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Un café en Buenos Aires con Agustina Bazterrica

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Un café en Buenos Aires con Agustina Bazterrica
By Pablo Di Marco 26 de abril de 2019
  • Views: 135

Ganar el premio
Clarín fue emocionante. Sin embargo, ganar un premio no garantiza que seas buen
escritor.


Agustina Bazterrica. Foto: Alejandro Meter. Cortesía FILBo

Por: Pablo Di Marco y Jorgelina Etze
La
presencia de Agustina Bazterrica en
la actual Feria del Libro de Bogotá es una inmejorable oportunidad para que los
lectores colombianos conozcan a una de las autoras más leídas de Argentina. Y
este café fue la excusa que encontramos para conversar con Agustina no solo
sobre su novela Cadáver exquisito,
sino también sobre los efectos colaterales del éxito, sobre el peso que hay que
cargar cuando se cuestionan ciertas tradiciones, y sobre el coraje que se
precisa para ser amiga de Clarice
Lispector
.    
—Uno de los epígrafes de la novela dice: “Lo que se ve
nunca coincide con lo que se dice”, y esa idea sobrevuela toda la novela. ¿Cómo
fue el proceso de escribir
Cadáver exquisito, una novela donde Tejo, el protagonista, todo el
tiempo actúa de un modo diferente a cómo piensa?
Resultó
un proceso muy natural e intuitivo porque el común de los mortales, la mayoría
del tiempo, nos vemos obligados a actuar de modo diferente a cómo pensamos. De
lo contrario creo que estaríamos viviendo en una total anarquía. Ser un animal
social implica reprimir ciertos sentimientos, no decir lo primero que pensás
para no herir, utilizar un lenguaje que siempre es insuficiente y que como
construcción social pone límites, condiciona. En el caso puntual de Marcos,
actuar diferente a cómo piensa le sirve para sobrevivir en un mundo atroz donde
uno de los mayores tabúes de la humanidad está legitimado: el canibalismo. Y en
ese proceso mi intención es que el lector vea cómo el lenguaje encubre, oculta
el horror, coloniza nuestra moral para ir naturalizando lo impensable. Por eso
la cita al principio de la novela, porque el lenguaje es una de las vértebras
del libro. Es otro de los protagonistas.
—¿Tejo realmente piensa de un modo tan diferente a
cómo actúa?
Bueno,
eso lo tendrá que juzgar el lector y preferiría no espoilear nada. Pero, es una
pregunta interesante para hacernos a nosotros mismos. Cuanto tiempo dedicamos a
la reflexión sobre la coherencia entre lo que decimos, hacemos y creemos. ¿Cuán
lejos está nuestro hacer de nuestros valores? Inclusive como país.
Es llamativo el detalle que tiene tu novela
en cuanto a los procesos de cría y faenado de carne. Tanto que, mientras la
leía y por algunos meses, no pude ni acercarme a una carnicería. ¿Cómo fue el
proceso de investigación para escribir esos pasajes?
Sí,
hubo gente que dejó de comer carne y, según lo que me cuentan, algunos de
manera permanente. Otros leyeron la novela y después se comieron un asado. Pero
una reacción frecuente en la mayoría de los lectores es sentirse sumamente
impactados por esos pasajes. El proceso de investigación duró meses. Leí una
cantidad formidable de manuales, instructivos, textos de ficción y ensayos
sobre el tema del canibalismo, sobre el funcionamiento de la industria de la
carne y sobre los derechos de los animales. También vi películas, documentales y
videos. Esa fue la parte más dura del proceso, la que me costó abordar por la
violencia de las imágenes. Ver a un cerdo retorcerse y gritar cuando lo están
matando es desesperante. Ver cómo le sacan los picos a los pollos para que no
se picoteen entre ellos por los efectos del hacinamiento te genera una gran
impotencia. Después, cuando llegó el momento de sentarme a escribir no tuve
problemas. Ya no estaba involucrada emocionalmente con el tema porque de
estarlo no puedo escribir o pierdo el foco. Además tenía bien en claro a dónde
quería llegar, quería describir el proceso con precisión. También lo que
intenté de manera consciente, y espero haber logrado, es no escribir un
manifiesto vegano. No me interesa el fanatismo vegetariano porque creo que es
otra forma de violencia. Intenté escribir la mejor novela que podía escribir en
ese momento donde, por supuesto, hay una crítica a la industria de la carne y
una defensa a los derechos de los animales y un reclamo por construir una
cultura del respeto y del cuidado. Pero intenté no caer en el panfletismo
moral.
Tengo una sensación, casi una certeza: el
vegetariano incomoda a buena parte de la sociedad, se vuelve un fastidio, un
estorbo que con su sola presencia juzga y señala. Lo veo en mi propia familia
cuando mi esposa dice que prefiere una ensalada en lugar del asado del domingo.
¿Por qué pensás que ocurre esto?
Como
vegetariana puedo decirte que es así, uno se convierte en una suerte de paria
social. Más viviendo en un país como Argentina donde el asado es sagrado. Tanto
mi familia como amigos me hicieron bullying
cuando decidí ser vegetariana. Por supuesto fue un bullying light en la forma de chistes o de servirme una empanada de
jamón y queso alegando que el jamón no es carne o comiéndose la comida vegetariana
que yo llevaba aparte para, justamente, no molestar. Pequeñas violencias
cotidianas que parecieran innecesarias, pero creo que de alguna manera tienen
la intención de incomodar por una decisión personal que los afecta, los
incomoda. No se puede ser diferente sin pagar un costo. Es algo que hoy me
produce cierta comprensión. Lo diferente genera temor. Aunque en un principio
sentí un shock luego fue uno de los impulsos para escribir la novela.
—Es que el vegetariano, aunque no diga una palabra, cuestiona
con su solo accionar.
Exacto.
Los vegetarianos y veganos, con nuestra decisión, estamos cuestionando una
tradición muy enraizada, estamos desafiando lo que algunas personas consideran
normal. Los consumidores de carne se espejan en la decisión de los vegetarianos
y eso genera o justificaciones (“como carne solo una vez a la semana”) o
rechazo (“la zanahoria también siente y la estás matando”) o cuestionamientos
por el supuesto riesgo para la salud (“yo que vos voy a un médico, a ver si te
falta hierro”). El pensamiento crítico, de cualquier nivel, siempre genera una
resistencia descomunal. Y a la persona que cuestiona costumbres naturalizadas
pero polémicas, a esa persona hay que acallarla. Simplemente porque es minoría
y porque “no me deja comer el asado en paz”.

El pensamiento
crítico, de cualquier nivel, siempre genera una resistencia descomunal. Y a la
persona que cuestiona costumbres naturalizadas pero polémicas, a esa persona
hay que acallarla.

Cadáver
exquisito
obtuvo un premio literario de peso como es el Clarín. Tras
reconocimientos de este tipo se suele hablar mucho sobre los cambios que
suceden en el premiado, pero muy poco se habla sobre los cambios que suceden en
el entorno del premiado. Una vez superada la alegría inicial, ¿cómo lidiaste
con la avalancha de elogios y con las inevitables envidias?
Me
gustaría aclarar algunas cosas antes.
—Dale.
Ganar
el premio Clarín fue emocionante. Sin embargo, ganar un premio no garantiza que
seas buen escritor. Por lo tanto, si bien agradezco siempre los elogios, a mí
me importa el impacto que eventualmente pueda generar mi obra. Me resulta un privilegio
cuando voy a hablar a las escuelas y veo el entusiasmo que generó la lectura
del libro. Sin dudas el premio Clarín me abrió las puertas a la masividad, a
llegar a muchos lectores de mi país, pero también de España, Uruguay y de los
países en cuyas lenguas se va a traducir que ya son nueve. Por eso estoy
infinitamente agradecida. El Clarín no es el primer premio que gano. Antes de
2017 ya tenía más de treinta premios ganados, algunos de ellos prestigiosos,
como el Premio Municipal. Sin embargo, nunca me quedé con eso, ni creo que me
haya modificado como escritora. Los premios abren puertas, te dan
oportunidades, pero lo que vale de verdad es la obra. Dicho lo cual, lidiar con
las envidias y elogios no me generó conflictos. Soy solidaria con mis pares. Cuando
yo estaba luchando por publicar me alegraba de verdad por el éxito de mis
colegas por eso cuando gané el Clarín lo que primó fue una energía potente de
parte de mucha personas (varias gritaron y… ¡no eran de mi familia!). Se
alegraron de manera genuina. Por otra parte, tomo las críticas constructivas e
ignoro las mezquindades. De hecho ayer estaba chateando con un lector que me
hizo una crítica muy detallada de la novela, de muchas cosas que no le
gustaron, y fue un chat muy rico donde nos terminamos recomendando un montón de
libros. Y cuando aparecen personas tóxicas, frustradas, envidiosas (los famosos
haters) las bloqueo instantáneamente.
No pierdo ni un segundo en gente que no suma.
—Y lo bien que hacés. ¿Te sucedió la ridiculez de
encontrarte con gente que trasladó a vos o a tu novela sus diferencias con el
diario Clarín
Sí,
claro. Hay muchos fanáticos que no pueden separar lo político partidario que
Clarín representa de la apuesta por la literatura que hace el diario con este
premio. Ganadores como Claudia Piñeiro
o Pedro Mairal tuvieron acceso a
publicar en grandes editoriales y más posibilidades a la hora de construir “la
carrera del escritor”. Hoy son escritores premiados, traducidos, que resultan
fundamentales. Mirando hacia atrás yo me movía hace varios años en lo que
podríamos definir como el campo literario. Conocía gran cantidad de colegas por
el ciclo de lectura que co-organizo “Siga al conejo blanco”. Muchísimos
escritores leyeron el libro y, lo más importante, lo recomendaron y eso
contribuyó al boca a boca que, sin duda, fue un motor que permitió  que el libro ya tenga varias ediciones.
—¿El reconocimiento posterior al premio resultó un
aliciente o un obstáculo a la hora de escribir un nuevo libro?
En
realidad resultó que mi vida explotó de actividades y ferias y entrevistas y
¡no pude escribir más! El 2018 fue un año dedicado exclusivamente a promocionar
el libro y, por suerte, no paré de hacerlo. Creo que el libro y los que
apostaron por Cadáver exquisito
merecían que le dedicara todo ese tiempo. Hoy ya estoy investigando para la
próxima novela aunque los compromisos lejos de apaciguarse, siguen creciendo. Independientemente
de esta etapa puntual escribo desde antes de saber qué es ganar un premio por
lo tanto confío en mi vocación y en el placer que me genera mi trabajo para
seguir adelante.
—Vamos con la última pregunta de Un café en Buenos
Aires, Agustina. Te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a
cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería y qué pregunta le
harías.
A
Clarice Lispector. Es una autora con
una lucidez que pocas veces leí que me conmueve hasta las lágrimas, que me hace
reflexionar con cada frase, que creo que es una de las escritoras más
importantes de la literatura universal. Le preguntaría todo, como si estuviera
viva. ¿Cómo escribe, cuándo, dónde, si corrige mucho, qué lee, qué come, qué
amigos tiene, a qué escritores admira, a quiénes desprecia, cómo puede ser tan
brillante, si tuvo un gato, qué sueña? Y lo más importante ¿puedo ser tu amiga,
Clarice?
—¿Y a qué bar lo llevarías?
La
traería a Negro, esta cueva de café, atendida por Julieta y Ezequiel, los
dueños, y por Isabel, una joven
venezolana que, como ya habrás visto, hace un café delicioso.



*Entrevista publicada en la edición 97 de la Revista Libros & Letras

PABLO HERNÁN DI
MARCO
Argentina. Corrector
de estilo de cuentos y novelas. Autor de los libros libros
Las
horas derramadas
, Tríptico del desamparo, Espiral y Un café
en buenos aires. conversaciones con escritores, lectores y libreros
.