Con motivo de la participación de Mercedes Cebrián en el festival Benengeli 2025, organizado por el Instituto Cervantes, hemos entrevistado a la autora. El festival se realizará entre el 26 y el 30 de mayo en los cinco continentes.
Por Karen Lentini Gómez / Autora hispanovenezolana
Mercedes Cebrián, (Madrid, 1971) trasmite su preocupación por captar lo que parece inaccesible, escudriñando en la melodía que esconde el ruido y lo aparente. A través de su escritura conduce al lector a profundizar en el revés de lo cotidiano y descubrir conexiones que sin su detenimiento pasarían desapercibidas. Su mirada ayuda al lector a establecer correspondencias entre lo sonoro y lo gustativo de forma natural. Lo que para otros puede parecer irrelevante, la autora con su acuciante observación, lo convierte en un ensayo sobre la cultura, la memoria y la tradición, plasmando las «minucias infraordinarias».
Licenciada en Ciencias de la información por la Universidad Complutense de Madrid. Magister en Estudios Hispánicos por la Universidad de Pensilvania. Traductora, escritora de narrativa, poesía, ensayo, crónica, y colaboradora de suplementos y revistas.
Entre sus obras destacan Estimada clientela. Una celebración del arte de ir de compras (Siruela, 2025), Letonia hasta en la sopa (Col&Col Ediciones, 2024) Cocido y violonchelo (Literatura Random House, 2022), Muchacha de Castilla (La Bella Varsovia, 2019).
Reconocida con el Primer Premio en el Certamen de Jóvenes Creadores 2000 del Ayuntamiento de Madrid, y el Mots Passants a la mejor traducción del francés publicada en 2008 en España por Lo infraordinario de Perec.
Esta entrevista ha sido concedida con motivo de su participación en el festival Benengeli 2025, organizado por el Instituto Cervantes, y que tendrá lugar entre el 26 y el 30 de mayo en los cinco continentes. En dicho festival, Cebrián será parte de una mesa redonda que se desarrollará en Mánchester y allí compartirá diálogo con el escritor Xesús Fraga y la investigadora Rosi Song.
¿Cómo es el proceso de escritura de un cronista? ¿Sentido, palabra y pensamiento? ¿Pensamiento, sentido y palabra?
En mi caso no sabría separar el sentido del pensamiento. “Sentido” me remite a “sentir”, y ahí es donde siempre empieza todo, lo que ocurre es que al ser el lenguaje nuestra principal vía de expresión, enseguida el pensamiento actúa (empleando palabras) para poner orden en todo eso. Así que en realidad, los tres elementos se dan casi simultáneamente.
Su obra contempla la observación al detalle de espacios turísticos, comerciales y urbanos ¿Cómo llega a interesarse por estos ambientes? ¿Cree que esa minuciosidad revela algo de usted?
Yo quiero hablar principalmente del mundo que conozco, no sé si por falta de imaginación o por una necesidad de entender el contexto, tanto histórico como geográfico, en el que vivo. Así que desde siempre escribo sobre aspectos de la vida en la ciudad –que es la que más familiar me resulta–, el consumo y el viaje. Escribir de otros temas, en mi caso tendría algo de impostura, me parece. Esto me hace pensar en el director de cine Claude Chabrol, quien, cuando le preguntaban por qué aparecían tantas escenas de gente comiendo en sus películas, respondía que comer es algo que hacemos todos varias veces al día, por lo tanto, era importante hablar de ello. Algo así me pasa a mí con el consumo, la ciudad y los temas que toco en mi escritura.
¿Podría afirmar si algún autor ha transformado su manera de mirar, oler o sentir?
Muchos, pero el primer nombre que me viene a la cabeza es el de Jorge Barón Biza, un autor argentino que escribió una novela autobiográfica escalofriante titulada El desierto y su semilla. En ella habla de un rostro quemado y de su reconstrucción quirúrgica posterior y logra que los lectores imaginemos ese rostro demacrado como un paisaje. No he leído nunca nada parecido. Fue un descubrimiento esencial.
En su libro Estimada Clientela. Una celebración del arte de ir de compras, publicadoeste año por la editorial Siruela, nos encontramos con este texto:
«El paisaje sonoro se podía captar con los ojos cerrados y nos ponía en contacto con todos esos ruidos y sonidos que nos parecen una papilla auditiva sino les prestamos atención, pero que, al detenernos a escucharlos, nos ofrecen sus timbres específicos» ¿Cómo definiría ese espacio de percepción?
Lo sonoro siempre me ha cautivado particularmente, para bien y para mal, entre otras razones por ese poder que tiene para mover emociones, y también porque es casi imposible cerrar los oídos a un estímulo sonoro, sea agradable o molesto. Además, llevo toda la vida estudiando música (y seguiré, porque es el arte más difícil), con lo cual intento prestar atención a los sonidos en los que a menudo ni reparamos porque están ahí a nuestro alrededor. Por ejemplo, mientras escribo esto al ordenador suena la percusión de los dedos sobre las teclas: es un sonido o ruido que forma parte de la cotidianidad de muchos y por eso me gusta detenerme a escucharlo. Estamos demasiado abducidos por lo visual, así que creo que reparar en lo sonoro, en lo táctil, en lo gustativo y en lo olfativo es un ejercicio necesario para no atrofiar los demás sentidos.
Y también encontramos esta frase: «Un libro sobre ir de compras es un libro nostálgico» ¿Cómo se afinan los ojos para encontrar lo excepcional frente a lo que se podría percibir como frívolo?
En mi caso creo que esa manera de mirar me viene casi “de fábrica”. Siempre he tenido un sentimiento un poco trágico de la vida, como decía Unamuno. Y también un temor a caer en una especie de tedio vital del que no pudiera recuperarme. El antídoto contra eso es, para mí, mirarlo todo como si fuese nuevo, como si yo fuese una alienígena en un planeta totalmente desconocido para mí. De esa manera me salvo de caer en darlo todo por hecho y, de paso, encuentro un lugar desde donde escribir.

Leyendo Letonia hasta en la sopa pareciera que a través de la comida se puede observar lo ajeno y lo propio ¿Cree que hay cosas que solo se pueden comprender estando lejos?
Creo que cualquier aspecto relacionado con lo culinario, desde las recetas propias de una región hasta los utensilios que se emplean para comer operan como metáforas de muchas actitudes humanas, por eso me resulta particularmente pertinente emplear lo gastronómico como perspectiva desde la que observar y narrar, y más todavía cuando la experiencia tiene lugar lejos de casa, donde todo nos llama doblemente la atención.
Cocido y violonchelo es una crónica en la que se mezcla la gastronomía y la música clásica ¿Cómo ha llegado a descubrir esta correspondencia?
La música clásica se sigue interpretando hoy gracias al aprendizaje técnico de los instrumentistas, que acuden a formarse con maestros que, a su vez, se formaron con otros maestros. Digamos que una receta tradicional, por ejemplo, la del cocido madrileño o la del gazpacho andaluz, funciona como una partitura que se interpreta cada vez que se elabora y se come. Es una constante recreación de la tradición la que se da tanto en una sala de conciertos como en una mesa en la que se sirve un plato concebido hace siglos.
¿Qué función otorgan los sentidos al trabajo de traducción?
En la traducción, creo que el oído es el sentido que más ha de afinarse. Hay que estar a la caza de los posibles calcos del idioma de origen o de cacofonías y rimas no deseadas. Leer en voz alta una traducción es la prueba de fuego para ver si funciona bien.
Don DeLillo, el escritor estadounidense autor de White Noise, en una entrevista señaló que aprendió a escribir porque quería aprender a pensar.
«Escribir es una forma de pensar con un alto nivel de concentración»
¿Para usted qué papel tienen los sentidos en el proceso de pensamiento?
Estoy muy de acuerdo con DeLillo en esa afirmación. Mientras escribimos ejercitamos el músculo del pensamiento. Poner ideas, impresiones o sentimientos en palabras es un ejercicio mental y espiritual excelente. No obstante, yo a menudo sueño con ser compositora de música instrumental; de ese modo lograría traducir a sonidos y ritmos mi pensamiento. Ese altísimo nivel de abstracción cada vez me cautiva más, lo mismo que el de la pintura no figurativa, que me parece una vertiente visual del pensamiento. Pero no se me han dado todos los talentos, así que me conformo con la escritura, que no está nada mal tampoco. A mi juicio, lo que principalmente pretenden las artes es traducir lo sensorial a un lenguaje específico y generar pensamiento, sea a través de la palabra o de otros medios.
Karen Lentini Gómez
Autora hispanovenezolana (Caracas, 1979). Es licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela (UCV) y tiene un máster en Edición por la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Ha trabajado como asistente de edición de literatura infantil y juvenil (Madrid, 2012) y desde 2017 como redactora de reseñas y entrevistas a escritores en medios como 142 Revista Cultural, Iberoeconomía, Yosoylatino.es, Letralia, el Papel Literario del diario El Nacional, Prodavinci, y RevistaVenezolana.com.