Semblanza de Jorge Valderrama Restrepo

No. 5.949, Bogotá, Miércoles 15 de Febrero del 2012 

El precepto ético más simple y corto es ser servido lo menos posible, y servir a los otros tanto como sea posible. 
León Tolstoi 

Semblanza de Jorge Valderrama Restrepo 

Por: Antonio Acevedo L. 

Jorge Valderrama Restrepo había nacido en Ibagué, Tolima un 7 de Febrero de 1944 y murió en su casa de San Juan de Girón, cuando se detuvo su corazón el amanecer de un 4 de Febrero de 2002, y ya había terminado el estruendo de los fuegos artificiales en todo el mundo por el advenimiento del nuevo milenio. Tenía cincuenta y ocho años y como un hombre del siglo XX había estado en París, siguiendo los pasos de una mujer de la que estaba enamorado y que escribiría de ese viaje la novela, El barco enamorado en busca de la ciudad perdida, y en donde realizó cursos de sociología y antropología en la Sorbona, en los convulsionados y heroicos años sesenta, y ejerció también en el París de su juventud, la cátedra como profesor de francés y civilización francesa. Allí junto a escritores latinoamericanos fue cofundador de la revista, Margen, que le da la oportunidad de conocer a Carlos Fuentes, Miguel Ángel Asturias, Mario Benedetti, Rafael Alberti y muchos otros escritores, y ser más tarde su corresponsal, experiencia vivida que traería a Colombia en donde fundaría en los años setenta el suplemento literario Vanguardia Dominical, de Vanguardia Liberal que tuvo la colaboración de textos literarios de sus amigos escritores conocidos en París y en Colombia. 

Realizó estudios de filosofía y sociología en la Universidad Nacional y en la Universidad Cooperativa de Colombia, respectivamente, y estudios de especialización en docencia universitaria en la Universidad Autónoma de Bucaramanga y como sociólogo titulado ejerció la cátedra universitaria paralelo a su actividad como funcionario público del sector cultural, en la Biblioteca Pública Municipal de la que fue fundador y en la que fue su primer director, y también en la Emisora Cultural Luis Carlos Galán, en donde era director a la hora de su muerte. El diseño arquitectónico de la Biblioteca Gabriel Turbay es una alegoría del cuento de Borges, La Torre de Babel que él ideó que se diseñara de esa manera. Tuvo hijos; Natalia, Nicolás y Jorge Andrés, como escribió novelas, cuentos y poemas y seguramente plantó un árbol. 

La escritura era su pasión literaria por excelencia, columnista en la prensa local y nacional, los temas de la cultura y la literatura fueron siempre sus tópicos de reflexión. Con su complicidad desde la dirección de la Biblioteca Gabriel Turbay cuando era una casona blanca, se fundó la revista literaria El Gran Burundún- Burundá del Grupo de Trabajadores de la Cultura, Jorge Zalamea Borda, que “agenció concursos de cuentos, talleres literarios, tertulias entusiastas y una cuasi bohemia que agitó el medio, provincianamente” como lo señaló uno de sus miembros, Serafín Martínez, e invitaba también en su nueva sede a los pintores, poetas y escritores de la ciudad a sus programas de radio y a las tertulias literarias que auspiciaba con una sonrisa de humo de pipa con la que siempre recibía a los amigos y a los que ofrecía un tinto y el placer de una conversación en su oficina. 

Lector y escritor precoz había comenzado como todos leyendo cómics: “Roldán El Temerario”, “Pepita”, “Aguilucho”, “Trucutú”. A los catorce años había leído El Decamerón de Boccaccio y en el ejercicio prematuro de escribir versos cometió poesía y publicó en 1964 un libro de poemas, Invocación de sangre que había terminado a los dieciocho años, y desde entonces no volvería a publicar libro alguno. Aquella experiencia editorial sin embargo, lo hace tomar conciencia de que “escribir no es fundamentalmente una labor cuyo destino más inmediato deba ser el editorial” porque “si un escritor comienza escribiendo para el éxito termina por olvidar que tenía que escribir para la literatura”. El hombre sin atributos de Robert Musil, será el paradigma del oficio del escritor y conservará su pasión secreta por la escritura, aunque siempre hablaba con sus amigos de las novelas que estaba escribiendo: Breviario de la porquería vivida, La llegada de la señorita Marquí al país del roscón, Memorias retorcidas de Culino Másmela, Los cachones y el bello amor, etc., obras que permanecen inéditas en espera que se publiquen algún día. Un humor corrosivo del poder y un amor erótico desinhibido son dos de los rasgos literarios que contienen sus novelas y cuentos. Una narrativa experimental, automática y de enumeración caótica que exploró en sus textos como consecuencia también de una experiencia leída en los grandes escritores de la literatura universal y en los decorados y en los giros del lenguaje popular. 

Critico mordaz de la literatura colombiana, como en Para matar el tiempo de Eligio García, supo también reconocer los atributos literarios de los escritores que se iniciaban en la narrativa, como en Los parientes de Ester de Luis Fayad o en el ámbito latinoamericano, en La Habana para un infante difunto de Guillermo Cabrera Infante. Como jurado calificador en los concursos literarios (en el que tuve la oportunidad de compartir en el Primer Concurso Metropolitano de Poesía, “Gustavo Cote Uribe” en 1999, organizado por el Instituto Municipal de Cultura junto con el poeta José Ortega Moreno) también ejerció a lo largo y ancho del país su sentido de la critica, en la que expresaba que “los concursos literarios se parecen a las loterías. Son juegos al azar, donde al dado de lo conocido, intervienen fuerzas desconocidas y hasta misteriosas como si hubiera una mano fantasmal que entre bastidores moviera las ruedas de la fortuna o la desgracia,” pero sin embargo, reconocía que los concursos literarios eran “tan importantes y necesarios como ganarse la lotería de verdad o vivir amando la esperanza”, como decía citando a Borges, que decía que los concursos literarios “se dirigen a la esperanza, una de las facultades del hombre”( Vanguardia Dominical,1980). 

Ejerció igualmente desde su columna “Bosques de árboles blancos” (Vanguardia Dominical, 1981) una defensa del oficio del escritor, en la que señalaba “ese desierto del Sahara que es la remuneración del trabajo literario en Colombia,” denunciando las trampas que a veces existen en los concursos literarios con respecto al pago de los derechos de autor, defensa que consideraba como “un deber de limpieza y justicia”, cuando se le quiso escamotear a Manuel Giraldo Magil con su novela Concierto del desconcierto, los derechos de autor por parte de la editorial Plaza & Janés. Otros temas en sus columnas celebraban los ochenta años del poeta colombo-mexicano Germán Pardo García, donde reivindicaba su extensa y olvidada obra poética en Colombia, la filosofía; sus interrogantes y enseñanza, la esclavitud entre los hombres, la forma de la tierra, y la vida y la obra de Federico García Lorca, etc. 

Su actividad como gestor cultural no ha llegado a tener en la ciudad un referente de comparación, tal vez porque llegó en un momento en que estaba todo por hacer en el ámbito de la cultura, como fundar una biblioteca pública, una emisora cultural y un suplemento literario, pero ese fue su valioso aporte cultural a la ciudad, que está en mora que una institución de igual índole lleve su nombre. La enorme biblioteca personal de más de 8.7000 libros que dejó, serviría como la “primera piedra” para la creación de una fundación o biblioteca que recuerde su nombre y la obra de un tolimense que llegó un día a estas tierras santandereanas y que amó como la suya propia. Debería rendírsele de esta manera un homenaje a un hombre que contribuyó a la cultura en Santander. Tuve la alegría de ser muchas veces invitado a su programa radial “Voz Viva” y “Letras” a leer mi poesía y realizar la presentación de una selección de poetas santandereanos publicados en el libro, Sociedad de los poetas e igualmente a su programa “Invitado de Honor” y “El Jinete azul”, a una entrevista sobre mi trabajo poético, y en esas circunstancias conversar con el hombre que tenía el espíritu de los libros que había leído, y recibir su solidario y generoso apoyo por la causa de la poesía. Esta semblanza de Jorge Valderrama Restrepo, a diez años de su muerte, es también en memoria a ese amor que despertó entre las muchachas universitarias que lo hicieron soñar en sus últimos días. 

Elegía 
A Jorge Valderrama R 

No nos dejaste 
una tumba 
a donde ir a llevarte flores 
y seguramente tus cenizas 
fueron arrojadas al mar 
o esparcidas en algún lugar 
de la tierra en donde 
viviste de niño o amaste 
a una mujer de pelo largo 
o construiste un sueño lleno de libros 

No nos dejaste 
una tumba 
a donde ir a visitarte 
de vez en cuando bajo la lluvia 
pero están tus poemas de amor 
en el corazón de alguna 
muchacha o esa biblioteca 
enorme que será la 
prolongación de tu memoria.

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