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Un café en Buenos Aires con el editor Damián Blas Vives

Por: Pablo Di Marco / Argentina

Fotografías: © Alejandro Meter


Conocí a Damián Blas Vives el año pasado en un almuerzo en casa de un amigo. Pese a que Damián estaba sentado en la otra punta de una mesa larga, no tardé en darme cuenta que debía estar atento a cada palabra que decía. Recomendaciones de novelas, comentarios sobre escritores, algún próximo recital de jazz, su experiencia tras años de trabajo en la Biblioteca Nacional… Cada comentario suyo despertaba mi interés. Así que a la hora de los postres me acerqué a Damián y le propuse entrevistarlo “en algún momento del año que viene”. Por suerte me dijo que sí, y varios meses después acá estamos, dispuestos a saldar aquella deuda.


—Coordinás el Centro de Narrativa Policial “H. Bustos Domecq” en la Biblioteca Nacional Argentina. ¿Por qué creés que parte del mundillo literario argentino menospreció por años al género policial?

Mirá, si tenemos en cuenta que el jurista Luis V. Varela —bajo el seudónimo de Raúl Waleis— escribió La huella del crimen, la primera novela policial hispanoamericana o “novela jurídica original” como la llamó él, en 1877, diez años antes de que Conan Doyle le diera vida a Sherlock Holmes, que tipos como Paul Groussac o Victor Juan Guillot tomaron el guante en una tradición que pasó tanto por Borges y Bioy Casares como por Arlt —sin contar engendros como El paraguas misterioso—, que Cortázar era un lector de género, que incluso Sabato escribió novela de crímenes, que Rodolfo Walsh hizo lo que hizo, que Piglia revalorizó y nos enseñó a decodificar el género, que buena parte de nuestra historieta nacional más lograda fue y es de género negro, que tuvimos a Soriano y que hoy en día tenés produciendo a tipos como Orsi, Mallo, Oyola, Kike Ferrari, Mattio, Carrá y Convertini… al gran Sasturain —un padrino de lujo para el género—, a minas como Alicia Plante, Krimer, Piñeiro, Gabi Cabezón, Almeida y tantísimas otras… en fin, siendo que nuestras ficciones, crónicas e historia están tan profundamente marcadas por la narrativa de frontera, de anomia, criminal y negra, solo puede atribuirse el menosprecio que mencionás a una mala lectura típica de tilingos, como bien decís o, tal vez, a una estrategia de prensa subterránea en la que coinciden el poder de convocatoria del guilty pleasure con la banalización a través de la negación de profundidad de un “género menor” que en realidad, hablando del crimen, interpela el Derecho y, por lo tanto, a la estructura misma del Estado.


—No me gustan las oraciones muy largas, pero creo que te mandaste una oración de veinte renglones que es una clase de historia del género policial argentino. Brillante, Damián. Cambiemos de tema. Decime, ¿cuántos años hace que trabajás en la Biblioteca Nacional?

Van dos décadas ya. Justo hace unos días el actual director Alberto Manguel me felicitaba por la tenacidad… Entré repartiendo diarios en la plaza del lector, de ahí pasé al Centro de Investigaciones, luego al departamento de Producción de Bienes y Servicios Culturales en donde fui redactor de la revista de la Biblioteca e hice producción y conducción radial, etc. En algún momento, junto al escritor Daniel Sorín, armamos la revista virtual literaria de la Biblioteca y, a fuerza de sumar proyectos e iniciativas, terminé dirigiendo el Programa de Literatura de la institución. Hoy, como mencionaste, Coordino el Centro de Narrativa Policial H. Bustos Domecq.


—Sé que mi pregunta es difícil de responder en pocas líneas, pero me gustaría que me cuentes qué momento vive hoy la Biblioteca. Imagino que un período de cambios bruscos. ¿Intuís que son para mejor?

En general, cada administración comienza a pensar la Biblioteca de cero, creo que es una particularidad de las instituciones de nuestro país. La nueva administración rescata algún que otro resquicio o programa, pero cada dirección quiere dejar su impronta en la carta de navegación del organismo en cuestión. Esto, de por sí no es ni bueno ni malo, cada administración tiene aciertos y desaciertos, pero orgánicamente acumulamos más comienzos que llegadas a destino. Esto ralentiza el crecimiento. Como país somos como una aerolínea distópica de lujo, cuyos aviones no terminan de despegar o quedan a mitad de camino.


—Y los pasajeros no son solo los lectores sino también muchos empleados de la Biblioteca

En medio estamos los funcionarios de carrera. Los más “listillos” suelen tener los mejores sueldos y avanzan abúlicamente sin tropiezos en una carrera a la nada que culmina con una buena jubilación; los más apasionados, los que lo hacemos por vocación —que por suerte somos más de los que la gente intuye— quedamos inmersos en un bucle quijotesco y pendular que nos lleva, en cada administración, de la euforia a la melancolía y viceversa. Si bien morimos más jóvenes, no creo que sea en vano. La red de pasiones es la que sostiene al país en cada colapso.


—Tiempo atrás llevaste adelante un proyecto que consistía en acercar textos y escritores a las cárceles. Contame sobre esa experiencia.

Mirá, ese proyecto tiene que ver con un convencimiento personal de que la literatura y la cultura en general, si no son utilizadas para interpelar nuestra realidad, entenderla y transformarla, se convierten en un mero ritual onanista. Luego de leer parte de la producción literaria de algunos reclusos y viendo que cada taller dependía más de un acuerdo endeble entre una universidad o asociación civil y una penitenciaría, se me ocurrió plantearle al director de ese momento, la posibilidad de generar un espacio desde donde hacer una red nacional con cada organismo que tuviera un taller en funcionamiento, nuclearlos a todos para generar un espacio de contención para los reclusos, para más adelante editarlos y vincularlos a las familias de escritores, y finalmente reinsertarlos en la sociedad con una red simbólica que los amparase, pero sobre todo, crear un espacio desde el cual, los organizadores de los talleres pudieran ponerse en contacto para generar un proyecto de ley que cambiase dádivas por derechos para las personas privadas de libertad. Convocamos a la gente de letras de la U.B.A., que lleva mucho tiempo con un programa en marcha dirigido por Juan Pablo Parchuc, y organizamos los dos primeros Encuentros Nacionales de Escritura en la Cárcel.



Con respecto al amiguismo, buena parte de los sellos editoriales independientes surgen de grupos de escritores que desean legitimación, por lo que se editan entre sí, ampliando su círculo de referencia con el paso del tiempo. 
Damián Blas Vives
Damián Blas Vives. Fotografía: © Alejandro Meter

—Tan sencillo de explicar como complejo de llevar a cabo, ¿no?

En el segundo encuentro entendí que sumar voluntades, aunque se compartan objetivos, no es soplar y hacer botellas. Los sectores desatendidos necesitan un espacio de reflexión, catarsis y sanación que la gestión cultural institucional, dependiente de las oleadas políticas, difícilmente pueda sostener en el tiempo. Desaparecido el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional, el Departamento de Letras de la U.B.A. continúa con el Encuentro año a año. Ojalá en algún punto esos encuentros nacionales sirvan para transformar la realidad de los necesitados, entre tanto nos queda el honor de haber dado el puntapié inicial.


—Quisiera charlar un poco con el Damián editor. El mundo de los libros a veces pareciera vivir a espaldas al resto del mundo. Tantos amigos que reseñan a amigos, y tantos editores desinteresados por descubrir a nuevos autores han creado un gueto en el que no siempre publican los mejores sino los expertos en relaciones públicas. ¿Me equivoco mucho?

Mirá, en principio hacés una descripción general bastante apocalíptica. Uno no escapa del statu quo, trata de sobrevivirlo. Yo creo que tu descripción tiene que ver más con el tamaño minúsculo de nuestro mercado, que supo incluir la España franquista y buena parte de América Latina y que ahora se circunscribe a los lectores nacionales, que son pocos, no porque no se lea sino porque somos un mercado pequeño de por sí —aunque, evidentemente haríamos más negocio vendiendo licuadoras o televisores que libros—. El circuito que está instalado es que la editorial independiente da a conocer al nuevo escritor y el grupo editorial lo capta cuando éste logra cierta trascendencia. La novedad es la migración del escritor reconocido que no logra ingresar al top ten de relevancia en ventas de la macro editorial, de nuevo al circuito independiente. Esto tiene que ver con el cuidado y la exposición que debe lograr el sello independiente con cada producto para sobrevivir, en contraposición con la sobreoferta de las multinacionales. Con respecto al amiguismo, buena parte de los sellos editoriales independientes surgen de grupos de escritores que desean legitimación, por lo que se editan entre sí, ampliando su círculo de referencia con el paso del tiempo.


—Es interesantísimo lo que decís, Damián. Pero no puedo dejar de potenciar mi visión no sé si apocalíptica, pero sí entre crítica y escéptica. Vos, como fundador de Evaristo editorial, ¿cómo hacés para escapar de lo que venimos hablando?

En contraposición, en Evaristo no nos interesa autopublicarnos, sino que salimos a la búsqueda de los libros que nos gustaría leer, y en ese camino matizamos el catálogo con los libros que nos gustan y sabemos que pueden funcionar muy bien, y los que nos gustan pero entendemos que no son apuestas fáciles, tratando de mantener un equilibrio que nos permita seguir publicando ambos. Las dos formas de editar culminan en el nacimiento de los nuevos talentos, somos salas de parto igual de efectivas pero con diferente instrumental.


—La semana que viene recibo en casa a un par de amigos españoles que quieren ponerse al tanto de en qué anda la literatura contemporánea argentina. ¿Qué libros de qué autores les recomiendo, Damián?

Como librero —antes de entrar en la Biblioteca fui librero y cada vez que el hambre llamó a la puerta volví al ruedo— tengo que decir que me faltan datos para recomendar con eficacia, por ahí uno de los invitados es lector apasionado de Stephen King y el otro de Thomas Mann. A mí me gustan ambos, pero la recomendación sería diferente para cada uno de ellos. Asumiendo que son lectores omnívoros les recomendaría Shunga de Martín Sancia Kawamichi, no porque lo haya editado yo, sino porque creo que es una de las mejores novelas nacionales de los últimos años.


—Te haré caso y les recomendaré Shunga. Y de paso también lo leeré yo. ¿Quién más?

Si fueran lectores informados de nuestra tradición literaria les recomendaría que no dejasen pasar Era el cielo de Sergio Bizzio, que ya tiene unos años pero es una novela perfecta.


—Esperá que lo anoto: Era el cielo de Sergio Bizzio. ¿Qué más?

Los accidentes de Camila Fabbri. En género fantástico tenés El rey de los espinos de Marcelo Figueras, Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez, La habitación del presidente de Romero, Las esferas invisibles de Muzzio. En género negro Que de lejos parecen moscas, de Ferrari, Chamamé de Oyola, Tres veces Luz de Mattio, La tensión del umbral de Eugenia Almeida, Cruz, de Nicolás Ferraro. Estamos en un buen momento y no dije nada de la poesía, el teatro, la historieta...


—Me diste un buen panorama, Damián. Avisame cuando vuelvas a trabajar de librero que acá vas a tener a un buen cliente. Ahora vamos con la última: te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería, a qué bar lo llevarías, y qué pregunta le harías.

Ufff, con un amigo escritor siempre fantaseábamos con armar una “mesa de los galanes” con personalidades de diferentes épocas —artistas y no—. El tema es que a algunos de los más admirados preferiría no conocerlos para no desilusionarme, porque deben haber sido personalidades complejas. Mozart o Miles Davis, por ejemplo, o Van Gogh… Igual son muchos. Vivos y muertos: Malcom X, Alfred Hitchcock, Kobo Abe, Gil Scott Heron, Alan Moore, Frank Zappa, Kenji Mizoguchi, China Mieville, W. B. Yeats, Oscar Wilde, Kublai Khan, Simenon, Stephen King, Dino Buzzatti, Giordano Bruno, Margaret Atwood, Yukio Mishima, Joseph Campbell, Marguerite Yourcenar, Auden, Milorad Pavic, Pessoa, Yasutaka Tsutsui, John Carpenter, Mujica Láinez


—Esperá un poco, me estás tirando tantos nombres que más que en un café nos vamos a tener que encontrar en la cancha de River.

También me divertiría tomar un café con Perón para que me cuente su opinión acerca de algunos temas; o con Aristóteles Onassis, para ver si me enseña a pensar el dinero, cosa que nunca aprendí a hacer. Pero, más que artistas o celebridades, me gustaría tomar un café con mi abuelo materno, que fue como mi segundo padre pero murió cuando yo era muy pibe; para conocernos ambos de adultos. El encuentro debería ser en algún bodegón de los viejos y una pregunta obligada sería: En confianza, ¿Qué onda el otro lado del espejo?

Damián Blas Vives
Damián Blas Vives. Fotografía: © Alejandro Meter
Fotos de esta entrevista: Alejandro Meter. meterphoto.com


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Pablo Hernán Di Marco

Sobre el autor: * Pablo Hernán Di Marco.

Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadas, Tríptico del desamparo y Espiral. Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros & Letras.

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