Por: Holger Bocanegra
Con una denuncia contundente sobre los peligros de los regímenes totalitarios, Rebelión en la granja, revela las consecuencias infames del poder, la censura, la manipulación discursiva y la subordinación de las masas, así como, los riesgos de los deseos vanos y arbitrarios disfrazados de convicciones.
Orwell o Erick, el británico o el indio, depende de donde se le mire y se le lea, es un autor influyente y muy crítico. ¿Para quién escribió? Para todos, y en los tiempos del “cambio” en Colombia, también para nuestra nación. Porque en nuestro país, pensar diferente es un pecado capital y la única opción es guardar silencio o morir, tal como lo menciona en su libro Rebelión en la granja, “El único ser humano bueno es el ser humano muerto” y recordemos que en el país del Sagrado Corazón, hay buenos muertos.
Desde la antigüedad, en varias culturas, se ha utilizado la fábula para enseñar sabiduría a los pueblos. Imaginar que en pleno siglo XX se utilizara este recurso para hacer pedagogía crítica es tan desconcertante como trivial. Tal vez quería evitar a los Squealer del mundo real, esos de los discursos buenos, bonitos y sobre todo muy baratos, que nos llevan a seguirlos ciegamente como ovejas, sino estamos preparados para pensar y sin enterarnos de que es lo que en realidad pasa.
Cada animal representa actitudes propias de los pueblos sometidos, cada personaje es un rol de la política en cualquier lugar del mundo. Porque, así como la caída del Imperio romano de occidente hace mil quinientos años, se dio en parte por la corrupción, hoy en nuestro argot popular se normaliza y hasta se dice “que robe, pero que haga”. La manera como coincide la dominación de los poderosos, sin importar su origen, el cómo se somete a un falso dilema la manera de pensar y actuar, además del fanatismo religioso y los mecanismos de propaganda, que con muy buena razón es llamada el cuarto poder, son el caldo de cultivo para una sociedad sometida a los designios de dictaduras payasas que hoy gobiernan nuestro hemisferio.
Así como en algún momento una honorable parlamentaria señaló que el “Congreso es un zoológico”, aunque no señaló qué tipo de animal era ella misma, nada podemos envidiarle a ningún otro congreso, en otro lugar o en otra fecha. Parece ser que los poderosos son de la misma especie, sin importar su localidad. Y es que el libro fue creado como una crítica a la socialista Unión Soviética de mediados del siglo XX, pero quien lo lea podría pensar que Orwell era un gran conocedor de la política colombiana del siglo XXI.

Hemos caído en la doble moral de cambiar un amo por otro, pero nos engañamos diciéndonos que somos libres. Hasta hacemos una comparación ventajosa para cauterizar nuestras conciencias. Hemos elegido con rabia, por venganza, y hemos hecho de nuestra granja llamada Colombia, un paraíso para los cerdos. Paraíso que no es precisamente el Edén, porque como le sucedió a Adán y Eva, dejaron de obedecer a uno para someterse al otro, la diferencia es que ellos reconocieron su error, y llamaron las cosas por su nombre, y de repente, no llamaron su nuevo lugar, el Edén Humano.
El autor nos relata la metamorfosis de la política. Como se es cuando se está sometido a la represión o los mecanismos disciplinarios, y el cambio súbito cuando se puede ejercer el poder. El Sr. Jones y Napoleón, representan dos caras de la misma moneda, y así como en nuestro país nos dividimos en ismos donde se antepone el apellido del caudillo de nuestra preferencia, para luego convertirlo en el gobernante de turno, esperando que la granja funcione y nos podamos refugiar en nuestro espejismo, de que somos nosotros los que elegimos y que en nosotros reside el poder.
¿Y quién sostiene todo? Esos electores, que a menudo son la clase media, los que trabajan fuerte y que con su esfuerzo sostienen el aparato burocrático del Estado, los sueldos, los lujos, los privilegios y hasta los gustos de quienes detentan el poder. ¿Cuál es su recompensa? Cifras y más cifras, donde se nos dice que bajó la inflación, el desempleo y aumentó la calidad de vida y la seguridad. Pero cada vez hay menos comida, poder adquisitivo o paz. Aunque al momento de hacer valer la premisa del artículo trece de nuestra Constitución Política, esa de que todos nacemos libres e iguales ante la ley, no aplica equitativamente para todos, así como lo expresa Orwell de manera magistral con la instrucción de que “algunos animales son más iguales que otros”.
¿Cómo puede funcionar algo así? El autor nos muestra como se endulza el oído, si se me permite el término, con demagogia y eufemismos. Es decir, cuando escuchamos que se va a eliminar la corrupción mientras se hacen prácticas nepotistas. Cuando los familiares de nuestros cerdos venden activos incautados al narcotráfico. Cuando soñamos con trenes desde el Pacífico hasta el Caribe. Cuando los medios guardan silencio con unos y “desenmascaran a otros”. En fin, es más fácil hablar de los problemas en Venezuela, viendo la paja en el ojo ajeno. Y para completar, hablan de reajustes y no de reducción, como cuando se iba a crear un nuevo Ministerio, que no había entrado en funcionamiento y ya se debía reestructurar.
Toda la incoherencia aplicada sin ningún atisbo de vergüenza. Todos los despropósitos de los gajes de ser un político (o política de acuerdo al nuevo correctismo en el lenguaje inclusivo), consumados sin sonrojarse. Aún así, vemos rampante la autocensura de quienes tiene voz y pueden hablar, también de los que no tienen los medios a disposición para plantear sus ideas, porque la represión está a la orden del día, tal como perros de granja hay quienes prestan el servicio de machacadores de ideologías.

Orwell nos presenta una obra rica en simbolismos y que nos permite una amplia gama de interpretaciones prácticas con nuestro entorno político nacional o latinoamericano. Podemos hacer un comparativo entre los políticos de La Violencia, el Frente Nacional, la década de los ochenta, los posteriores a la constitución del noventa y uno, los del nuevo milenio, todos mantienen el mismo libreto, no los podemos distinguir unos de otros, todos son de la misma especie y con los mismos intereses.
La Editorial Panamericana presenta a sus lectores, esta maravillosa obra de George Orwell, Rebelión en la granja, con una traducción cómoda y confortable de María Mercedes Correa y las ilustraciones sugestivas de Mariana Parra Ríos. Con su estremecedora y tremenda vigencia, se hace necesaria su lectura, para aportar a la crítica colectiva, y que la llamada opinión pública opine, pero con conocimiento de causa y no suceda lo que suele pasar con la llamada clase media, que somos todos, pero al final nadie.