Reseña | El gato y la ciudad, del escritor Nick Bradley

La ópera prima de Nick Bradley, experto en literatura japonesa, reúne diversos géneros literarios, como el cuento y el haiku, pasando por las temáticas de romance, terror y ciencia ficción. Las historias que al principio parecen desconectadas, se van enlazando a lo largo de las páginas de El gato y la ciudad.


Por Julián Acosta Riveros* / Editor

“Esta ciudad me come desde dentro. Es demasiado grande y demasiado fría, sin ningún sentimiento”.

Tokio mide 2194 kilómetros cuadrados: para darnos una idea, esto es más que el área de Bogotá, Medellín y Cali juntas. Se calcula que su metro mueve alrededor de siete millones de personas, lo que equivale a la población total de Bogotá desplazándose por este medio diariamente.

¿Qué es un ser humano, una persona con sus preocupaciones, sueños, locuras y aberraciones, en este contexto?

La ópera prima de Nick Bradley nos ayuda a vislumbrar una respuesta a esta incógnita fundamental por medio de una gran novela que, como todas las que se puedan calificar así, nos deja la duda de exactamente en qué género se ubica (¿es una novela larga?, ¿un libro de cuentos?, ¿por qué tiene poemas y fotos?), en la que un personaje de una historia se cruza con el de otra (la siguiente, la inicial, la final) en el metro, en una calle o en un restaurante. Es como una suerte de respuesta al anonimato y a la fugacidad del contacto humano en un contexto como el de Tokio o el de cualquier ciudad, donde el otro se convierte rápidamente en una imagen que se diluye de forma tan fugaz como la de un comercial.

La exploración estética de Bradley lo lleva a buscar el tono y la forma exacta que se adecúe a lo que vive cada personaje: narraciones en primera persona para el investigador privado atormentado por su vacío existencial, el gaijin (extranjero) que intenta comprender y compenetrarse con una cultura que admira, pero que no por ello le deja de resultar ajena; blogs para el ultranacionalista; incluso, manga para relatar la historia de un aficionado a este género que coincide con un niño en una anodina, pero reveladora, aventura con un gato (que para ellos es un gato cualquiera, pero que para nosotros es el gato que también cruza y protagoniza la novela, y del que hablaré más adelante).

Y es así que esta novela, además, se convierte en lugar de encuentro de diferentes géneros literarios, desde el cuento, hasta el haiku, pasando por las temáticas de romance, terror y ciencia ficción. Resulta también interesante cómo las historias, aparentemente dispersas y desconectadas, empiezan a resolverse en el desarrollo del libro. Pero esto es algo que el lector deberá descubrir por sí mismo.

El gato y la ciudad, edición de bolsillo, sello Books4Pocket

Volviendo a los personajes, estos se desenvuelven en la ciudad como en una gran mascarada, en la que las personas detrás de las máscaras se sienten impostoras al pensar que no pertenecen a ese lugar, a la vez que fingen y construyen un modelo de ciudadano arquetípico al que se quieren ajustar. En este sentido, Tokio podría ser, a su vez, cualquier ciudad. Sin embargo, la representación que hace Bradley ofrece un fresco en constante tensión entre lo tradicional, que acá tiene el valor de aquellas tradiciones que tienen miles de años, y lo contemporáneo, con el aspecto igualador de lo globalizante en un país del primer mundo: un país que todavía conserva las heridas de la Segunda Guerra Mundial, a la vez que se abre al futuro que, en este libro, se presenta en la forma de unos Juegos Olímpicos (Tokio 2020).

Entre tantas figuras que son la encarnación de esta tensión, valdría la pena recordar a Ohashi, un intérprete de rakugo (una suerte de predecesor medieval de lo que llamaríamos stand up comedy), quien en la época de la narración es solo un hombre sin casa, que termina siendo perseguido por quienes esconden a estas personas para que no las vean en el desarrollo de los Juegos Olímpicos. A lo largo de su historia, encontramos que intentan evangelizarlo (“El predicador había dicho, totalmente convencido, que las personas de Hiroshima y Nagasaki habían sufrido por sus pecados”), recibe ayuda de un joven que en otra historia terminará recorriendo Tokio con la chica que le gusta en búsqueda de un arcade para jugar Street Fighter Turbo II, y también pelea con un bravucón… Y esta es solo una de las tantas historias que construyen el libro.

Dichos relatos no solo hablan de la experiencia vivencial, sino también de lo lingüístico, y es aquí donde aparecen personajes interesantes, como el profesor de inglés que intenta escribir haikus o la chica gaijin que intenta verter un cuento de su autor favorito al inglés, mientras intenta comprender el intercambio vivo entre el chino y el japonés expresado en los kanji. O la historia de ese autor que termina volviéndose loco porque cree que los kanji pueden cobrar vida.  O el chico de madre coreana que sufre cierta xenofobia. Para ver la importancia de esta reflexión sobre la palabra escrita, recordemos que Roland Barthes define a Japón como “el país de la escritura”. Y justamente esa obra de Barthes titulada El imperio de los signos nos recuerda una conclusión a la que también llega una chica japonesa al intentar explicarle al profesor de inglés por qué no puede escribir un haiku: para un occidental, el haiku es un imposible, porque no puede quedarse solo con la imagen, siempre tiene que buscar el sentido. Pero esta es una discusión para otro lugar.

Al final, la ciudad es como el gato que transita por todos los relatos: es testigo de diferentes historias que se abren y se cierran, pero al final le resulta indiferente y la vida humana suele parecerle como un sueño, con personajes que le pueden resultar familiares, incluso vagamente interesantes, pero sin que por ello desarrolle un afecto especial por aquellos que pasan distraídos en su continuo transitar hacia, quizás, el olvido o el vacío:

“Tokio es un lugar en el que si uno deja de trabajar aunque sea por un segundo, la ciudad lo engulle y lo hace pasar al olvido […] La ciudad no descansa. Nunca”.

Al final, sin embargo, el narrador nos regala cierres para algunas historias y un bello final abierto para Ohashi, un final que quizás simboliza una posible redención en lo humano que aún late en el corazón de la ciudad.

Okaeri nasai. –”Bienvenido a casa”.

O quizás no simboliza nada, como lo haría para el gato que, distraído, pareciera observar con una mirada zen otro día que se acumula sobre otra noche en la gran ciudad.

El gato y la ciudad, sello Plata

*Julián Acosta Riveros. Profesional en Estudios Literarios. Universidad Nacional de Colombia