en Buenos Aires y padecer la crisis económica de fines de 2001. Saberse
obligado a escapar como un último modo de sobrevivir. ¿Destino? Tal vez el más
exótico: Escandinavia. Utilizar a la vida propia como un trampolín para
escribir una novela. Y escribirla no en castellano sino en noruego. Y que la
novela se publique y se premie en Noruega, y más adelante también en Argentina.
Y que emocione por igual a los lectores de ambos mundos.
historia estoy contando? ¿La de la escritora Verónica Salinas o la de la
protagonista de su novela? Tal vez esta conversación, café de por medio y en
Buenos Aires, nos acerque a una respuesta.
le oí decir a Vargas Llosa. Que recién se comprendió a sí mismo como
latinoamericano cuando se fue a vivir a Europa. ¿Te sucedió algo similar?
para verlo a todo mejor. Yo di muchos pasos, me vi con todas las luces y con
todas las sombras. Todo el cuadro en su conjunto y en relación al entorno
próximo y al lejano.
un pasaje de la novela en la que su protagonista (lejos de su hogar en Buenos
Aires, y desamparada en Noruega) dice: “Decidí perder todo”. Es interesante que
diga eso y no “Perdí todo”. Como si hubiese una elección a favor de la derrota,
tal vez como un modo de liberación, como un modo de terminar de desprenderse de
todo peso.
VS: La protagonista podría haber dicho: «No,
no puedo irme a Noruega y trabajar como niñera». Podría haberse quedado en
Argentina y soportar la situación social y económica. Pero aunque le duele y le
da miedo, se lanza y elige perder todo. Como lo había leído en un libro de
Yoga: «Perder para ganar»
—Es
interesante lo que decís. Porque ganar es mejor que perder, pero es innegable
que la victoria también tiene sus costos. En otro pasaje la protagonista dice
que todas sus pertenencias caben en el interior de su valija. Ahí recordé al
personaje de Eusebio Poncela en la película Martín
Hache, cuando habla de la liviandad como un modo de transitar la vida. ¿Qué
te despierta esa idea? ¿Viste esa película?
para mí. La practico en muchos aspectos, pero hay uno en el que todavía no me
sale: ¡Tengo muchos, muchos libros! Trabajo en la Casa de la Literatura en Oslo
y tengo que leer todo lo que se publica en el año. Las editoriales me traen
muchos libros y yo los voy a acomodando en las repisas.
La liviandad para mí va unida al compartir. «Compartir» es un verbo que aprendí desde muy chiquita de mis padres provincianos, que todo lo que tenían lo compartían. Nunca nada era «solo para nosotros», sea comida, ropa o techo. Todo se compartía. «Compartir» era tan importante como respirar, caminar y comer.
que el día que viaje a Oslo me vas a llevar a esa biblioteca de La Casa de la Literatura.
tomo la palabra. Intuyo que buena parte de tus lectores consideran que Y es una novela autobiográfica, y tal
vez no lo sea tanto. ¿De dónde vendrá esa necesidad de los lectores por
identificar plenamente a los personajes de un libro con su autor?
ocurrió esto?», «¿Habrá pasado así realmente?». No lo sé, pero
lo imagino en esas preguntas. La novela usa la realidad como un trampolín. Pero
la realidad fue todavía más dura, en mi familia por ejemplo somos tres
hermanos, y no dos. La novela es una construcción. Para que sea «literatura»
tengo que trabajar y diseñar una estructura. Si cuento solamente cómo fueron
las cosas, no es seguro que logre hacer literatura.
causó gracia la vez que le escuché decir a Borges que no le gustaba el francés
porque sonaba “como un italiano resfriado”. ¿Cómo suena el noruego?
hermoso. Aprendí a amar el noruego. Me gusta leerlo en voz alta. Me gusta
masticar sus tonos
bajos. No me sale compararlo con otros idiomas así como Borges, no soy tan genial, jaja. Pero hablando noruego entiendo y
leo sueco y danés. Y el danés suena a noruego con una papa en la boca, jajaja.
encargaste vos misma de la traducción del libro del noruego al español?
de las traducciones es un tema que me interesa mucho. Imagino que te
encontraste con más de una dificultad, ¿no es así?
trabajar con el noruego y el castellano dentro mío. Verlos así paraditos
uno al lado del otro. Tuve a una editora maravillosa: Karina Echeverría, que estuvo en todo momento atenta a mis
preguntas, a mis dudas. Me acuerdo que tuve que trabajar el tema del humor,
había juegos de palabras en el noruego que no sabía cómo trasladarlos al
castellano. También luché con hacer al castellano económico ya que mi noruego
es muy económico. Por cada situación suelo tener como cien palabras en
castellano para decir y veinte en noruego.
mirando para atrás, me arrepiento un poco de no haber puesto palabras en
noruego en la versión castellana. Porque en la versión noruega sí hay palabras
en castellano.
edición.
la hora de las devoluciones, ¿qué diferencias encontraste entre los lectores
argentinos y los lectores noruegos?
una manera muy hermosa. En Noruega los lectores me escriben cartas, y en las
lecturas públicas lloran y se ríen a carcajadas, especialmente los que ellos
llaman «Los nuevos noruegos», o sea, los extranjeros. Pero lo que
tengo ahora a flor de piel fue la recepción de la novela en Buenos Aires y en Corrientes.
quería preguntarte cómo habían resultado las presentaciones del libro en
Argentina.
de Buenos Aires, y dos presentaciones en Corrientes: una en el Museo del
Chamamé en Mburucuyá y otra en la Laguna Rincón en Caá Catí. El Museo del
Chamamé está levantado frente a un monte bellísimo. El escenario al aire libre
atrás del museo me dejó de cara al monte, a los árboles y los bichos de luz.
Eran las once de la noche y había un público de unas cien personas. Escucharon
atentos, se rieron, lloraron y cantaron conmigo. En Caá Catí me armaron un
escenario al borde de la laguna. Mientras leía escuchaba los grillos, los
sapos, los sonidos de la noche en el agua. El público se emocionó, cantó y
hasta me gritaron unos sapucai. El público en Corrientes fue el más efusivo y
emotivo que he tenido.
hermosa descripción, Verónica. Parece la perfecta contracara de las soporíferas
presentaciones de libros a las que estoy acostumbrado. Vamos con la última pregunta de Un
café en Buenos Aires. Te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a
cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería, a qué bar lo
llevarías, y qué pregunta le harías.
Cafe de la Poesía en San Telmo. Yo me comería uno de esos panes caseros que
hacen riquísimos y, entre miga y miga, le agradecería todo. Tal vez lloraría,
conociéndome bien, seguro lloraría y me reiría mucho. Sería tal vez muy
atrevida y le preguntaría si le puedo mostrar la novela con la que estoy trabajando
ahora, en la que intento ponerme en la piel de un hombre, de un hombre
sensible. Que me está costando mucho pero que estoy disfrutando en iguales
cantidades.
Verónica Salinas (174 pag).
Aldea literaria.
*Pablo Hernán Di Marco.
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