José Luis Díaz-Granados en sus 70

No. 7448 Bogotá, Martes 21 de Junio de 2016 


Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra



Por: Álvaro Castillo Granada / Bogotá.


No importa que nos separen 23 años de distancia. Tú naciste en 1946, yo en 1969.

Tampoco el que te haya conocido cuando recién había cumplido los 19. Por lo general no es aconsejable hacer cuentas cronológicas: el descubrir el haber nacido antes o después de tiempo (¿Pero cuál tiempo?, me pregunto. El que no pudimos, el que no podremos compartir, te respondo) nos humedece un poco el alma. Sobre todo cuando se trata de la amistad o el amor.

En este caso nunca ha importado porque desde que nos encontramos no hemos dejado de hablar y, lo más importante, de reírnos de nosotros mismos. Esto sólo se logra cuando las personas se encuentran cuando son muy pequeñas y van creciendo juntas y no hay nada que ocultar ni aparentar porque ya todo está dicho y hecho y lo demás sobra y no hay pa´qué. En este caso, el nuestro, querido José Luis, el tiempo que nos separa se ha contraído y nos ha permitido ser contemporáneos.

¿Cuánto podemos decir que hemos vivido desde aquel lejano 1988 cuando coincidimos en una casona del barrio Teusaquillo? Los dos lo recordamos perfectamente. El tiempo ha pasado por nosotros implacable: tu pelo negro se ha ido convirtiendo en cenizo. El mío desapareció. Nos encontramos en la Casa de la Cultura (llamémosla así para poder imaginárnosla) de un país que ya no existe: la República Democrática Alemana. Estabas dando una serie de conferencias sobre la vida y la obra de Pablo Neruda. Nerudómano yo también descubrí esta noticia en un periódico. Y fui a todas. Era el primero en llegar y casi el último en irme. Sentado atrás, en la última fila, como acostumbro siempre.

Lo primero que me asombró fue tu prodigiosa memoria: te acordabas de todo. Y hay que escucharlo con mayúsculas enfáticas y con un punto final: TODO. Lo segundo fue que supieras tanto, pero tanto, sobre la vida de Pablo Neruda y lo contaras como si estuvieras en el patio de recreo del colegio, en un café rodeado de conversantes o en un bar acompañado de tus amigotes: con toda la naturalidad del caso, como si lo que estuvieras contando lo supiéramos todos y como si fuera, al mismo tiempo, lo más obvio e importante del mundo. La vida de Pablo Neruda se volvió un cuento de nunca acabar porque cada historia suscitaba otra y la posibilidad de irse por las ramas era constante. Algo así como si cada hoja del árbol correspondiera a un cuento y tuviéramos todo el tiempo del mundo para contarlas todas.

En algún momento, casi al final de una de estas charlas, ante la pregunta de un asistente, dijiste que el libro de memorias de Matilde Urrutia aún no había salido. Y yo sentí que por fin podría decirte algo porque ese libro sí había salido, yo lo tenía, y ese dato, esa posesión, se convirtió en la llave que abrió la puerta de una amistad que nunca ha cesado. No se ha detenido. Me acerqué y te dije que ya había salido y que yo lo tenía. Te asombraste ante la noticia y, creo, de que un joven tan tímido te hablara de Neruda con la misma familiaridad que tú.

Como todas las amistades nacidas en la infancia, esas que nos acompañan como un santo y seña, el tiempo de los encuentros borra los desencuentros: de esta manera vivimos en un eterno presente. Una presencia constante. El libro lo había conseguido hacia poco: Mi vida junto a Pablo Neruda estaba esperándome, guardado en una vitrina con llave, en una librería de Quito cuyo nombre no recuerdo. Estaba en el centro que eso es lo mismo que decir todo y nada. Cuando lo vi intenté abrir la vitrina desesperadamente. ¡Ahí estaba! Pero encerrado. Supe de él por radio una tarde cuando iba en buseta para mi casa. Lo anunciaron como gran novedad. Me bajé inmediatamente y entré a una librería con nombre de figura mitológica griega. Ingenuo como era le pregunté a la librera: ¿Buenas tardes, tiene Mi vida junto a Pablo Neruda de Matilde Urrutia? Ese libro no existe, me respondió con una suficiencia que me hizo para siempre desconfiar de los libreros que creen se las saben todas.

Tú no dijiste que no existía sino que no había salido. En ese matiz estaba todo encerrado: abrías la posibilidad. Me abrieron la vitrina y pagué el libro sin pedir rebaja alguna (cosa más rara…) cuando me dijeron que había un solo ejemplar. Feliz me fui con él y lo devoré esa noche en el hotel. Aún me acompaña. Al otro día lo llevé a la charla y te lo mostré. Y reaccionaste con la misma emoción que yo: lo abriste queriendo leerlo en ese momento e hiciste una cosa que me marcó de por vida: se lo mostraste a los que te rodeaban y me presentaste como si yo fuera uno más, no un desconocido, sino uno más de todos. Que es en el fondo lo que pretendemos ser. ¿O no, compañero?

Fue ese el momento en que nació nuestra amistad como la que nace entre dos niños que se encuentran y reconocen en el colegio sin importar las distancias ni las diferencias. Se miran a los ojos como iguales y deciden andar, haciendo de la vida un cuento de dos en el que lo fundamental es compartir sin que la seriedad pueda entrar en ella: se conocen y se ríen de sí mismos porque no hay nada que esconderse y no hay nada más entrañable que una sonrisa común. Esta clave que con sólo ser tocada desata lo mejor que tenemos dentro.

Después supe que eras el autor de la letra de una canción que es/fue el himno de amor de muchos: Alba, “mi pulsera loca”, y de una obra poética y narrativa que no cesaba de crecer. De eso he sido y soy testigo de excepción. Privilegiado. Y el padre de un muchacho al que le recomendé un libro de Neruda, La espada encendida, que se transformó en un excelente poeta y gestor cultural y, lo que es más importante, en un hermano: Federico. Y ya tú sabes lo que queremos decir en cubano cuando decimos esta palabra, hermano.

“Y desde entonces los años”, escribió un poeta cuya obra me ha acompañado toda la vida: Mario Benedetti. Sí, desde entonces hemos recorrido mucho tiempo juntos, ya no como el jovencito que se acerca al maestro, sino como dos compañeros que se encuentran para compartir “los días que uno tras otro son la vida”, como sólo pudo escribir Aurelio Arturo. Alegrías, tristezas, acuerdos, desacuerdos, triunfos, derrotas, ausencias, presencias, han transcurrido en medio de nosotros durante 28 años. Es más ya ahora el tiempo que hemos compartido que el que nos separa.

Escribo esto acompañado por la misma taza azul donde tomo el tinto cuando estoy en la librería. La misma que aparece en el texto que escribí sobre el primer libro tuyo que publiqué en Ediciones San Librario en el 2004: Colombia ausente (después vinieron Cita de amor al mediodía y República de sombras). Fueron esos años de ausencia de tu/nuestra tierra cuando pudimos compartir con una intensidad que ahora, cuando lo pienso, correspondía a un regalo, una recompensa, que nos daba la vida en medio de tanta oscuridad. La luz de La Habana nos acompañó durante años. Los dos somos testigos de tantas cosas de cada uno que nos volvemos parte de la memoria del otro. Y eso, en el fondo, es la amistad: ser la memoria del otro.

Yo vi cuando te confundieron con Leonardo Padura, te vi feliz atravesando la bahía de La Habana en la lancha de Regla montando por primera vez en barco, te vi conversar con García durante horas, tomamos ron en el bar favorito del Benny Moré, esperamos la llegada de un nuevo año, anduvimos La Habana, lanzamos tu libro en el Ateneo Cervantes, me presentaste a Luis Toledo Sande, tan igualito a Carlos Marx, recibiste mi primer libro con la misma alegría y emoción que si fuera uno tuyo… Tu familia, Gladys (cuya sola mención es una llamada a ser mejores personas para ser dignos de su ejemplo) y Carolina (quien ya es una experta en José Martí y a quien vi crecer y transformarse en la mujer extraordinaria que ahora es), me acogieron como a unos de los suyos y me hicieron parte de tu familia. Sí, La Habana fue también nuestra ciudad. Y no cesamos de evocarla porque somos parte de ella. Sí, coño, hacemos parte de ella.

Cuando una amistad ha sido tan larga es imposible intentar reconstruirla cronológicamente. Los recuerdos se amontonan y aparecen caprichosamente. Basta evocar uno para que aparezca otro. Es por eso que es un árbol inmenso que no cesa de crecer. Anillo tras anillo, recuerdo tras recuerdo, nos va transformando en otro que sólo existe para los dos. Y ante la mención de una palabra una historia sin fin se desata. Obviamente…

Ha sido un privilegio todo lo que hemos compartido. No has dejado de enseñarme y no he dejado de aprender. No sólo nos unen los recuerdos entrelazados y anillados sino el amor por la obra de ciertos poetas: los de la vida, los de la alegría, los de las esperanza. Los poetas comunistas: Rafael Alberti, Paul Eluard, Louis Aragon, Alfredo Varela, Roberto Fernández Retamar, Raúl González Tuñón, Miguel Hernández, Armando Orozco… Y Pablo Neruda siempre. Por siempre.

Escribo esto antes de nuestros cumpleaños: 70, el 15 de julio, tú. 47, el 21 de junio, yo.

Te lo regalo para regalármelo.

Nuestra amistad nació en un país que ya no existe. Esto la dota de inmortalidad: está inmersa en la memoria y hace parte del mito. Y eso es indestructible. Como corresponde, mi José Luis Díaz-Granados. Como corresponde.

No hay comentarios:

'; (function() { var dsq = document.createElement('script'); dsq.type = 'text/javascript'; dsq.async = true; dsq.src = '//' + disqus_shortname + '.disqus.com/embed.js'; (document.getElementsByTagName('head')[0] || document.getElementsByTagName('body')[0]).appendChild(dsq); })();
Con la tecnología de Blogger.