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Ministerio de Cultura de Colombia

Un cierre agridulce para el Bogotá 39-2017

Por: Darío Zalgade*


El 5 de mayo del pasado año, Hay Festival hacía pública en Colombia su selección de los «39 mejores escritores menores de 39 años» en América Latina. Se trató de una propuesta de canon fallida, torpe y muy marcada por el marketing, donde resultó especialmente grave una tremenda desigualdad de género que levantó muchas, muchísimas críticas durante todo el 2017. Voces tan acreditadas como la Dra. Carolina Sanín en la revista Arcadia[1], Luna Miguel en PlayGround[2] o Juan Pablo Villalobos —ganador del premio Herralde el año anterior— expresaron su repulsa frente a una selección incongruente que dejaba la representación de las mujeres en una ridícula proporción de 1/3 frente a los hombres, con países clave como Chile o Colombia por completo desprovistos de autoras y con figuras como Margarita García Robayo (Cartagena de Indias, 1980), Carla Badillo (Quito, 1985), Ave Barrera (Guadalajara, 1980), Carol Bensimon (Porto Alegre, 1982), Legna Rodríguez (Camagüey, 1984), Arelis Uribe (Santiago, 1987) o Alia Trabucco Zerán (Santiago, 1983) excluidas de forma incomprensible en beneficio un puñado de autores cuya influencia no pasa en absoluto por los méritos de su obra literaria, sino por la ostentación de un privilegio inmenso y caprichoso en el campo editorial contemporáneo. La lista del Bogotá 39-2017 nació, entonces, condenada desde el comienzo por la atrofia de su propia incongruencia, y ni siquiera fue capaz prestarse con cierta dignidad al perpetuo debate sobre si «listas sí» o «listas no», tan aplastante y tan unánime fue el rechazo que generó de norte a sur.

Ahora, varios meses después de todo aquello, el Bogotá 39-2017 concluye su periplo con una antología publicada por Galaxia Gutenberg que reúne en un mismo volumen una breve muestra de la narrativa de los 39 elegidos. Se trata de un excelente trabajo recopilatorio que simplemente adolece de los problemas que traía la lista en sí —una lista en la que Galaxia Gutenberg no tuvo nada que ver—, pero cuyo valor literario no deja de tener gran relevancia. Pasar poco a poco sus páginas equivale a recorrer un abanico bastante amplio de la literatura latinoamericana contemporánea, y muchos de los nombres ahí presentes serán sin duda —o lo son ya— referentes indiscutibles de nuestro campo cultural durante bastante tiempo. Conviene avisar, sin embargo, que 21 de los 39 optaron por enviar a la antología fragmentos de su obra ya publicada, así que hay pocos textos inéditos en el libro. En algunos casos cabría interpretar esta decisión como una muestra de desdén hacia los criterios de selección de Hay Festival y en otros quizá fue simple pereza, pero, de una forma u otra, muchos de esos textos siguen siendo buenos. Al repasarlos encontramos a autoras que aportaron fragmentos de su obra más reciente —Brenda Lozano incluyó una breve muestra de Cómo piensan las piedras (Alfaguara, 2017), un libro muy, muy recomendable— y autores que rescataron páginas ya perdidas en ediciones antiguas, locales o muy difíciles de conseguir en el exterior, casos de Emiliano Monge con La caja de cerillos o Eduardo Plaza con Librosdementira, en mi opinión dos de las editoriales independientes más admirables de América Latina. Mención aparte merece el caso de Valeria Luiselli, cuyo texto se remonta al corazón de su etapa de mayor contenido metaliterario —próxima todavía a la publicación de Los Ingrávidos— y de por sí basta y sobra para justificar la compra de la antología en su totalidad.

En cuanto a los textos inéditos, hay algunos que son también pequeñas perlas y realmente hacen que merezca la pena tener este libro en un estante. Mauro Libertella, por ejemplo, propone una reflexión metacultural exquisita con su relato «Obra en construcción», recordando incluso a las ideas y las formas de Ítalo Calvino. Liliana Colanzi mantiene de forma excelsa su línea habitual, Mónica Ojeda se consagra como autora polifónica exhibiendo un nuevo tono narrativo —ya nos había impresionado con varios diferentes en Nefando—, y Mariana Torres alcanza una profundidad emotiva insólita en las apenas cinco páginas de «Raíces». En el lado negativo, sin embargo, también hay cosas. Cito un par. Una: varias de las propuestas que estoy omitiendo abusan —y abusan mucho— de los recursos narrativos más manidos en los talleres literarios y los ‘másteres’ en escritura creativa. Dos: llama la atención que una antología de narrativa breve incluya el que casi es el primer cuento publicado por Frank Báez desde el año 2007, porque Frank es básicamente poeta y no narrador. Sin embargo, pienso que es muy buena la presencia de un autor excelente como Frank en una lista que teóricamente no se proponía encumbrar a los 39 mejores ‘narradores’ de América Latina, sino a los 39 mejores ‘escritores’, con toda la amplitud y la pluralidad que eso debería implicar. En un momento de tan enorme efervescencia de la poesía latinoamericana como estamos viviendo, ¿por qué dejar todo este género a un lado en un evento a priori tan abarcador? ¿Por qué fomentar un predominio tan abismal de la narrativa en este nuevo intento de canon? 


El Bogotá 39-2017 levantó una enorme polvareda de especialistas en literatura latinoamericana poniendo y quitando nombres y defendiendo o denostando obras



Carolina Sanín nos lo explica con claridad en el artículo de Arcadia que mencioné al comienzo: «La lista se hace para promover la venta de libros. De ella se excluye a los poetas, porque las ventas de un poeta no ameritarían el costo de su promoción». Y no sólo a los poetas: a las y los ensayistas, a los y las dramaturgas, a las y los autores de crónica, etcétera. Prueba de esto son los «extraños» movimientos editoriales que comenzaron a darse a partir de ahí. Ejemplo: Valentín Trujillo, que había entrado en el Bogotá 39 gracias a sus obras Jaula de costillas (Banda Oriental, 2007) y Entre jíbaros (Estuario, 2013), pasó de pronto a publicar Real de azúa con Ediciones B (recién comprada por Random House). Frank Báez ya firmó por Seix Barral, Mauro Javier Cárdenas hizo lo propio con Random, y Gonzalo Eltesch, apenas ganador de un simple premio municipal de literatura por su única novela Colección Particular (Libros del Laurel, 2015), sencillamente trabaja ahí desde el año 2008. ¿Por qué no incluir entonces en la tanda a Bruno Lloret, que ganó y fue finalista del premio Bolaño en varias ocasiones, tanto en poesía como en narrativa? Es muy evidente el porqué, y ahora sólo nos queda por ver si Luciana Sousa firmará casualmente su próximo libro con Reservoir después de haber sido incluida en la lista gracias a su única novela, Luro, publicada en la minúscula Editorial Funesiana apenas cinco meses antes del veredicto. (¿Y por qué Luciana y no Natalia Rozenblum, que tuvo un enorme impacto con Los enfermos y que incluso había montado una librería en su propia casa?). O si Cristián Romero publicará quizá con Destino después de haber sido elegido gracias a su único libro de relatos, Ahora sólo queda la ciudad, publicado con casi idéntico margen por la alcaldía de Medellín e Hilo de Plata. (¿Y por qué Cristián y no Margarita Posada, Álvaro Robledo, etc.?). Y en fin. ¿«Listas sí» o «listas no», decíamos? Depende. ¿Queremos concentrar a estas 39 personas en un puñado de editoriales hegemónicas y lucrarlas por decreto hasta el próximo Bogotá 39-2017? Entonces, claramente sí. ¿Queremos, por el contrario construir un campo literario fértil, rico, robusto y plural en América Latina? Entonces, claramente no, porque las listas catálogo de este tipo son restrictivas, amiguistas, antiguas, turbias, y responden a unos intereses muy específicos que pasan siempre por el marketing y nunca por la literatura.

Pese a todo, tengo que decir que la lista del Bogotá 39-2017 tiene también cosas positivas. La primera y mayor de todas ellas es sin duda el debate. Con premios como el Nadal o el Planeta reducidos a mera publicidad en los últimos años, ya llevábamos bastante tiempo sin que una obra, un evento, algo concentrase tantas y tan agitadas respuestas en nuestro campo literario. El Bogotá 39-2017 levantó una enorme polvareda de especialistas en literatura latinoamericana poniendo y quitando nombres y defendiendo o denostando obras, y yo pienso que eso es muy bueno. De todo ese ruido pudimos sacar en claro, por ejemplo, que Alan Mills estaba bien puesto ahí. Y Brenda Lozano. Y Samanta Schweblin. Y quizá Carlos Fonseca. Y desde luego Valeria Luiselli, que en mi opinión es por lejos el mayor talento de su generación. ¿Alguien escuchó a alguien defender la elección de Eduardo Plaza? (Hum…). Y entre las ausencias, por otro lado, también hubo nombres que se repitieron de norte a sur. Dado el origen colombiano del festival, Margarita García Robayo era la más obvia, pero ¿dónde estaban Paulina Flores (Santiago, 1988), Juan Álvarez (Neiva, 1978), Horacio Cavallo (Montevideo, 1977), Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977) o Rita Indiana (Santo Domingo, 1977), que tenían 39 en el momento de la selección? ¿Dónde las poetas Valeria Tentoni (Bahía Blanca, 1985), Julieta Marchant (Santiago, 1985), Daniela Camacho (Sinaloa, 1980) o Nina Rizzi (São Paulo, 1983)? ¿Dónde la eclosión monumental de las autoras de los últimos años, dónde el auge de las cartoneras, dónde el trabajo de las revistas literarias y de tantas y tantas personas que día sí y día también movilizan lecturas poéticas, reseñas, críticas, monólogos y slams por toda la geografía latinoamericana? ¿Dónde, en fin, estaba la literatura en esa lista?

Yo pienso que está, por ejemplo, en el relato «Árbol de Navidad», de María José Caro. Y en la preciosa metáfora de la mariposa en «Un mundo huérfano», de Giuseppe Caputo. Y en la ausencia de Teresa en «Verano del 94», de Daniel Saldaña París. Yo tengo la antología de Galaxia Gutenberg en mi estante porque pienso que está llena de magnífica literatura y porque, muy sinceramente, me entusiasman muchas de las autoras y autores que propuso el Bogotá 39-2017. ¿La lista es completa? Claro que no. ¿La lista es justa? Absolutamente no, de hecho es un disparate, pero nunca habrá ninguna que sea justa: por eso es necesario que haya muchas. Es cierto que el Bogotá 39-2017 falló en su propuesta, pero creo que todas y todos los demás fallamos a nuestra vez si no construimos cánones alternativos, encuentros paralelos y propuestas transversales. Nos encontramos en un momento precioso de la literatura contemporánea donde las autoras están reivindicando de forma rotunda su merecido liderazgo y donde estamos trenzando una red literaria global como nunca antes habíamos visto. Gracias a los espacios digitales y una dinámica de intercambio geográfico a gran escala, la literatura independiente más exquisita está floreciendo en todas nuestras capitales y viajando de una a otra con una velocidad extraordinaria, hermosa, plural, incontrolable, así que quienes formamos parte de este momento tendríamos que ser capaces de proponer docenas, si no cientos de listados alternativos, y poner sobre la mesa cientos, si no miles de voces brillantes, creativas, actuales y preciosas de escuchar y de leer. En ese contexto, el canon de Hay Festival puede ser terriblemente nocivo si lo consideramos en términos verticales, hegemónicos e inalterables y si nos encerramos en él desde el consumo más sumiso; pero si lo percibimos desde una perspectiva horizontal, dialógica y plural, quizá su propuesta puede ser incluso buena: tan buena como cualquier otra, tan buena como la nuestra y, sobre todo, un excelente catalizador, un llamado a despertar y un imperativo a expresarnos, porque hay cientos, miles de autoras y autores jóvenes que están escribiendo de forma excelente en este momento, ahora, mientras concluyen estas líneas. Se desviven por interpelarnos, nos piden a gritos que leamos sus obras y que las conversemos, las contrastemos, las opinemos. Son cientos, insisto. Son miles. Ya tenemos 39 en el estante. Y las otras, ¿dónde están?


*Este artículo fue publicado originalmente en la revista Librújula (marzo de 2018) www.librujula.com


*Darío Zalgade. 

Sígalo en @Zalgade. Es Licenciado en Letras Modernas (UNC) y Máster en Literatura Comparada y Estudios Culturales (UAB). Colabora regularmente en las revistas Quimera y Oculta Lit, y administra la plataforma Liberoamérica. Se especializa en el estudio de la literatura latinoamericana contemporánea y el análisis estructural de la identidad.



[1] http://www.revistaarcadia.com/periodismo-cultural---revista-arcadia/articulo/carolina-sanin-habla-sobre-bogota-39/63766


[2] https://www.playgroundmag.net/lit/Bogota39-mujeres_22591623.html

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