“Escribir me da la posibilidad de atesorar la memoria”
—Te propongo un repaso de tu vida lectora, Edith. ¿Cómo llegan los libros a tu vida?
Tuve la suerte de tener un padre muy lector, que encontraba en los libros un placer muy contagioso. Recuerdo el día mojón como si fuera hoy. Yo tendría once años y, mientras estaba mirando la televisión, mi papá apareció con un paquete entre las manos. Jamás me perdía el programa del profesor Gabinete y, cuando terminaba, seguía de largo con la merienda de Carozo y Narizota (creo que estoy delatando mi edad). Me es difícil borrar la escena que siguió a aquella interrupción y cómo se dirigió a mí: “Hija, cuando lo termines, me lo contás”. Lo miré con sorpresa, abrí el regalo y cuando tuve delante el libraco usado, leí su título en voz alta: “Cien años de soledad, Gabriel García Márquez”.
—Ah, arrancó con un librito tu papá.
Así es, Pablo, pavadita de libro. Le dije horrorizada que me parecía muy largo y él se hizo el que no me había escuchado; me dijo clarito que en un mes, exactamente para el día antes de mi cumpleaños, quería que lo tuviera todo leído porque me iba a tomar lección. Imaginate mi desconcierto ante la propuesta. No se discutió más: me había dejado en las manos una “guía telefónica”, con hojas amarillas, desecadas y olor a tinta vieja. Treinta días, ni uno más ni uno menos; ese era el tiempo otorgado. Rápido fui hacia mis útiles, saqué el lápiz negro de la cartuchera y me puse a hacer la cuenta: 351 páginas dividido treinta. Eso daba 11,7 por día. No era tanto, pero con letra del tamaño de cabeza de alfiler, era una enormidad. Vos pensá que, en esa época, no había mucho lugar para el reclamo ni la revisión. Entonces, ante lo inapelable de la decisión, ¿qué hice? Establecí una rutina que fue algo parecido a llevar arena a la playa. Por más que iba a poner todo de mí, presumía que nunca avanzaría como deseaba y, a la mitad del libro, ya no sabía quién era quién: si José Arcadio, si Aureliano, si Amaranta.
Te juro, Pablo, el recuerdo es tan vívido: iba y venía en el tiempo, pasaba párrafos enteros porque me dormía y luego volvía para atrás porque, al final, no había entendido nada. Lo que más me atrasaba era tener que recurrir a cada rato al diccionario, otro geronte que andaba por la casa con sus hojas arenosas y olor a humedad. Cerca de la fecha límite me di cuenta de que, si no aceleraba, no iba a llegar. Todavía recuerdo que le pregunté a mi maestra del grado, la señorita Mercedes, y a la bibliotecaria del colegio si podían contarme de qué se trataba, pero todo fue inútil: ninguna lo había leído. Y tené en cuenta que en ese momento no existía Google para preguntarle. Intenté avanzar por las noches, pero lo único que atrapaba mi concentración era el tic-tac del reloj que tenía en la mesa de luz. Creo que nunca deseé tanto que mi cumpleaños se postergara al menos dos meses más.
—Hasta que, inevitable, el día llegó
Efectivamente, el día señalado llegó. Por más que había puesto todo de mí, no pude terminar de leer y llegar al final. Hubiera necesitado cien días más de soledad y, aun así, no sé si lo hubiese logrado. Mi papá llegó del trabajo, preparó unos mates y se sentó en la reposera a descansar. Y ahí lo escuché: “Edi… vení que vamos a charlar un rato del libro que te regalé”. Tenía la esperanza de que se hubiera olvidado, pero no. Me encomendé al mismísimo demonio y aparecí ante él con cara de Santa Rita. “Bueno, hija. Contame algo que te haya llamado la atención. Me imagino que después de leer todo este libro gordo, algo te habrá gustado. Solo quiero que me digas una sola cosa y con eso será suficiente”. Una sola cosa, una sola cosa, me repetía para mis adentros.
Abrí el libro y busqué las líneas que había subrayado con lápiz, que andaban más o menos por la mitad del libraco. Leí con entonación escolar algo que tenía que ver con el destino, el camino y con algo así como unos obstáculos que no se podían evitar. Mi papá me miró y con los dedos me hizo la tenaza en el cuello que me daba cosquillas. Ahí me relajé un poco. En ese momento no alcancé a comprender la enseñanza, pero palabra más, palabra menos, la retuve en la cabeza. Me dijo que el destino no traicionaba a los viajeros que van en busca de un lugar dentro de ellos y que leer servía para darle forma a lo que aún no la tenía. Terminó de hablar, dio una pitada profunda a su cigarrillo (que fumaba a lo Cortázar) y me preguntó si quería repasar para la prueba de Matemáticas. Así son algunos comienzos.
—¡Toda una historia! Y por suerte terminó bien, porque de más está decir que ese libro terminó siendo el primero de muchos. Ahora avancemos un poco en el tiempo, y decime: ¿recordás ese primer momento, esa primera chispa en la que se te cruzó la idea de cruzar el espejo y querer escribir?
Sí, recuerdo vivamente la sensación. A partir de mi debut accidentado en las ligas mayores con Cien años de soledad, me pregunté cómo alguien era capaz de escribir así, a lo grande. Mi padre, con la sagacidad esperable, vio que la semilla había prendido y comenzó a sugerirme lecturas variadas: desde Vargas Llosa hasta Borges, pasando por Hermann Hesse, Erich Fromm, Ortega y Gasset, recalando en Lorca y Rosalía de Castro. También pasé por la época de lecturas sobre filosofía oriental. Desde el pistoletazo inicial que te comentaba en la primera pregunta, no paré de leer hasta el día de hoy (y así quiero seguir hasta el final). Un buen día pensé: esto de leer me genera tanta cosita linda que ya no es suficiente, y dije: quiero ir más allá. Y así arranqué en los talleres literarios, primero con Fernanda Trías, luego con Ariel Idez; para seguir con José María Brindisi, Mauricio Kartun, Pablo Alí y Marcelo Rubio, entre otros.
—Te interrumpo para decirte que justo la semana pasada terminé de leer Cuatro versos, el último libro del admirado Marcelo Rubio. Listo, ya lo dije, podés seguir.
Ja, ¡yo también! Librazo hermoso el de Marcelo. Te decía que tengo muy claro eso de la chispa que mencionás, Pablo, y la cual, aún hoy, me sigue encendiendo para ir más allá de mis propios límites. Riikka Pulkkinen dice que la felicidad no es más que ese sentimiento sofocante de querer traspasar uno sus propios límites. Y coincido con ella. Imaginate que, si leer es vivir por un rato la vida de otros, escribir maximiza todo. Creo que al escribir, metabolizamos circunstancias, vivencias y momentos que, de otra manera, sería difícil incorporar. Al escribir podés poner la luz sobre cosas aparentemente olvidadas, regalar aromas, gustos. Podés conmover, y eso sí que es poderoso. Y otra cosa: tal vez no escribir algo sea una forma de olvido, y eso no entra en mis planes. Creo fuerte que este oficio nos da la posibilidad de atesorar la memoria.
—¿Y cómo evolucionaron esos primeros escritos a tu novela Los puentes no son lugares seguros?
Todo fue muy natural, porque siempre me rondó la idea de escribir esta novela. Tenía en mi cabeza un acopio de materiales con aura y, si bien tuve que hacer un estudio de campo previo, luego, en el marco del taller al que asistía, los capítulos fueron apareciendo. Después vino la pandemia y ahí terminé de darle la forma final. Es una novela que me encantó escribir, que echa mano de otros lenguajes, otras sensibilidades y otros códigos. Como dijo José María Brindisi en la contraportada que hizo para el libro: “Quizá pueda leerse desde esa perspectiva el modo en que Maribel y Carlos llegan a nosotros, es decir, a esta novela: ella y su amor por el cine, por sus utopías melancólicas, y él, rindiéndose al desgarro y a la tristeza antes que al vacío, en esos boleros que parecen abarcar tanto que no existe nada que les sea ajeno”. Enfrentar la idea de escribir una novela es como una batalla —bella, pero batalla al fin— y, en este caso, fue un hermoso escarceo amoroso.
—Publicar te permite descubrir facetas del mundo del libro que un lector no conoce. ¿En qué te sorprendió para bien y para mal el mundo del libro?
El camino del escritor no es fácil, lo sabemos. Como una vez escuché por ahí: escribir es humano, pero publicar es un milagro. Y eso creo que es lo más complicado: tener tu manuscrito listo y comenzar a presentarlo en editoriales, donde recibís muchos “no” y muchas excusas armadas para dejarte conforme. En este mundo del libro hay que estar preparado para dos cosas: primero, para hacer frente al hastío de volver a reformular un texto, y segundo, para aceptar el fracaso y los “no” como una moneda corriente en el mundo editorial.
En cuanto al primero, debemos tener claro —como decía mi maestro Kartun— que el error siempre es una alternativa al acierto; y con respecto al segundo, si hay algo que genéticamente los escritores llevamos con nosotros, eso es el empeño. Recurramos a él, entonces.
—¿Y qué te sorprendió para bien?
¿Sabés qué? Creo que tiene que ver con la energía. Gozar, imaginar, pensar, escribir, reescribir, jugar con el “no límite” y con las emociones no puede quedar en nuestra propia caverna: eso es energía estancada. Dar el primer paso con una publicación es salir a la cancha y comenzar a jugar desde otro lugar. En mi caso, me posibilitó crecer y conocer mucha gente del medio que hoy día son amigos, como es tu caso, querido Pablo. La literatura nos encontró.
—En este yeite hay que tener el cuero duro, pero seguro que lo luminoso se impone. Y como bien señalás, la escritura y la literatura suelen funcionar como puente entre personas de sensibilidades similares. Pero sigamos adelante con tu historia, porque no te alcanzó con lanzarte a la escritura, después te subiste a un lío aún más grande: tener tu propia editorial. Ya me contaste qué te lanzó a escribir, ahora contame qué te lanzó a querer ser editora.
Efectivamente, formo parte de un equipo de profesionales muy power con quienes llevamos adelante Flanelle Editora, esta nueva editorial independiente y autogestiva focalizada en cuentos y novelas.
Vengo de la rama del Derecho, soy traductora pública y hace un tiempo que estoy formándome como lectora editorial y editora. Esto hizo que, junto a la diseñadora Rocío Borlenghi, surgiera la idea de iniciar un proyecto editorial para publicar a autores y autoras que poseen materiales muy interesantes. Es un hermoso trabajo que me reconforta mucho.

—Estar al frente de una editorial es hacer un curso acelerado de infinidad de cuestiones vinculadas a un caleidoscopio de áreas que van de lo creativo a lo comercial. ¿Cuál fue tu mayor aprendizaje en este tiempo?
Todo, Pablo. Con el equipo aprendemos todos los días. Nos corregimos, nos sugerimos, consultamos, crecemos, descubrimos. Son muchas las cuestiones a tener en cuenta: las formales y las de relación. Tratamos de poner el acento en trabajar muy cerca de los autores para que se sientan acompañados en todo el proceso. Disfrutamos mucho el camino que va desde el primer contacto hasta el libro publicado y todo lo que eso implica.
—Hablame de los futuros pasos de Flanelle
Como bien sabés, desde Flanelle organizamos talleres de lectura. Este año lo hemos dedicado íntegramente a Jorge Luis Borges y tenemos el honor de tener a cargo de ellos al profesor Lucas Adur, quien viene de publicar recientemente la biografía de Borges en España. Seguramente el año que viene continuemos con los talleres, porque son espacios de encuentro muy fructíferos. Y la noticia linda para terminar este año es que en unos poquitos días sale el segundo título de Flanelle: un libro de cuentos de Gabriela Buscemi, autora sólida y con una prosa de gran calidad. Cuentos donde sus protagonistas cortan y pegan como si estuvieran editando una película. Son relatos que encierran estallidos, realidades que coquetean con el abismo. Al decir de José María Brindisi, son cuentos de mujeres que intentan asomar la cabeza, tratando de encontrar un mapa en medio de las ruinas; y todo ello con una única certeza: que en nuestras vidas no hay espacio, justamente, para certeza alguna. La idea es que, luego de la presentación en Buenos Aires, el libro tenga su recorrido en España.
—Estaremos muy pendientes de los próximos pasos de Flanelle. Y ahora vamos con la última, Edith: Te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería y a qué bar lo llevarías.
Sin dudas sería un escritor, y elijo a Julio Cortázar. Lo llevaría muy cerca de mi casa, a un bar notable llamado Montecarlo. Este bar-cafetería abrió sus puertas en 1922, y cuenta la historia que era el lugar preferido del Che Guevara en los tiempos donde trabajaba por el barrio. Con la pandemia cerró sus puertas y luego reabrió aggiornado, pero sin perder su esencia. Imagino que, mientras lo espero sentada en las sillas de madera y cuerina granate originales, miro el piso original en damero y, cuando Julio llegue, pediré mi café con leche en las tazas monumentales del lugar, las más grandes de la ciudad, de casi medio litro. La charla será muy larga.
—Ya que estamos con el buen Julio saquémosle un poco de jugo. ¿Qué pregunta le harías?
Le preguntaría, entre otras cosas, en qué nave extraterrestre vino, de qué planeta, cómo conoció y adoptó a Flanelle y, una vez terminado mi tazón, le diría: “Julito, volvé, dale, vos podés”.
Quienes quieran saber más de Edith Testa están invitados a leer Los puentes no son lugares seguros, publicado por Larría Ediciones.