferiores”.
Tachia, nacida María Concepción Quintana en enero de 1929,
era oriunda de Eibar, Guipúzcoa, en el País Vasco español, y una de las tres
hijas de una familia católica que apoyó el régimen de Franco tras la guerra
civil. Su padre, gran amante de la poesía, le había leído poemas desde niña con
asiduidad, sin saber cuánto la determinaría esto en el futuro. En 1952 conoció
al poeta Blas de Otero, ya famoso por entonces, en Bilbao, donde trabajaba de
señora de compañía, una de las pocas oportunidades que tenían las mujeres de
trabajar independientemente en la España de Franco. Otero, trece años mayor que
ella, la rebautizó ordenando a su antojo el nombre de Conchita: “Tachia”.
También la sedujo. Poco después la muchacha se marchó a Madrid —a pesar de que
en aquellos tiempos había que ser mayor de veinticinco años para abandonar el
hogar sin permiso paterno— para estudiar teatro y formarse como actriz. Allí
inició un romance apasionado, aunque desventurado, con este gran poeta, que era
también un hombre sumamente inestable y un redomado donjuán. El nombre de
Tachia aparece en algunos de sus poemas más célebres. El carácter de Otero,
impredecible hasta lo patológico, la hizo pasar por un verdadero calvario. Para
librarse de él —si bien pasarían muchos años antes de que lo lograra del todo—
huyó de España: “Fui a París a finales de 1952 como una especie de au pair
durante seis meses; la ciudad me deslumbró. Después, el 1 de Agosto de 1953, me
fui allí para siempre. No tenía ninguna técnica, de modo que hice cursos de
teatro para tratar de introducirme en ese mundo”.
Tachia era intrépida y curiosa. Ejercía en los demás un extraño
magnetismo y estaba abierta a toda clase de experiencias. Era el tipo de mujer
que se consideraba especialmente atractiva en el periodo existencialista de
posguerra y —aunque su gran amor era el teatro— en las películas de la Nouvelle
vague que estaban a punto de hacerse en el París de finales de los cincuenta:
una joven esbelta, morena, que vivía en la margen izquierda del Sena y de
ordinario vestía de negro, con un corte a lo garçon, como el que Jean Seberg
haría famoso poco después, y rebosante de vitalidad. Emocionalmente, sin
embargo, en aquel preciso momento estaba a la deriva. Como extranjera, sus
oportunidades de salir adelante en el teatro francés podían considerarse
prácticamente nulas, pero no tenía ninguna intención de regresar a España. Tampoco
de entablar vínculos emocionales duraderos. Había pasado por la experiencia de
un amour fou en su país, y desde entonces nada había logrado cautivar sus
sentimientos o su imaginación con la misma intensidad. Y he aquí que le estaba
contando la historia de su vida a este colombiano tan poco atractivo.