Reseña. El terror que subyace en No es un río



No es un río de la escritora argentina Selva Almada es una novela de terror que no se vende como tal, en donde esta sensación no proviene de un ente sobrenatural y donde no hay una amenaza explícita para los personajes (en apariencia), ni para el mundo que los rodea. 


Por Pablo Concha*

El terror viene en este caso del tiempo, del paso del tiempo, el cual en muchas ocasiones puede no percibirse y en otras ser una tortura. En este libro, un río sin nombre sirve como una especie de frontera entre dos mundos, la civilización y una isla donde unos amigos van a pescar, beber, relajarse y pasar tiempo juntos y solos. Pero el tiempo en la isla no transcurre de la misma forma para sus habitantes: en la superficie todo está bien, todos llevan vidas normales y quizá aburridas, lidiando con el calor agobiante, la pesca y las relaciones personales. Pero, a medida que la narración avanza, salta hábilmente de personaje en personaje, varía el punto de vista a través de capítulos cortos con diálogos naturales (curioso para los no familiarizados con la jerga y modismos del español argentino y haciendo uso de una estructura distinta a la forma de escribir diálogos utilizada convencionalmente) y entonces nos damos cuenta de una ruptura con la realidad y el devenir del tiempo. Da la impresión de que hay loops, personajes repitiendo acciones y pensamientos sin entender cabalmente lo que sucede (aunque a veces teniendo en sueños flashes clarificadores que al despertar no entienden y por tanto desechan). No solo se trata del transcurrir del tiempo, sino además de la membrana que separa la vida y la muerte, como si distintos planos de existencia se sobrepusieran en esa pequeña isla al otro lado del río y ninguno pudiera entender ya cuál es el que le corresponde.  

“Desde el bote toda la isla es una forma negra, encrespada por las copas de los árboles”.

“Abajo del bote, el río es más negro que la noche”.

La historia es sencilla: tres amigos de infancia crecen juntos y nunca se separan hasta que, ya en la adultez, uno de ellos se ahoga en el río de una forma que nunca se explica con exactitud. Con los años, los dos amigos restantes “reemplazan” al amigo muerto con el hijo adolescente de este y continúan con su rutina de pescar, tomar vino y pasar tiempo de calidad entre hombres. Un día, un pequeño y en apariencia tonto altercado con unos lugareños desata un conflicto y trastoca su armonía. 

Selva Almada (Villa Elisa, 1973), autora además de El viento que arrasa (2012), Chicas muertas (2014) y El desapego es una manera de querernos (2015), narra con mucha pericia la amistad de Enero, El Negro y Eusebio, mostrando su relación por medio de flashbacks que revelan una realidad que reconocemos y con la que nos identificamos, solo para irla trastocando y mostrándonos las grietas que la surcan y lo que puede haber al otro lado. 

“Tiene miedo. Le parece que algo los sigue y por más que gira la cabeza sobre su hombro no puede ver más que monte”.

No es un río (el título ya de por sí es muy sugerente y la portada, una pintura sin nombre de la artista Ornella Pocetti, lo es aún más) es un libro donde la palabra terror u horror no aparece, no se nombra, pero en donde está presente a medida que el lector avanza velozmente por sus páginas. La sensación de que algo no está bien, de que una amenaza –que aprendemos siempre ha estado latente– va mostrando despacio su verdadera cara, es sorprendente y genial. “Siente que un frío le corre por el lomo y le eriza los pelos del culo. Gira la cabeza, mira por sobre su hombro. Juraría que el monte se ha cerrado”. Una historia que creímos sobre la amistad, el paso del tiempo y los años dorados de la juventud, se transforma (sin que nos demos cuenta cuándo y cómo) en una sobre estar atrapados en el tiempo sin posibilidad de escape y el horror de solo vislumbrar en confusos sueños la realidad. “A veces los sueños son ecos del futuro”.

«La escritora argentina es una de las autoras que narra el terror y la extrañeza desde nuestro territorio, anclando las historias en zonas que conocemos e identificamos fácilmente, hermanándose con la narrativa de Mariana Enriquez Samantha Schweblin (por nombrar solo algunas), que comparten una visión similar en cuanto a la forma de mostrar y encarar lo extraño desde nuestras tierras.»


En esta novela el monte es como un animal vivo que respira y acecha imperturbable. Tenemos premoniciones que ni siquiera el curandero del pueblo es capaz de interpretar o advertir su amenaza. ¿Es porque están relacionadas con el río? ¿El río es de alguna forma impenetrable a una psique ajena a sus aguas? Una narración que salta en el tiempo, va de atrás hacia adelante y se detiene, mostrando una realidad que cada vez inquieta más; el río como frontera entre mundos y dimensiones. La escritora argentina es una de las autoras que narra el terror y la extrañeza desde nuestro territorio, anclando las historias en zonas que conocemos e identificamos fácilmente, hermanándose con la narrativa de Mariana Enriquez y Samantha Schweblin (por nombrar solo algunas), que comparten una visión similar en cuanto a la forma de mostrar y encarar lo extraño desde nuestras tierras.


No es un río
Selva Almada 
Editorial Penguin Random House 



*Pablo Concha es un escritor colombiano, autor de los libros de cuentos Otra Luz y La piel de las pesadillas y colaborador literario en Libros & Letras y otros medios culturales.

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