Reseña | Principio de Karenina, la novela de Afonso Cruz

Esta no es una historia de finales felices convencionales, sino una exploración honesta y conmovedora de cómo el dolor y la memoria nos definen. En esta obra el escritor portugués Afonso Cruz nos recuerda que, a pesar de las heridas, la vida continúa y siempre hay una oportunidad para la redención.


Por: Mauricio Palomo Riaño / Profesor de Literatura y Escritor

Vencer el miedo nunca fue tan necesario

Yo sería muy infeliz en un mundo feliz. Ella sería feliz en cualquier mundo. Así empieza Principio de Karenina, la novela publicada por Panamericana Editorial, del autor Afonso Cruz, y, es entonces, cuando uno confirma el viejo enunciado de Poe, aquel que dice que desde el inicio hay que tomar al lector por las solapas y sostenerlo hasta el cabezazo final. Con un inicio de estas características es imposible no seguir con la historia. Más adelante uno descubrirá que más allá del inicio esta novela tiene un valor agregado; leerla desde la necesidad de salvarnos. Con estos dos elementos ya la provocación está dada.

Las palabras de un padre que condicionan al hijo: el miedo al exterior. Una madre pegada al discurso del temor y que, no obstante, busca estrategias para tener comunión con ese mundo de afuera. Los traumas de familia trasvasados en las descendencias; la comida, la distancia, la tristeza. Y otra vez el maldito miedo, deberíamos despojarnos de vez en cuando de él para entender el mundo de maneras más armoniosas y menos impostadas. El miedo no te hace obrar y esa es la constante en toda la novela de Cruz. La vida nos pasa de largo si nos quedamos quietos, es nuestro deber movernos por ella, no quedarnos plantados para ver qué hace con nosotros.

Es un bofetón simbólico para aquellos que no se mueven y, sin embargo, se atreven a hablar de inmigrantes como si se les infectara la boca. La evocación a Lord Dusany que siempre escribió con la seguridad de un más allá que aquí consideramos inconcebible, quedándonos con la única arma que tenemos, la terquedad de un sueño, un sueño que si no se lucha para consumarse no será, como mejor lo dijera Goethe en su Fausto: la esperanza como el mal de los conformes. De a poco con el amor pasa como cuando subes a la terraza, no subes los escalones de a cinco, vas uno por uno, así ya quieras estar arriba, aunque no siempre funcione.

Ver morir a una madre mientras te aproximas al amor, y cuántas veces no nos damos cuenta que es el verdadero amor, el de la madre, el que se nos está muriendo, nunca vemos lo que en realidad sufren ellas por mantenernos la felicidad. Mi mamá es un regalo diario que siempre le agradezco al cielo, y novelas como la de Afonso confirman ese afecto profundo e imperecedero.

La prosa en esta novela está salpicada de poesía: Naciste y el mundo tiene sentido sin yo saberlo… El amor se parte como las hojas secas… La piel que se toca con amor queda herida para siempre… Los hermanos del contraste, Epimeteo y Prometeo, es casi una totalidad la maestría con el lenguaje; la descripción del beso cuando se hace irremediable, las costuras del cielo, el arcoíris, ese estar unidos entre sí, unas imágenes hermosas y dolorosas a la par, como lectores anhelaremos con el alma que jamás se nos muera mamá y, si esa acción terrible ya ha acaecido servirá para recordarla con toda la hondura del espíritu. Hermosos fragmentos que se tejen con lo que solamente pasa en nuestra imaginación, ¿por qué nos cuesta hacer realidad siempre lo que queremos?

Los giros narrativos nos hacen entender la novela como una larga misiva a la hija que te sacrifica inconscientemente. La muerte te hace la antesala, te toma donde siempre lo ha tenido planeado. Hacer verosímil algo inverosímil, lo hace posible la realidad de la geografía en la que ocurre la historia, el cambio no deja de ser brusco, un giro que te saca de la zona de confort, increíble, la cima y el abismo, las rupturas y las uniones están en la novela como la montaña rusa, existen fragmentos que sobrecogen hondamente.

Principio de Karenina es una novela que toca con fuerza el alma, apunta a la interioridad, a todo lo que nos subyace entre la sangre, más allá de la piel, una lectura desde lo ontológico, desde las relaciones familiares, padres e hijos, modos de habitar el mundo que se heredan, lo que muchas veces no develamos, el miedo atenazando y ganando, un día estaremos viejos y habremos olvidado para siempre el infinitivo vivir, debemos seguirlo conjugando ahora mismo, todavía tenemos la sintaxis.