Segundo encuentro con Elmer Mendoza

No. 6.784, Bogotá, Sábado 9 de Agosto de 2014 
Segundo encuentro con Elmer Mendoza 
Por: Álvaro Castillo G., II parte. 
– Una de las virtudes que más se le alaban a tu estilo es el manejo de la oralidad. Uno lee tus textos y siente las voces agitándose. Es como si se te pudiera leer escuchándote. ¿Cómo logras eso? ¿Cómo consigues esa verosimilitud? 
– En primer lugar: haciendo ejercicios de escucha. Y en segundo: haciendo ejercicios de escucha con el propio discurso. Revisar mucho, repetir, quitar, poner palabras… en un momento dado llegó a un punto en que le pido a Leonor, a mi esposa, que me lea el texto y allí lo escucho con mucho cuidado para ver si lo he conseguido o no. Ahí puedo descubrir eventualmente si me pasé. Las revisiones son importantísimas para conseguir eso: dotar al discurso de una oralidad y que los lectores puedan compartir. 
– Aparece también nombrada una novela corta de Carlos Fuentes: Aura. ¿Qué significa la obra de Carlos Fuentes para ti? ¿Por qué Aura
Aura porque es corta, porque es un personaje joven y porque es una novela que dan a leer en las escuelas preparatorias. En una época intentaron prohibirla. Había un ministro que le parecía que no era una novela apropiada por asuntos religiosos. Eso fue como si le hubiese echado agua al árbol. Sí. Maldita la falta que le hacía a Carlos Fuentes. A todo el mundo le volvió a llamar la atención la novela. También porque Carlos Fuentes es un gran narrador mexicano y tenía que hacer que lo recordaran. Por eso decidí hacerle un pequeño homenaje en El misterio de la orquídea calavera. Reconozco que Carlos Fuentes, a pesar de que es un autor que cubre toda una época, no es un autor del que yo estuve prendido. A mí su novela que más me gusta es La muerte de Artemio Cruz, que es de las primeras. Junto a mis otros maestros mexicanos yo sí creo que él tiene un valor, no solamente aquí sino en la mayoría de los narradores mexicanos contemporáneos. 
– ¿Cuáles son tus otros maestros mexicanos? 
Juan Rulfo y Fernando del Paso. Sus obras son muy importantes en mi formación y, también, en mi búsqueda de un estilo. Haberlos leído y poderlos releer, poder imaginar lo que ellos pensaban, esa capacidad de aventurarse a escribir es algo que tengo muy presente. Con Rulfo no pude platicar. Con Fernando del Paso, sí. Es un hombre tan sencillo y tan claro, tan preciso… Aparentemente la narrativa no tiene ningún misterio… Ése es un ánimo que me agrada: “Tú ponte a escribir… Hay que leer mucho pero hay que escribir… Si no escribes no sale, no lo consigues…”. 
– En Balas de plata hay un homenaje muy bonito a Juan Rulfo, cuando el Zurdo Mendieta le consigue al hijo del jefe de técnicos criminalistas Pedro Páramo. Y escribiste una novela en honor a él. 
– Sí. Cóbraselo caro. Lo más difícil, desde luego, fue imitar la estética del maestro. Puntualmente tiene muchas cosas que las hizo él y que imitarlas es complicadísimo. Y mezclarlo con la estética de Élmer Mendoza para qué… Escribí una novela muy movida. 
– Una de las cosas que algunos críticos literarios le reprochan a tu estilo es que, según ellos, te quedas únicamente en la reproducción del habla, en un mero documento sociológico, y que debajo no hay algo más. Opinión que por supuesto no comparto. ¿Qué opinas de esto? 
– No tengo por costumbre responder nada. Se me hace curioso ese señalamiento porque mis novelas son novelas sociales. Con mucho contenido. Son obras que sirven y servirán para evaluar una época. Y, aparte de eso, está el esfuerzo estilístico que implica el asunto del lenguaje: crear personajes vivos, o vivaces, no comunes. Personajes fuera del estándar. Y para eso hay que darles vida. Y una de las maneras de hacerlo es ponerlos a hablar. Con los críticos es muy difícil construir lo que esperan. Señalan lo que yo debería escribir. No… muchísimo me cuesta escribir lo mío para lo que debería… Es una indicación que no voy a seguir. 
– Utilizaste hace un momento el término “novela social”. Es un género literario muy importante que, por decirlo de manera peyorativa, está bastante desprestigiado. Olvidado. Creo que con tu manera de contar estás reinventando y renovando este género. ¿Qué autores de este género fueron tus maestros? 
– Como lector tengo una óptica. Y me óptica es ésta: si yo leo a Borges yo encuentro. Por ejemplo, en “Hombre de la esquina rosada” yo veo cosas ahí que tienen que ver con el tejido social del Buenos Aires donde ocurre la historia. Y si me alargo un poquito pues todo lo demás. Rubem Fonseca, en Agosto, muestra cómo vivía la gente, los crímenes que había, el nivel de aplicación de la justicia… Es decir: siempre voy descubriendo qué es lo que hay ahí. Una las cosas que escuché yo de Cien años de soledad es que era una visión de la historia colombiana. Que tenía que ver con el conflicto de las bananeras. Yo viviendo en Culiacán: ¿qué es eso del conflicto de las bananeras? Toca investigar. Y me doy cuenta que ahí hay un trasfondo posible que él pudo haber pensado para escribir esa novela. No es un concepto que se haya devaluado. Lo que pasa es que el territorio donde son las nuevas novelas es distinto y tiene que ver con la corrupción de los gobiernos, con el problema de la aplicación de la justicia, con el cinismo de los políticos que nunca escuchan el impacto de sus acciones en la población, que seguimos teniendo millones de pobres en Latinoamérica, que el desempleo es catastrófico… No puede. Una novela que trate eso no puede pasar de moda. Los estilos a lo mejor se han modificado o afinado pero la temática ahí está. Si hay gentes que están conformes con la forma en que ellos viven y en el país en que viven, pues también eso es cosa de ellos. Yo como autor no puedo ver solamente las paredes de mi casa, que vivo en una casa muy bonita, preciosa… Y sé que un kilómetro más allá hay gente que necesita ayuda. Y cuando yo me salgo porque hay ciclones y eso ahí están… Mi casa nunca la asaltan. Nunca. Nosotros estamos protegidos por las razas. Por eso no podemos hacer algunos de nosotros una literatura inocente. Es una literatura que está viva, donde están los sectores que tienen problemas y los que eventualmente pudieran resolverlos también. 
– A ti te endilgan el mote de ser el “inventor de la narcoliteratura” en México. ¿Para ti qué es la narcoliteratura? 
– Pues debe ser la mía y de otros más. He creado un género que no a todo el mundo le gusta. Me hubiera gustado crear el género amoroso… Pero ya era imposible, era muy antiguo… Es un género muy intenso, muy duro. He concebido también una estética de la violencia que tiene que ver con la creación de atmósferas a partir de la interpretación de las víctimas, de los victimarios, de sus sentimientos, de los espacios donde ocurren los delitos, de la cantidad de delitos tan inmensa que hay… contar eso no es nada fácil. Y dentro de ellos está el narcotráfico. Que es una actividad que en los países donde no está hay muchísima gente que quisiera que estuviera porque genera mucho dinero negro que es inversión. Lo tienen que lavar. Y si es inversión son empresas, es trabajo… Yo creo que eso no se va a acabar aunque los gringos digan que hay que atacar y hay que dar. El mercado del vicio en los Estados Unidos es inmenso. Y las intenciones de abastecerlos por parte de las bandas de Latinoamérica pues igual están a la par. Y las rutas para llegar hasta los centros de acopio son diversas. Muy ricas. Muy interesantes algunas. Eso ahí está. Eso no es una cuestión de la literatura. Siempre es muy curioso: los que menos nos reclaman son los narcos. 
– ¿Cómo es la relación entre el escritor y ese lado de la historia del que hablas? ¿Cómo se maneja? 
– Yo creo que en lo que tiene que ver la ficción, no. Si acaso nos leyeran yo creo que no descuben nada que tenga que ver con ellos ahí. El poder de los símbolos a ellos les pasa desapercibido. Significa que no nos molestarán. Con los que sí se meten es con los periodistas o los investigadores que escriben libros donde la idea es informar una verdad. Se han publicado bastantes libros sobre eso en los últimos años. 
– Hace poco leí una novela de un periodista mexicano, Jorge Zepeda Patterson, que trata el tema del narco y, sobre todo, la corrupción estatal. Me pareció una historia muy bien contada y armada. ¿Lo has leído? 
– Sí, es una novela ubicada en Ciudad de México. Es el narcotráfico en las esferas del poder. No puedo decir que es una denuncia porque no lo es. Está muy bien tratado el tema. Ves como el vicepresidente está metido ahí hasta las cachas. Y, desde luego, la mujer hermosa es de mi tierra. 
– En algunos países de América Latina, si uno quiere intentar comprender lo que está sucediendo y por qué sucede, tiene que buscarlo y remitirse a la narrativa. ¿De dónde crees que venga esto y por qué hay que buscar esos fenómenos narrados literariamente? 
– Yo creo que es un proceso. Es un asunto de territorio narrativo. Fuentes, del Paso, Rulfo, Agustín trabajaron la realidad, su psicología. Para los que llegamos después los hechos de la realidad son tan intensos que impactan tanto a la población como a los creadores. Es imposible escapar a eso. Recuerda que mis colegas del “crack” salieron de México. Han creado una narrativa de tema no mexicano. No sé lo que hayan dicho al respecto pero estaban fastidiados de una realidad tan cruda, tan sin sentido. Pero esa realidad ahí está y muchos queremos contarla. La hemos contado y vamos a seguir contándola porque es necesario. No podemos hacer una literatura inocente. Al menos a los que nos gusta ese territorio tenemos que hacer una literatura representativa que, aunque no queremos que sean documentos sociológicos, tenga personajes vivos que se mueven ahí, que sufren, que lloran, que pierden la vida, que pierden familiares porque esos también están en la realidad. 
– Una última pregunta, Élmer, porque hay otros que quieren interrogarte. Una de las cosas que más admira un lector de un autor es cuando éste crea personajes memorables. Tú has creado personajes memorables. Los lectores le exigimos, de una u otra forma, al escritor que nos cuente más historias de esos personajes. Que cree una zaga. Uno quiere saberlo todo de ellos. ¿Vienen más historias del Zurdo Mendieta? ¿Vienen más historias de “el Capi” Garay? 
– Sí, de ambas. Yo trabajo todos los días. Aquí mismo estoy trabajando la cuarta entrega del Zurdo Mendieta. Por primera vez he concebido un bloque de novelas con “el Capi” Garay. Ésta es la primera. Ahora está en la selva. En la segunda espero mandarlo al desierto. Y la tercera esa sí no te la cuento… A lo mejor lo mando a Bogotá. 
– No estaría mal. 
– Tengo claro que tengo que escribir esas novelas. Tener series es un compromiso adicional. Es hacer una obra que no termina con una novela. Hay otra opción. Otra opción donde vuelven a aparecer los personajes de la anterior. 
– La ultimísima pregunta: ¿No genera eso una angustia en el autor? Los lectores queriendo saber más de “el Capi”, del Zurdo… De alguna forma te toca centrarte ahí y aplazar otros proyectos. ¿Cómo se maneja eso? 
– Puede llamarse angustia, claro que sí. Los lectores participan, quieren que haya algunas modificaciones que ellos desearían. Por ejemplo: todo el mundo quiere, es un problema, que el Zurdo tenga un amor fijo. Y yo no sé qué hacer… El Zurdo es así. Ahora hemos lanzado una encuesta para que el Zurdo cumpla años. Entonces tienen que proponer un signo zodiacal. No he revisado para saber cuál es el que va ganando. Están ayudándonos para hacer el cumpleaños del Zurdo Mendieta. Respetaré la opinión de los fans del Zurdo hasta donde sea posible. Hay ciertos asuntos que tienen que ver con el perfil del personaje. Eso no puede cambiar ni aunque el Zurdo volviera a nacer.

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