Un café en Buenos Aires con Claudia Cortalezzi

No. 6.824, Bogotá, Jueves 18 de Septiembre de 2014 

Un café en Buenos Aires con Claudia Cortalezzi 


Por: Pedro H. Di Marco

Un libro de cuentos escrito “a diez manos” por cinco mujeres talentosas. 

Si estuviese al frente de una editorial la idea despertaría mi interés. Pero la literatura no es -o no debiera ser- marketing. La literatura es riesgo, forma y contenido. Y a poco de comenzar la lectura de Cinco mujeres y otra cosa me di cuenta que Editorial La Letra Eme volvió a arriesgar, y también a acertar. Cinco mujeres… es un libro contundente que, a pesar de su agilidad y frescura, jamás pierde profundidad; es un libro de alta calidad en el que resaltan por lo menos tres cuentos memorables, dignos de cualquier gran antología -no los voy a nombrar, que sea el lector quien los descubra-. 

La semana pasada Cinco mujeres y otra cosa se presentó en la Biblioteca Julio Cortázar de Buenos Aires. Las cinco autoras -Paula Jansen, Gladis López Riquert, Victoria Fargas, Alejandra D’Atri y Claudia Cortalezzi- les contaron a una multitud de lectores los secretos de escribir ficción en equipo. Al día siguiente de la presentación tuve la suerte de compartir un café con la adorable Claudia Cortalezzi para hablar de lo que más nos apasiona. 

- ¿Cómo surge la idea de escribir un libro de cuentos entre cinco mujeres? 
- Cinco mujeres y otra cosa se gestó hace algunos años, una tarde de café, después del taller de Marcelo di Marco. Cinco amigas escritoras -Alejandra D’Atri, Paula Jansen, Victoria Fargas, Gladis Lopez Riquert y yo- nos propusimos armar un libro con tres cuentos de cada una. Y votamos los textos que más nos gustaban de las demás, los que considerábamos más logrados. Claro que ese fue el proyecto original; más tarde, decidimos completarlo con un cuento escrito entre las cinco: a diez manos. 

- ¿Cómo fue el proceso de creación, escritura y corrección de ese cuento escrito “a diez manos”? 
- Gladis aportó la idea inicial, y las demás fuimos sumando algo a aquella idea, hasta que compusimos el esqueleto. Después trabajamos muy duro, durante meses y meses. Y, una vez terminado, lo titulamos “Otra cosa”. De ahí, el nombre del libro. 

Con lo de trabajar duro me refiero a que nos arremangamos y usamos las herramientas y los recursos literarios que necesitaba el texto. A que pensamos en las escenas, en los personajes, en la historia, y no en nosotras mismas. Así fue como creamos los personajes, cortamos lo que sobraba y bordamos las partes que necesitaban relieve. 

- ¿Tienen pensado repetir la experiencia? 
- Siempre surge la idea de repetirla. Llegamos a pensar que podríamos escribir una novela entre todas. Pero, por ahora, nos concentramos en este libro, en disfrutarlo y promocionarlo. 

- Sos cofundadora de La Abadía de Carfax. Contale a nuestros lectores qué se esconde detrás de ese nombre tan sugestivo. 
- Los que hayan leído a Stoker recordarán que La Abadía de Carfax era el escondite del conde Drácula. Nuestro nombre es un homenaje a Stoker y su novela. La Abadía de Carfax nació en 2005, cuando Marcelo di Marco seleccionó un grupo de gente formada en su taller -un grupo de elite, dice él- para integrar este círculo de escritores de horror y fantasía. A todos nos fascina el género fantástico, más precisamente el terror. Y por ahí van los cuentos de Carfax. Yo tuve el honor de antologar Cuentos de la Abadía de Carfax 3, que se editó en 2012. A los amantes del miedo, les cuento que pronto estará en la calle la cuarta antología. 

- También coordinás talleres de corrección literaria. Se suele decir que una de las principales falencias que tienen quienes aspiran a ser escritores es que leen poco y nada. ¿Es así? 
- La mayoría de los talleres se limitan a la parte creativa: los coordinadores dan ejercicios, leen lo escrito por sus talleristas y dicen si “les gusta” o no. Pero la cosa no pasa por ahí, la literatura va por otro lado. Lo que importa no es si me gusta a mí como coordinadora, sino que el texto funcione. Son pocos los talleres donde se enseña eso, y menos aún los talleres donde se enseña la autocorrección. 

Como vos decís, mucha gente que quiere escribir no lee. Un buen coordinador debe ayudar a que los talleristas aprendan de sus errores, a que se familiaricen con los recursos literarios. Debe dar las herramientas para detectar lo que sirve a la historia y lo que deben eliminar para dar más fuerza al texto. Y también debe recomendar lecturas y enseñar cómo lee un escritor, a qué prestar atención en lo que escribieron otros. 

- Nombrame los últimos tres libros que te conmovieron. 
- Hay un libro que leo cada tanto, y siempre me conmueve: Sub terra de Baldomero Lillo. Los otros dos son de lecturas más recientes: Papá Goriot de Honoré de Balzac; y Anatomía humana de Carlos Chernov

- Vamos con las dos últimas y clásicas preguntas de Un café en Buenos Aires, Claudia: alguna vez Vargas Llosa dijo que el día más triste de su vida fue cuando Jean Valjean murió en Los miserables. ¿Cuál fue el día más feliz de tu vida? 
- Coincido con Vargas Llosa con lo de la muerte de Jean Valjean. Creo que nadie que haya leído esa novela de Víctor Hugo podrá olvidar esa escena. Recuerdo dos momentos de enorme felicidad como lectora. Uno, el final de It; otro, el final de Moby Dick

- Te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería, a qué bar lo llevarías, y qué pregunta le harías. 
- Invitaría a Stephen King al Piacere de Palermo Soho -ahí donde me reúno con escritores y hasta doy talleres- y le haría esas preguntas que él ha contestado en sus prólogos y ensayos, solo para que me las responda a mí. Y le preguntaría qué está escribiendo, y después me comería las uñas esperando a que lo editen. 

Por suerte para sus lectores, Claudia no se detiene. Más allá de ser autora de la novela Una simple palabra (editorial Andrómeda, 2010), de ser cofundadora de La Abadía de Carfax y coautora de Cinco mujeres y otra cosa, este año publicará su esperada nueva novela: Luz de Catáfila. Estamos avisados.

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