A pesar de ser mundialmente reconocido por sus ingeniosas obras teatrales y su gran novela El retrato de Dorian Gray, una faceta entrañable de Oscar Wilde reside en sus cuentos infantiles. Esta reseña nos introduce a través de sus relatos más destacados como El ruiseñor y la rosa y El príncipe feliz, presentados con una cuidada traducción del poeta cubano David Chericián y las evocadoras ilustraciones del artista argentino Diego Nicoletti.
Por: Holger Bocanegra
El arte no tiene que ser útil, sólo tiene que ser
Una de las grandes figuras de la literatura universal es el irlandés Oscar Wilde, su vida privada fue demasiado llamativa para su tiempo. Es un punto determinante, ya que la biografía de éste autor es fascinante. Su familia, sus viajes, sus gustos, sus frases, sus simbolismos, su sentido del humor y hasta su crítica social, representan un punto de vista muy estudiado y valorado por quienes ven en la estética una fuente de inagotables recursos para vivir.
Precisamente por esto, y más, Panamericana Editorial ha publicado Cuentos. Oscar Wilde, una recopilación de los principales cuentos de este autor. Con la traducción del poeta colombocubano David Chericián, quien realiza un enternecedor prólogo al autor llamado “Oscar Wilde o el sufrimiento convertido en belleza”. También nos contextualiza con una cronología que nos permite comprender mejor el mundo en tiempos de Wilde, especialmente en las artes. Esta obra también cuenta con ilustraciones del argentino radicado en Colombia, Diego Nicoletti, quien le da en efecto, el aire estético visual a la obra a propósito del autor dublinés.
Inicialmente encontramos la historia de El ruiseñor y la rosa, que narra cómo un amante de la sabiduría es desdichado porque no logra tener la rosa roja con la que cree que enamoraría a su amada; “He leído todo lo que han escrito los sabios, y poseo todos los secretos de la filosofía; sin embargo, por falta de una rosa roja toda mi vida es desgraciada” (p, 16). Esta afirmación conmueve a un dedicado ruiseñor quien se sacrifica de manera desinteresada, ya que ningún sacrificio vale más que el de la vida misma, y si se hace, no puede haber ningún interés, salvo el del amor. Tal sacrificio lleva a que el joven amante consiga complacer a su amada, pero es inútil, la banalidad y superficialidad de esa mujer, mediocre, insensible e ignorante, no tiene ningún tipo de límite al no haber en ella compasión. Es una ironía, que el joven, quien debería ser un verdadero amante, al no saber del sacrificio hecho en secreto, termine enclaustrado entre libros polvorientos.
El príncipe feliz, el siguiente cuento de la obra, narra la historia de una golondrina retrasada hacia su destino, el Nilo, pero que se ve comprometida en ayudar a la estatua del príncipe de una ciudad. Estatua que está adornada lujosamente pero, no logra ser feliz. ¿Por qué? Porque tiene un lugar privilegiado para ver la miseria de los ciudadanos, de los menos favorecidos y decide entregar toda la opulencia que le acompaña para ayudar a algunos menesterosos. Al final, la golondrina y él, logran ser solidarios en pos del bienestar de los demás, so pena de su propia vida. Sólo se puede pensar en la sociedad británica de tiempos de la revolución industrial que le correspondió al autor justo en la época victoriana, donde la ostentación de unos significaba las penurias de otros.
El Gigante Egoísta es el tercer cuento de la publicación, que a modo de parábola evangélica cristiana nos habla de cómo un gigante, quien se encuentra de visita lejos de su casa, deja claro que no quiere intrusos en su jardín, porque “los intrusos serán castigados”. Cosa que resulta infructuosa, ya que unos niños logran entrar y maravillarse en el pequeño edén del gigante, quien a su regreso, logra echar a los intrusos. Lo que no esperaba, es que el invierno se quedaría permanentemente en sus terrenos y por su individualismo, la primavera no querrá visitarlo, hasta que logra darse cuenta de la clave de que su rosaleda vuelva a florecer, la amistad de los niños y su generosidad. Lo anterior hace que se arrepienta, se convierta en un ser generoso y al final pueda compartir un jardín especial llevado a él por el mismo Señor Jesucristo.
En cuarto lugar tenemos el cuento de El Cohete extraordinario, un objeto animado, que no es más que un fuego artificial, que es alistado para ser parte de una celebración de la realeza, pero que es tan soberbio, ególatra y se cree tan superior, que no importa en qué fango se encuentre, ni las críticas que reciba por su inutilidad, siempre busca la manera de que la pleitesía se le brinde a él, y aunque no es más que un petulante narcisista ciego de la realidad, vive y desaparece engañado, sin que a nadie le importe. Divinamente podríamos pensar que Wilde era un vidente sobre política colombiana, pero a veces el concepto que se tiene de uno mismo no se corresponde con el concepto real y resulta que es una opinión sobrevalorada de personas al borde de la megalomanía.
Finalmente, se nos presenta el cuento de El niño estelar, quien por azares del destino, termina siendo adoptado y posterior a eventos que lo catapultan a la cima social por su gran belleza, termina convirtiéndose en un ser horrible, casi que repulsivo, no sólo por fuera, su interior también es repugnante, ya que es una persona cruel y arrogante, cuyo supremacismo se ve reducido al descubrir su origen humilde. Es un cuento donde la redención toma protagonismo, ya que el niño estelar logra dejar a un lado el orgullo, sabiendo que hay personas que lo consideran una virtud y se convierte en alguien amable y justo.
A lo largo de esta obra, estas cinco narraciones tienen un tema en común, ¿las personas y las cosas son buenas y bellas en la medida en que resultan de alguna utilidad? Wilde nos da una clase magistral de cómo el arte puede tener una función moral y pedagógica valiéndose de una serie de cuentos con un profundo trasfondo filosófico. En el transcurso de cada cuento podemos ver la postura estética del autor, desde frases como “el romanticismo ha muerto”, “cualquier lugar que ames será el mundo para ti”, “en la buena sociedad todo mundo tiene las mismas opiniones”, que resultan ser muestras claras de que el ejercicio mordaz de Oscar Wilde, de manera satírica, habla de la sociedad de su tiempo en lo que a las artes respecta, una sociedad envanecida en su soberbia que dictaminaba lo que era útil en todos los aspectos y despreciaba lo que no se correspondía con ese criterio.
Además, las artes de su tiempo se habían envilecido, al despreciar formas diferentes de expresar la creatividad humana. Se encerraban en sus conceptos, no habían sentidos para apreciar la diferencia, sólo aburridos discursos sobre lo que debería ser: “Es uno de mis más grandes placeres. A menudo tengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que no entiendo ni una sola palabra de lo que estoy diciendo. – Entonces deberías dar conferencias de filosofía, dijo la libélula”. (p, 101).
Este ejemplar publicado por Panamericana Editorial es un recuerdo de que el placer de leer no debe representar una utilidad material, sino un deleite espiritual y qué mejor goce, que el disfrutar de una obra que nos permita extender las alas a nuevos horizontes mientras reconfortamos nuestro espíritu con las bellas notas de quienes ejemplificaron con su trascendental vida la belleza del arte y así evitemos decir: “¡Qué cosa tan tonta es el amor! No es ni la mitad de útil que la lógica”.