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Las palabras

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Las palabras
By Libros y Letras 27 de abril de 2019
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Un análisis
descarnado del discurso supone, sin duda, un conocimiento estricto de la palabra,
de su historia.



Por: Luis Fernando García Núñez*

Colombia
invita a Colombia


Solo con las Palabras que vienen podré
manifestar la disyuntiva que percibo alrededor del discurso que procura justificar
la inmensa y sonora validez que tiene la palabra. Las palabras. No solo la
validez sino, en tantas ocasiones, la inutilidad. Tal vez existan otras formas sonoras
que se conviertan en un nuevo –y más infalible– testimonio. Más creíble.
Diseñado de tal forma que haya una plena seguridad entre la palabra y la
pretensión del mensaje. Una relación completa y directa entre lo dicho y lo
pensado. Entre lo dicho y lo actuado. Una dependencia total en el tiempo y en
la actuación. “El conocimiento directo de la realidad, que se creía antaño
poseer”. Un discurso trasparente, limpio, íntegro, honrado. Como el lenguaje de
la física, tan ajeno y alejado del de la estadística, usada esta última para
adulterar. Un lenguaje –un léxico– integral. Sin cortapisas, sin dobleces.
Muchos dilemas atraviesan la sencillez significativa
de la palabra. La existencia de múltiples recursos para disolver el propósito y
la fuerza “informativa”, o la finalidad más certera –¿certificada?– de la palabra.
Un abismo se cierne en el propósito inminente de relatar sin alteraciones
semánticas, sin falacias, sin dobles sentidos. Hemos oído, con insistencia comunicar,
palabra que tiene tantos sentidos como embelecos ideológicos, sociales,
políticos, filosóficos, psicológicos, históricos, económicos, religiosos,
culturales. Es un juego entre las palabras y quienes las producen y las
trasmiten. Se contrae la disposición específica y se “contraría” su efecto. Se
envenena la dimensión explicativa, el carácter, la utilidad pública.
Es el discurso adrede que implica
posiciones emotivas, y funge de verdad única y “sagrada”. Casi como un
evangelio de la farsa. Un embeleco para abandonar la verdad, o huir con descaro
de sus alcances, hacerlo sin aspavientos, sin moralismos, incluso con cierta
pesadumbre puritana, predicadora. Un disimulo efectivo frente a la verdad. Una,
dijéramos, posverdad, como han dado en llamarla ahora. Una exagerada y
fantasmal cualidad del discurso en la era de las redes sociales. Pecar y rezar
para empatar.
Los matices apenas asombran. No hay una
lectura coherente del discurso. No existe esa lectura, ni se espera que la
haya, solo efectos transitorios, coyunturales, que se aprovechan mediáticamente
y pueden desbordar las emociones de los receptores, empoderados ahora –eso
creen– de la información, dueños de lo que se dice, sin escrúpulos, matizados
por la más severa enfermedad del oscurantismo, como el analfabetismo de la Edad
Media. Una profunda relación entre un aparato –llamado, para denigrar al
usuario, inteligente– y un pregonero precedido de mala o buena fama, que ello
no importa, como lo fue entre el predicador y los recién convertidos, los
mismos de las cruzadas, de la inquisición, de la cacería de brujas. Una
maldición para el mundo, ahora potenciada por unas redes sociales fáciles de
abordar, tan sugerentes como pérfidas, pero por esto último sensacionales y
sacralizadas.
Redes sensacionalistas y sagradas para la
aventura “científica” de los nuevos tiempos. Sin ellas muchos dejarán de ser
seres humanos. No existen. Están entrampados en esa proterva fusión entre el
progreso y la vida. La vida tal como no la plantean los más pavorosos demonios del
mundo moderno, los héroes sostenidos que niegan, como los inquisidores, o el
Gran Hermano, la diferencia, en tanto ella perturbe los sueños mesiánicos, los
intereses y los voraces apetitos “económicos” y “políticos”, no importa que
utilice un discurso político “libertario”, “democrático”, “liberal”.
Poca diferencia entre el democrático o el
autoritario, como sucede con el sonado e insignifi cante discurso de Maduro, en
esa entelequia del castrochavismo, casi calcado del de sus más retorcidos
enemigos, casi como si vinieran de la misma fuente, como si tuvieran el mismo fin.
Como el de Donald Trump o el de Putin. O el silencioso discurso
de Kim Jong-un. Pocas diferencias, por no decir ninguna. Como existen
pocas con el atávico discurso de Hillary Clinton, incluso con el de Obama,
ahora renacido con el fin de articular el “otro” discurso desde la confrontación
democrática, desde la otra mirada, según se cree. ¿Acaso la misma? “La verdad
es hija del tiempo”, decía el abogado y escritor romano Aulo Gelio. ¿Cuál
tiempo?
Una especie de cínica frialdad con una finalidad
común: atrapar a sus clientelas, capturadas desde antes por otro discurso o por
sus acciones demenciales o por insinuaciones descaradas que se trasmutan en fines,
en actos encomiados, aunque estén signados por la demencia, por la impudicia,
por la perfidia. El discurso de Pablo Escobar defendido por sus
prosélitos que sabían y loaban –aún lo hacen– su comportamiento delincuencial,
inmoral. Pedirle a María Auxiliadora su intermediación para lograr el
pérfido objetivo y ofrecer millones para enmendar el crimen. O durante un largo
tiempo detentar un cargo y ejercerlo con saña contra sus eventuales enemigos, a
sabiendas de que se ha llegado a él violando los principios esenciales de la
honestidad, de la pulcritud, de la decencia. Moratín decía en La derrota de
los pedantes
que “la verdad, por más que se presente desaliñada y adusta es
el lenguaje de un buen ciudadano; y el que no la lleva en la boca como la
concibe en el entendimiento es indigno de vivir entre los hombres”. Lejano
discurso, como el de la pregunta de Espronceda en El diablo mundo, “¿Qué
ciegos ojos la verdad no encanta?”
Un análisis descarnado del discurso supone,
sin duda, un conocimiento estricto de la palabra, de su historia, a veces tan
increíble como la dimensión de su sentido. Hay que develar, paso tras paso, la
función cardinal del discurso, reconocerla en su totalidad porque, como decía en
sus afamadas Máximas La Rochefoucauld, “más daño originan al mundo las
apariencias de la verdad que la verdad misma”. Ese discurso con apariencia de
verdad ha sido notorio en los últimos debates que ha vivido la humanidad, pero
es el idioma de los nuevos artífices de la “publicidad”, de la “propaganda”:
los nuevos y resucitados Goebbels que han suplantado la finalidad
esencial del lenguaje y han desplazado con mezquindad infame, la verdad por una
apariencia de verdad o por la truculencia, efectiva en su propósito desestabilizador,
de la mentira.


*Luis Fernando García Núñez

Escritor, periodista, asesor literario.