El escritor peruano Renato Cisneros es uno de los invitados al Festival Benengeli 2024 que organiza el Instituto Cervantes en los cinco continentes del 10 al 14 de junio. Luis Yslas dialogó con el autor sobre el devenir de la escritura.
Por Luis Yslas Prado (Lima/Madrid)
«La herencia no es lo que dejaste sino lo que yo he tomado de ti», escribe Renato Cisneros (Lima, 1976) en un poema de 2006, como quien revela el gesto distintivo de un escritor cuyo acervo familiar ha sido la principal materia prima de sus libros. Influido desde muy niño por una constelación de parientes donde han destacado poetas y periodistas, Cisneros sintió en su juventud que la poesía era el derrotero natural por el que debía encaminarse su escritura. De esa convicción nacieron tres poemarios publicados entre 1998 y 2007. Sin embargo, su vocación poética sería desplazada por otra herencia familiar: el periodismo, oficio que aún continúa ejerciendo en diversos medios.
Tras haber escrito dos novelas y un volumen de relatos de naturaleza híbrida y juvenil, la publicación de La distancia que nos separa en 2015 significó un parteaguas en su carrera como escritor, y el inicio de un notable ciclo novelesco —Dejarás la tierra (2017), Algún día te mostraré el desierto (2019) y El mundo que vimos arder (2023)— donde la genealogía familiar, la paternidad, la patria y la migración imponen su protagonismo.
De cara a su participación en el Festival Benengeli 2024, donde participará en una mesa redonda en Río de Janeiro, conversamos vía Zoom con Renato Cisneros sobre el devenir de una escritura que lo sitúa entre los autores más representativos de la narrativa peruana actual.
—¿Podría decirse que La distancia que nos separa (2015), una de las novelas más leídas en el Perú en los últimos años, marca un punto de inflexión en tu trayectoria como escritor?
Sin duda, la escritura de esa novela implicó cortar con una serie de rutinas y de actitudes. Mis libros anteriores solían ser resultado de un proceso de trabajo muy interrumpido. Sin embargo, para escribir La distancia que nos separa renuncié a dos trabajos y hubo una mayor implicación en el proceso de escritura. Había una conciencia de que se trataba de un libro que ameritaba más tiempo y dedicación.
—Es también el inicio de un corpus de novelas donde la familia ocupa un rol central. La distancia que nos separa, suerte de biografía novelada de tu padre, a quien interpelas desde el afecto, pero también desde el cuestionamiento, y Dejarás la tierra, donde te remontas a un pasado más lejano aún para escarbar en los secretos de tu genealogía.
Se trata de dos caras de una misma moneda. Ambas novelas cuentan una historia privada y, al mismo tiempo, una historia social. En este caso, sí hubo una proyección muy deliberada de querer contar una historia íntima, pero sin desatender (e incluso ponderar) el momento histórico en que esas vidas se relacionaban. Es verdad que la familia es un tema dominante en mis libros, me interesan sus significados, sus mandatos, su herencia, sus voces, sus silencios y sus secretos. Todo eso ha constituido una gran preocupación que ha atravesado la mayoría de mis libros y que he ido abordando o acosando de maneras diferentes.
“Me resulta interesante cuando, como lectores, descubrimos que ese mundo que estamos leyendo está a la vez descifrando cosas en nosotros, de nuestra propia sociedad. Ese juego de espejos me atrae mucho como lector, pero también como escritor”.
—La metáfora familiar es también una forma de recrear al país
A mí me seducen las novelas donde la historia en minúsculas dialoga con la Historia en mayúsculas, donde se notan las grandes tensiones que rigen las naciones en un momento determinado y se proyectan sobre los elencos familiares. Pienso que cuando uno está hablando de lo suyo, de lo privado, está invitando al lector a hacer un recorrido de lo leído a lo vivido. Me resulta interesante cuando, como lectores, descubrimos que ese mundo que estamos leyendo está a la vez descifrando cosas en nosotros, de nuestra propia sociedad. Ese juego de espejos me atrae mucho como lector, pero también como escritor.
—En Algún día te mostraré el desierto reaparece el tema de la paternidad, aunque desde otra mirada y bajo otras coordenadas temporales y espaciales.
Aunque este libro retoma el tema familiar (esta vez ya no es el hijo que escribe sobre el padre, sino el padre quien indaga en la experiencia de la paternidad), siento que su registro se distingue de las novelas anteriores. La historia se plantea de entrada como un diario de paternidad y, en ese sentido, la trama está más arraigada al tiempo presente del narrador. La relación con el pasado no está tan marcada por la perspectiva, sino por la inmediatez. Eso me parece que singulariza a esta historia, que veo como una suerte de hijo adoptado de los dos libros anteriores.
—Sin embargo, en tu novela más reciente, El mundo que vimos arder, pareciera que existe la intención de marcar distancia de lo familiar como eje articulador de la trama. Se aprecia sobre todo en la historia del personaje Matías, ese joven peruano que abandona su país y que termina envuelto en un dilema ético durante la II Guerra Mundial.
En efecto, aunque, aparece lateralmente el asunto de la paternidad, que es decisivo en la historia de Matías, sí hay un intento de ir alejándome de los temas que antes me resultaban esenciales, no para descartarlos del todo, sino para darles cabida a otras voces, a otras preocupaciones. Tal vez la escritura consista en ir alejándose de la voz originaria para enriquecerla. Aunque tampoco son tantos los temas que un escritor puede abordar. Por lo general, tú escribes, fundamentalmente, sobre las dos o tres grietas que marcan tu biografía. Por eso en mis libros siguen dialogando esas heridas que no terminan de cerrar del todo.
“Las ciudades donde hemos perdido o ganado un vínculo dejan de ser solo espacios y adquieren un grado mayor de pertenencia”.

—La migración es otra experiencia recurrente en tus novelas.
Entre las diversas razones que en el año 2015 me llevaron a vivir en España, estaba la de obligarme a salir de mi centro y experimentar aquello que varios de los personajes de Dejarás la tierra —novela que terminé de escribir en Madrid— habían vivido, como el destierro o la migración, a veces forzada. Así que ese tema de la migración, y España en concreto, comienza a crecer en mis siguientes novelas, como en Algún día te mostraré el desierto, pero sobre todo en El mundo que vimos arder, donde Madrid es una de las ciudades protagonistas de la historia. En esta novela se narra, además, esa experiencia de borrarse de un país para luego aparecer en otro, y cómo ese borrado no deja de afectar las vidas, pensamientos y emociones de aquellos que se han ido. Las ciudades donde hemos perdido o ganado un vínculo dejan de ser solo espacios y adquieren un grado mayor de pertenencia.
—¿Crees que la condición de extranjero puede llegar a ser liberadora?
Ojalá todos nos sintiésemos un poco más extranjeros, porque creo que en nombre de los nacionalismos cada vez se perpetran más discursos agresivos, que no son sino un mecanismo de defensa fallido ante lo distinto, ante lo otro que resulta amenazante. Hay dos tensiones en permanente evolución ahora mismo. Por un lado, la de los nacionalismos y, por el otro, la de los migrantes, esa gente que siente que está haciendo suyo un mundo más diverso y abierto. Tengo la esperanza de que esta última línea se vuelva cada vez más extensa y más fuerte. Estoy seguro de que los hijos de nuestra generación aprecian el mundo de una forma más globalizada. Los jóvenes sienten el mundo más propio y son capaces de viajar a muchas partes sin tanto apego a un determinado lugar o nacionalidad.
—Esto obliga a replantearnos también el modo como concebimos la identidad
La identidad es una categoría que está en permanente transformación, que se desplaza y adapta, y que sufre también repliegues. Ahora existe una demanda de identidad, una necesidad de definirse, de decir quién eres, a dónde perteneces, qué cosas has logrado, cuando creo que la identidad no tiene que ver tanto con lo que nos arropa, con lo que cargamos, sino con aquello de lo que nos hemos despojado. Dice más del individuo no tanto lo que ha logrado, sino lo que ha dejado atrás, ya sea porque se lo han arrancado, o no lo ha sabido conservar, o porque simplemente no sintió la necesidad de seguir llevándolo consigo. La identidad tiene muchísimo menos que ver con LinkedIn, y mucho más que ver con esas cosas que jamás pondríamos en una red social.
—Como ocurre en algunos cuentos de hadas, aquello que dejamos atrás puede servir para retomar el camino de regreso.
Sin duda, lo que te salva muchas veces es lo que vas dejando atrás.
—Volviendo a tus libros, la ruptura amorosa suele ser el disparador de la mayoría de tus novelas. ¿Eres consciente de esa elección, del quiebre o la separación de la pareja como desencadenante narrativo?
Una de mis obsesiones ha sido entender los mecanismos de las relaciones personales en general y, especialmente, de las relaciones de pareja. Indagar en por qué dos personas toman la decisión de construir una vida juntos, y los motivos por los que alguien decide huir de su soledad. Esto tiene que ver también con esa curiosidad sobre los hombres y mujeres de mi genealogía, que se relacionaban de formas muy alambicadas, no siempre legítimas, y que establecían unos lazos muy accidentales y accidentados. Uno de los relatos que más me ha interesado por su potencia dramática es el de la expulsión de Adán y Eva del Paraíso. Quizá eso que señalas como arranques comunes de algunas de mis novelas tenga que ver con el deseo de reproducir esa vieja historia, la de hombres y mujeres que desobedecen para crecer, que deciden emprender juntos un proyecto desobediente.
—La experiencia amorosa y el humor estaban muy aparejados en tus primeros libros. Sin embargo, este ha ido atenuándose en tu escritura. ¿A qué crees que se deba?
Es cierto que mi escritura, con el paso de los años, ha ido perdiendo algo de humor en la medida en que mis libros han ido ganando profundidad en otro tipo de temas. Tal vez se deba a que existe una idea equivocada de que toda escritura celebratoria puede terminar pareciendo frívola. Y admito que es algo que me molesta un poco, porque pareciera que en mis narradores existe un prejuicio con respecto al humor. En rigor, el humor —más situacional que expresivo— lo he reservado para las columnas periodísticas que he ido publicando durante todos estos años en El Comercio.
—El humor también está bajo la lupa en esta época de lecturas policíacas y canceladoras.
Por eso pienso que, en la actualidad, el humor tiene todo un trabajo por hacer en la ficción, porque es en la ficción donde uno se libera, o debería liberarse, de esos corsés que asfixian la cotidianidad. Deberíamos reírnos más en las novelas, sin cohibirnos tanto como solemos hacerlo en las redes o en la vida diaria.
—¿Crees que existe alguna tendencia o temática común en la actual generación de narradores peruanos o se trata más bien de un panorama heterogéneo?
Te diría que, a pesar de que es posible hallar ciertas inquietudes y abordajes comunes en algunos escritores de mi generación —como el de la violencia política, por ejemplo, lo que está imperando es la singularidad. Porque incluso entre los libros de un mismo autor se advierten diferencias notorias. Me parece que esta singularidad es una buena noticia, porque no hay nada más triste para una generación de escritores que crear voces que sean intercambiables.
—¿Cuál es tu inquietud actual como escritor?
Estoy muy interesado en escribir sobre el año 2000 en el Perú, porque algo se modificó en ese momento y aún no hemos terminado de comprenderlo. Esa idea de la recuperación de la democracia, que a la larga terminó siendo muy engañosa, vino acompañada de una serie de fenómenos sociales, a veces microscópicos, sobre los que me gustaría reparar en algún libro. Ese cambio de siglo, además, estuvo movilizado por ideas fantasiosas sobre lo que iba a suceder con el mundo una vez que cruzáramos el umbral de 1999. Nada de lo apocalíptico sucedió, aunque siento que en el Perú sí ocurrió algo apocalíptico, pero de manera gradual, al comienzo de modo casi imperceptible, y que se ha ido extendiendo durante ya casi un cuarto de siglo.
“La literatura, sus zonas grises, sus personajes problemáticos, me han dado la posibilidad de dudar de todo lo que aprendí en el colegio y en la universidad”.
—¿Qué te ha dado y qué te ha quitado la literatura durante todos estos años?
Me ha dado otras vidas. Pero también la posibilidad de ir arruinando una por una todas las certezas que construí hasta los veinte años, de ir desmotando el sistema de creencias en el que fui educado para poder reemplazarlas no por otras creencias, sino por puras preguntas. Soy una persona profundamente escéptica gracias a la literatura. A ella le debo el dudar de las grandes verdades. Mis posiciones políticas son las que son gracias a la literatura: la convicción de que lo bueno y lo malo —aunque existen mínimos sobre los que no podemos negociar— no son categorías tan claras como a veces se pretende publicitar. La literatura, sus zonas grises, sus personajes problemáticos, me han dado la posibilidad de dudar de todo lo que aprendí en el colegio y en la universidad. Podría ponerme dramático y decir que me ha quitado la oportunidad de estar más en el mundo, pero yo te diría que uno lee no tanto para huir de la realidad, sino para intentar comprenderla. Me interesa ese doble movimiento: replegarte del mundo para internarte en una novela que a la vez te permite entender ese mundo del que te has replegado.