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Luna Fría

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Luna Fría
By Libros y Letras 28 de marzo de 2012
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Jeffery Deaver (Umbriel Editores). Este libro, será una de las más importantes novedades en la próxima Feria Internacional del Libro de Bogotá. Una serie de asesinatos salvajes es, precisamente, lo que deberá investigar en Luna fría el detective tetrapléjico Lincoln Rhyme, protagonista de El coleccionista de huesos y el personaje más famoso de Jeffery Deaver. Les ofrecemos un adelanto de la obra: 

00:02 horas 
¿Cuánto tiempo tardaron en morir? 
El destinatario de esta pregunta no pareció oírla. Miró de nuevo por el retrovisor y se concentró en la conducción. Pasaban pocos minutos de la medianoche y las calles de la parte baja de Manhattan estaban heladas. Un frente frío había despejado el cielo y convertido en liso hielo la nieve caída poco antes sobre el asfalto y el cemento. Iban los dos en el bronco Troncomóvil, como llamaba Vincent el Listo al todoterreno marrón oscuro. El coche tenía ya unos cuantos años; los frenos necesitaban un repaso y había que cambiar los neumáticos. Pero llevar al taller un vehículo robado era una pésima idea, sobre todo teniendo en cuenta que dos de sus últimos ocupantes habían muerto asesinados. 
El conductor (cincuenta y tantos años, delgado, cabello negro bien recortado) torció con cuidado hacia una bocacalle y prosiguió su viaje sin acelerar en exceso, tomando los desvíos con precisión, perfectamente centrado en su carril. Habría conducido del mismo modo estando las calles secas, o si el vehículo no hubiera estado involucrado en un asesinato. 
Cautelosamente, con meticulosidad. 
¿Cuánto tiempo tardaron? 
Un escalofrío recorrió a Vincent el Gordo (largos dedos como salchichas, siempre sudorosos, y el cinturón marrón tan tirante que el primer agujero estaba dado de sí). Había estado esperando en la esquina de la calle al acabar su turno de noche como procesador temporal de textos. Hacía un frío espantoso, pero el vestíbulo del edificio le desagradaba. Tenía una luz verdosa y las paredes cubiertas de grandes espejos en los que podía ver su cuerpo ovalado desde todos los ángulos. Así que había salido a tomar el aire diáfano y frío de diciembre y se había puesto a pasear de un lado a otro y a comer una chocolatina. 
Bueno, dos. 
Mientras Vincent miraba la luna llena (un disco asombrosamente blanco visible por un instante entre el desfiladero de los edificios), el Relojero reflexionaba en voz alta: 
— ¿Que cuánto tardaron en morir? Una pregunta interesante. 
Vincent conocía desde hacía poco tiempo al Relojero, cuyo verdadero nombre era Gerald Duncan, pero sabía ya que convenía tener cuidado con las preguntas que se le hacían. Hasta la cuestión más sencilla podía dar pie a uno de sus monólogos. Caray, lo que hablaba. Y sus respuestas eran siempre tan razonadas como las de un catedrático. Vincent sabía que, si había estado callado esos últimos minutos, era porque estaba sopesando la respuesta. 
Abrió una lata de Pepsi. Tenía frío, pero necesitaba algo dulce. Engulló el líquido y se guardó la lata vacía en el bolsillo. Luego se puso a comer un paquete de galletas saladas con mantequilla de cacahuete. Duncan le lanzó una ojeada para asegurarse de que llevaba puestos los guantes. En el Troncomóvil siempre llevaban guantes. 
Meticuloso… 
—Yo diría que hay varias respuestas a esa pregunta —dijo Duncan con su voz suave y distante—. Por ejemplo, el primero al que he matado tenía veinticuatro años, de modo que podría afirmarse que tardó veinticuatro años en morir. 
¿No me digas?, pensó Vincent el Listo con sarcasmo adolescente, aunque tenía que reconocer que no se le había ocurrido una respuesta tan obvia. 
—El otro tenía treinta y dos, creo. 
Pasó un coche de policía en sentido contrario. A Vincent comenzó a palpitarle la sangre en las sienes, pero Duncan no se inmutó. Los policías no parecieron fijarse en el Explorer robado. 
—Otra forma de abordar tu pregunta —prosiguió Duncan— es considerar cuánto tiempo transcurrió desde el momento en que empecé a matarlos hasta el instante en que sus corazones dejaron de latir. Probablemente te referías a eso. Verás, a la gente le gusta encuadrar el tiempo en marcos de referencia fáciles de asimilar. Y eso está bien, siempre y cuando sea útil. Saber que las contracciones del parto se producen cada veinte segundos es útil. Y también saber que un atleta corrió un kilómetro y medio en tres minutos y cincuenta y ocho segundos, y que por eso ganó la carrera. Pero saber concretamente cuánto tiempo tardaron en morir… Bien, eso no tiene importancia, con tal de que no fuera rápido. —Lanzó una mirada a Vincent—. Y no es que quiera criticar tu pregunta. 
—No —dijo Vincent, al que no le importaba si la criticaba o no. Vincent Reynolds tenía pocos amigos y estaba dispuesto a pasarle muchas cosas por alto a Gerald Duncan—. Era simple curiosidad. 
—Entiendo. La verdad es que no me he fijado. Pero la próxima vez lo cronometraré. 

Nota: escríbanos a contacto@librosyletras.com si desea adquirir este libro.