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Especial: Género negro en Latinoamérica. ¿Otro problema del lenguaje?

¿Podríamos diferenciar una novela negra de una policiaca? ¿O de una novela de misterio? ¿Qué diferencias habría? ¿La novela negra es tan divertida como la policiaca? ¿Han cambiado los motivos y las estructuras de estas novelas? ¿Qué relación puede haber con la novela gótica? ¿Para qué sirven estas categorizaciones?



Por: Luis Fernando García Núñez*



¿Qué es la novela negra? ¿Por qué negra? Quizás son preguntas que muchos lectores se hacen cuando se habla de ese género que Raymond Chandler consideró como el del mundo profesional del crimen. El crimen, sí. Una especie de novela policiaca que termina mal, porque en ellas el mayordomo no es el asesino y, si lo es, es menos que un mayordomo. Pero todo parece más un problema de lenguaje que vale la pena examinar desde fronteras distintas de la literatura, para inscribirlo en términos sociológicos y políticos.

Los personajes de la novela negra son atípicos, si los consideramos desde los límites mismos de la cordura y de la decencia de protagonistas y antagonistas. Aunque la decencia y la cordura hayan desaparecido hace ya bastante tiempo, desde antes de que Chandler hablara de novela negra. Atípico porque la violencia y el miedo, tan extendidos en estos tiempos de masacres y crímenes, son el sustento de estas novelas.



Como si la misma novela negra no les sugiriera algo distinto de los capos y las frenéticas modelos que con tetas o sin ellas van por ahí diciendo casi lo mismo capítulo tras capítulo.


Es, sin duda, un problema de lenguaje, independiente de las características que le han abonado a la novela negra, bien sutiles si a ellas nos referimos, porque son variadas y muy notables, entre la fuerte aparición del gansterismo, de esos criminales mafiosos y contrabandistas, hijos prominentes de la ley seca en Estados Unidos, y los delincuentes y los corruptos de las posguerras que entonces vive Europa. Es, parece, una sutil reivindicación de unos sectores que se constituyen en un hampa que viene de las periferias y que quiere protagonismo social y hasta político.

Tan parecido a los fenómenos que vemos hoy, no tan lejos de la ficción y tan recurrentes en esos guionistas, pobres de ideas y de espíritu, tan escurridizos de la novedad que solo copian sobre una estructura mil veces usada. Nada nuevo, como si la misma novela negra no les sugiriera algo distinto de los capos y las frenéticas modelos que con tetas o sin ellas van por ahí diciendo casi lo mismo capítulo tras capítulo. Y millones de impávidos espectadores se comen el cuento con tal desprecio de la inteligencia que ya no sabemos para dónde vamos, ni quiénes ven estas series y por qué lo hacen.

Los modelos de los detectives que presentaban los grandes autores de las novelas policíacas, son desbordados por unos asesinos a sueldo que trafican con toda clase de trampas y de juguetes. Mezclados en los más horrendos espectáculos van de un lado para otro jugando con la dignidad y la cortesía.


Hampa es una palabra que viene del francés, y se refiere a un “conjunto de maleantes que, unidos en una misma sociedad, cometían robos y otros delitos, y usaban un lenguaje particular, llamado jeringonza o germanía”, dice la RAE, pero también es “vida de las gentes holgazanas y maleantes”. Estas bandas tienen “normas de conductas particulares” que los destacan de ese mundillo de bajos fondos donde alternan investigadores, soplones y delincuentes de todas las prosapias. El material indiscutible de la novela negra o hard-boiled, para posar de sabiondos.

Los modelos de los detectives que presentaban los grandes autores de las novelas policíacas, son desbordados por unos asesinos a sueldo que trafican con toda clase de trampas y de juguetes. Mezclados en los más horrendos espectáculos, van de un lado para otro jugando con la dignidad y la cortesía. Venden su poca mo­ral al mejor postor y buscan dinero fácil y aventuras complejas en escenarios dantescos y con fuerte olor a alcohol, prostitución y drogas. Esta poética de los conflictos sociales, al decir de Vásquez Montalbán, refleja los problemas del individuo y de la sociedad actual. Un lenguaje popular, casi se podría decir que urbano, le imprime cierto realismo a esas acciones y va conectando los más sórdidos hechos en los más sorprendentes espacios.

Pero vuelvo al tema del lenguaje. ¿Podríamos diferenciar una novela negra de una policíaca? ¿O de una novela de misterio? ¿Qué diferencias habría? ¿La novela negra es tan divertida como la policíaca? ¿Han cambiado los motivos y las estructuras de estas novelas? ¿Qué relación puede haber con la novela gótica? ¿Para qué sirven estas categorizaciones?

Para entrar en calor podríamos revelar las características de algunos de los grandes detectives de la literatura: Auguste Dupin, Sherlock Holmes, Hércules Poirot y el moderno Mario Conde, por citar algunos, para determinar qué los diferencia y por qué. ¿Cómo relacionarlos con el genial Sam Spade de Dashiell Hammett? ¿O con el Philip Marlowe de Raimond Chandler?

Las historias, no obstante, tienen ritmos distintos pero encuentran siempre un matiz que las une, que las relaciona, ese mundo del crimen del que habla Chandler, en el cual transcurren todas. Su leitmotiv. Y luego, tras el desconcierto, una lógica –extraña–, una racionalidad que poco a poco sobresale y nos lleva al final, ese final que atando cabos nos cautiva porque sí, cómo no, ese era el asesino, se han cerrado todos los dilemas, se han juntado las claves, se ha descubierto al impostor, al que ha recorrido en las penumbras todo el relato. Esa es la virtud, pero también es la virtud de los otros géneros, es la virtud del misterio, del miedo. El simple arte de matar, el ensayo de Chandler que vale la pena releer para diluir los dilemas que nos recorren. Ahí está la novela negra.




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Sobre el autor: *Luis Fernando García Núñez.


Periodista, profesor y escritor.

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