Iwasaki explora las huellas del barroco en nuestros días

El escritor peruano participó del ciclo La Ciudad y las Palabras, de la UC, donde dio el seminario La Ciudad Barroca.
Tomado de La Tercera/ Santiago. Examinó los archivos históricos del Vaticano, en Italia. El Archivo General de Indias en Sevilla, España. Y en su Lima natal, Fernando Iwasaki (1961) indagó el pasado de siglos buscando la mayor cantidad de pistas para reconstruir el mundo del barroco. Incluyendo tratados de medicina, crónicas o vidas de santos.
Fue a fines de los 90 y la obsesión del historiador y escritor peruano sobre aquel período de la historia en la cultura occidental estaba destinada a finalizar un doctorado en Historia de América, en la Universidad de Sevilla.
Iwasaki postergó su doctorado, pero profundizó en el mundo del barroco y se instaló a vivir en Sevilla, donde lleva más de dos décadas junto a su familia.
El autor de Neguijón, novela ambientada en esos años, dictó en Santiago el seminario La Ciudad Barroca, como parte del ciclo La Ciudad y las Palabras, del Doctorado en Arquitectura de la UC, realizado con el apoyo de La Tercera.
“El barroco era un mundo impregnado de religiosidad, donde se vivía de otra manera la fe ¿Cómo se reconocía la figura de un santo? Pues había que tener testigos”, comenzó hablando Iwasaki el pasado miércoles, previo a la presentación de Fernando Pérez, jefe del Doctorado en Arquitectura.
“En el siglo XVII el concepto de verdad era administrado por la autoridad eclesiástica. Entonces ¿cómo reflexionar sobre la razón desde la fe?”, se preguntó el narrador en una sala de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la UC. Entre los presentes estaba el novelista Arturo Fontaine y académicos de la casa de estudios.
Vidas ajenas
Un sacamuelas sevillano es el protagonista del libro Neguijón (Alfaguara, 2005), quien llega hasta el Virreinato peruano huyendo de la Inquisición. En su labor de extraer dientes y limpiar encías, el sacamuelas instalado en Lima se obsesiona con el gusano que anida en esas zonas escondidas o apartadas de la boca.
“El trabajo era sin ningún tipo de anestesia, porque el dolor es parte del sacrificio cotidiano en el barroco”, dijo Iwasaki, quien ha publicado siete libros de cuentos. Una antología de sus relatos se reúne en Papel Carbón (2012). “Y claro, si te cortaban la pierna esa irrigación de sangre era un beneficio para tu cuerpo y alma, aunque el dolor fuese superior”, agregó sobre cómo era abordada la medicina en el siglo XVII.
Titulado en Historia en la Universidad Católica del Perú, el autor apuntó sobre el barroco y sus huellas en nuestros días: “Hoy el barroco se puede apreciar a partir de la lectura de sus símbolos. Por ejemplo, la asociación que se establece entre astronomía y astrología son cuestiones que hasta hoy se conservan”.
Aliado del humor, Iwasaki desarrolló temas asociados a la religiosidad y la ciencia con ejemplos que sacaron risas entre los presentes. Historias aparentemente inverosímiles, pero que se ajustan a su época.
“En el avistamiento de cometas los sacerdotes decían que sólo se veían cuando ocurriría una desgracia. Podían pasar años entre el paso de un cometa y una catástrofe, pero los religiosos hacían la relación como un hecho irrefutable”, comentó Iwasaki, quien ayer profundizó la relación entre el barroco y la ciudad.
Sobre la cartografía, señaló que “no importaba la interpretación del espacio, sino lo que se quería representar en los lugares. La arquitectura barroca se generó en Roma y se expandió con mucho interés”, dijo Iwasaki, quien dirige la Fundación Cristina Heeren de Arte Flamenco y que para vivir prefiere hacerlo en pequeñas ciudades que en grandes capitales. “Como en mi casa en Sevilla”, aseguró.

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