La escritora venezolana Liliana Lara, radicada en Israel hace dos décadas, participará en el Festival Benengeli 2024 que organiza el Instituto Cervantes en los cinco continentes del 10 al 14 de junio. El escritor y editor Jorge Gómez Jiménez dialogó con la autora, entre otros temas, sobre el impacto de sus experiencias personales en su narrativa.
Por Jorge Gómez Jiménez
Aunque la escritora venezolana Liliana Lara (Caracas, 1971) vive en un kibutz en Israel desde hace más de veinte años, su conexión con Venezuela es permanente y vivaz. Sigue escribiendo, pensando y leyendo en español, en ese español venezolano que habla en tono de querencia y que se cuela en sus ficciones, en los parlamentos de sus personajes, en la expresión de la alegría y del dolor.
Profesora de español y literatura, Lara inició su formación en Venezuela y es licenciada en Educación, mención Castellano y Literatura, por la Universidad de Oriente (1997), y magíster en Literatura Latinoamericana por la Universidad Simón Bolívar (2002). Además, es PhD en Literatura Iberoamericana por la Universidad Hebrea de Jerusalén (2018), en cuyo Departamento de Estudios Ibéricos y Latinoamericanos recibió el premio Esther Seligson a la excelencia en la investigación sobre literatura ibérica y latinoamericana por su tesis doctoral Dislocaciones: espacio y discurso en la obra de tres autores latinoamericanos migrantes (Krina Ber, Mario Bellatin y Marcelo Cohen).
Cuentista “por sobre todas las cosas”, ha insistido en el género en sus libros Los jardines de Salomón (2007), Trampajaula (2012), Abecedario del estío (2019) y Método rumano para dejar de fumar (2022), e incluso su novela La música de los barcos (2018) no es otra cosa que una serie de “cuentos encadenados”, como ella misma afirma. Hoy conversamos con ella sobre su obra, su concepción de la literatura, y el impacto de sus experiencias personales en su narrativa, en ocasión de su participación en el festival Benengeli 2024, el evento híbrido del Instituto Cervantes que tiene lugar en los cinco continentes y en español.
—Está todavía reciente la publicación de tu libro de cuentos Método rumano para dejar de fumar, que aparece bajo el sello de la pujante Gladys Mendía, LP5 Editora. Es un libro marcado, como buena parte de tu obra, por ese concepto que ha señalado con acierto Miguel Gomes: el transtierro, esa conciencia de pertenencia relativa a un espacio —un país, en tu caso— que sigue marcando tus pasos en cada relato, en cada giro del lenguaje, en cada reacción de tus personajes ante el mundo. ¿Cómo se encuentran, en tu trabajo literario, tu identidad y la vivencia de la extranjería?
Creo que hay que desarmar la dualidad extranjería/pertenencia porque desde hace mucho tiempo tenemos pertenencias defectuosas y al mismo tiempo no somos ya tan extranjeros en los lugares en los que nos encontramos. En mi último libro de cuentos hay algunos relatos que giran alrededor de personajes que intentan calzar en nuevos contextos, o re-calzar en lugares dejados atrás y lo hacen, pero a su manera. Personajes perdidos en lenguas y en discursos, en espacios, en ritos entendidos a medias, en pertenencias adquiridas a pulso; pertenencias tal vez artificiales, pero ¿acaso alguna es completamente natural o dada? Identidades, extranjerías siempre plurales y en movimiento. Me gusta escribir sobre esas oscilaciones, esas grietas, esas ganancias que conllevan pérdidas.
Método rumano para dejar de fumar va por allí, pero no es ni la celebración de lo múltiple ni la congoja por lo que se ha perdido. Tampoco he querido que sea un libro sobre inmigraciones, sino más bien sobre el desarraigo y la contaminación. Es la narración de lo incompleto y lo defectuoso. Lo que es y a la vez no es. Las apropiaciones que finalmente nos constituyen.
—Muchos de tus textos presentan rasgos que con facilidad se pueden identificar contigo o que sin más vueltas son autobiográficos. Pienso por ejemplo en los que conforman Abecedario del estío, esa suerte de diccionario vivencial que fue finalista en el Premio Transgenérico y luego publicaste con Sudaquia. Hablemos de los riesgos y las dificultades que acarrean esos ejercicios de autoficción. ¿Qué es lo más difícil de tomar la propia experiencia y convertirla en literatura?
La verdad es que no me interesa el selfie narrativo. Si bien es cierto que es imposible desaparecer del todo de lo que escribimos, me aburre el giro confesional de cierta literatura de los últimos tiempos. Amos Oz dijo una vez que siempre estaba presente en lo que escribía incluso si se trataba de una biografía de santa Teresa de Jesús, así como también dijo que el lector no debería leer para encontrar al autor, sino para encontrarse a sí mismo. En cierta literatura encontramos al autor, pero no nos encontramos. No sentimos ese estremecimiento.
Abecedario del estío es, si se quiere, mi libro más autobiográfico porque nació de algunas entradas de un blog que llevaba hace algunos años. Es más bien como una serie de fotografías de un momento dado en las que se ha enmarcado un objetivo fotográfico específico, pero se ha dejado de lado muchas otras cosas. Son más bien postales de un verano particular que no refieren una genealogía ni una vida antes del momento que presentan, así como tampoco hablan de un después. Reflejan la persona que era en ese momento y que no es más que un incesante devenir. Todo esto maniobrado por la ficción para darle una forma literaria y de conjunto. Este texto sigue el orden de un abecedario, de modo que todo acontecimiento ha sido manipulado para que calce en esta horma.
En todo caso, en mis textos hay elementos autobiográficos pero borroneados, reescritos, defectuosos, inventados, mezclados con elementos ficcionales. Muchas “realidades” tomadas de distintos campos, pero tejidas entre sí, hacen una gran ficción. Mis textos nacen de sensaciones e imágenes reales, que he vivido, mirado o escuchado, pero luego retoco todo con metáforas y formas ficcionales hasta que se transforma en algo completamente distinto. No me interesa la escritura autobiográfica ni autoficcional porque siento que sólo en la ficción puedo ser más libre.
“El cuento ha recuperado cierta presencia en los últimos años, pero aun así las grandes editoriales siguen prefiriendo la novela”.
—Es casi un tópico entre cuentistas asumir la defensa de este género que recibe tan poca atención de las editoriales. Tú has desarrollado tu carrera en el cuento hasta convertirte en una de las voces más reconocibles de la literatura venezolana contemporánea, pero sé que eres lectora atenta de novela y tú misma publicaste una, La música de los barcos, en 2018. ¿Qué pasa con el cuento? ¿Qué encuentras en este género cuando te sientas a escribir?
Yo escribo cuentos y soy cuentista por sobre todas las cosas.
Mi única novela, en el fondo, está compuesta de cuentos encadenados, cosa que también ocurre con algunos de los relatos de Los jardines de Salomón o de Trampa-jaula. Se trata de cuentos que funcionan solos, pero que están conectados con algunos de los otros relatos del mismo libro. Me encanta ese desdibujamiento entre el cuento y la novela, por eso tal vez últimamente me siento atraída cada vez más por los cuentos largos y las novelas cortas.
Creo que mi gusto por el cuento tiene que ver con una cuestión de respiración, o de falta de ella. Es como si la novelista se sumergiera en un lago con una escafandra y la cuentista tuviera que hacerlo a pulmón. La cuentista tiene el tiempo contado, por eso lo que muestra/ve tiene que ser mucho más intenso y significativo. A mí me encanta el vértigo de la apnea. Armar un mundo con lo mínimo, escribir una sola palabra que concentre dentro de sí una vida, quedar sin aliento. Salir de las profundidades de aquel lago con una alegría que intuye lo enorme de lo no visto y la revelación de lo que se alcanzó a ver. Digo esto no sólo como mujer que escribe cuentos, sino como lectora.
El cuento ha recuperado cierta presencia en los últimos años, pero aun así las grandes editoriales siguen prefiriendo la novela. De hecho, mucha gente que ha leído mis cuentos se me ha acercado para pedirme novelas. Yo no escribo cuentos como preparación para la novela, así como un poeta no escribe poemas como preparación para algo más. Escribo cuentos porque me gusta ese vértigo. Aunque últimamente estoy escribiendo cuentos largos, o novelas cortas, o “novelatos”, como bien los ha llamado el gran Marcelo Cohen.
—“Lo que más me gusta de una novela son sus desvíos”, escribiste en un texto memorable sobre la narrativa, refiriéndote a esas historias alternas que pueden tener o no relación con la obra que las alberga y que por lo general terminan enriqueciéndola, haciéndola tan parecida a ese ejercicio cotidiano de contar lo que nos pasa. ¿Puedes hablarnos de esto?
Me encanta esa pérdida del norte que suelen ser los desvíos literarios.
Precisamente esos desvíos que me gustan en la novela son cuentos en sí mismos que se apartan del camino principal, pero luego vuelven a él, dejando al lector maravillado. También creo en el desvío dentro de los cuentos, y mira que no es fácil desviarse si uno está haciendo apnea, pero hay ciertos grandes cuentos en los que los desvíos brillan como estrellas. Cuentos (o cuentistas) que no suscriben ninguna pesada regla de las que se aprenden en los talleres literarios sobre lo que debe ser un relato. Pienso en los textos de maestros del cuento como Eloy Tizón, Alice Munro o Ana Blandiana.
—En 2021 apareció bajo el sello Kalathos —una editorial, volvamos al término, transterrada— la antología Escribir afuera, de la que ya hablamos en su momento y en cuya selección trabajaste con Katie Brown y Raquel Rivas Rojas. Son textos de la diáspora, de autores venezolanos que salieron del país por diversas razones, contando entre ellas por supuesto la difícil situación que se vive en Venezuela. En tu opinión, ¿cómo ha cambiado la literatura venezolana en este siglo? ¿Qué papel ha tenido en ello el exilio?
Fue un placer enorme llevar el proyecto de Escribir afuera junto a mis queridísimas Katie Brown y Raquel Rivas Rojas, porque no se trató sólo de la antología que fue publicada por Kalathos, sino que también dio pie a una serie de conversaciones online con los autores de los cuentos antologados que se podían ver en vivo y que llamamos Encuentros a la intemperie (ahora están colgadas en YouTube y Spotify). En la antología no sólo hay autores de la diáspora, sino que también incluimos autores que estaban dentro de Venezuela porque sentimos que el tema del desarraigo y la inmigración afecta a ambos y a través de los diálogos que surgieron en cada encuentro nos dimos cuenta de la necesidad de esta conversación, de esta conexión entre autores que no sólo se encuentran dispersos geográficamente, sino que tampoco tienen espacios para el encuentro por diversos motivos.
Por supuesto que esta diáspora ha cambiado a la literatura venezolana de diversas maneras y, repito, no sólo a quienes escriben desde afuera, sino también a quienes escriben desde un adentro cada vez más complejo. Este movimiento, este flujo, ha traído consigo una contaminación y una apertura muy productiva que incluye no sólo la temática, sino también las formas de ver el mundo, la lengua desde la que se escribe, así como nuevas tradiciones y genealogías.
“Hay tres autores contemporáneos que para mí son fundamentales, no sólo en el campo de la literatura venezolana, sino en español en general, se trata de Rubi Guerra, Krina Ber y Miguel Gomes”.

—Hace más de veinte años que vives en Israel, pero no has descuidado tu relación con Venezuela. Aparte de la antología ya mencionada has participado como autora en otra de importancia, Pasajeras: antología del cautiverio; has sido además jurado de diversos concursos y mantienes una activa relación con tu país. No olvido que hace poco nos “vimos” —tanto como puede uno “verse” en una sesión de Zoom— en la presentación de Todo es lo que parece, de Carolina Lozada. Quisiera entonces conocer tu visión acerca de la literatura venezolana actual, a quiénes lees con atención más allá de que vivan dentro o fuera del país.
Hay tres autores contemporáneos que para mí son fundamentales, no sólo en el campo de la literatura venezolana, sino en español en general, se trata de Rubi Guerra, Krina Ber y Miguel Gomes. Autores poco conocidos fuera de Venezuela, pero que tienen un proyecto creador muy sólido y que son para mí realmente maestros. Vuelvo a ellos cada vez que puedo. Los leo con fervor y aprendizaje.
Además, hay muchos autores nuevos superinteresantes y con mucho que decir, que están publicando libros maravillosos a pesar de lo disperso y complejo que es el campo cultural venezolano actual. En estos momentos estoy leyendo Desde la salvajada, de Alejandra Banca, y S, M, L, de Ricardo Montiel, y me encantan.
—Tienes un PhD en Literatura Iberoamericana por la Universidad Hebrea de Jerusalén. Me gustaría saber cómo percibes allá el interés por las letras que se escriben de este lado del mundo. ¿Qué importancia tiene el estudio y la difusión de la literatura de nuestra región, de nuestro idioma, en un contexto cultural distinto como el de Israel?
En Israel hay muchísimo interés en la cultura hispanoamericana, están muy abiertos a la música, la comida, la lengua, las telenovelas, el fútbol, pero no pasa igual con la literatura. Por lo general sólo se traducen algunos autores que han sido publicados antes en grandes editoriales españolas y que de alguna manera garantizan las futuras ventas. Hay una pequeña editorial que traduce a otros autores latinoamericanos, pero a muy pequeña escala. A mi juicio, el interés por la literatura latinoamericana es relativamente pequeño aquí.
—Hablemos de la guerra. ¿Qué cambió para ti el 7 de octubre cuando ocurrió el ataque de Hamas? ¿Cómo se vive en un país en guerra?
La guerra está en pleno proceso y todavía no me siento capaz de poner en palabras lo que cambió en mí a partir de la mañana nefasta del 7 de octubre, ese sábado oscuro que de alguna manera ha durado ya siete meses. Hace un rato, mientras manejaba hacia mi casa, sonó la sirena que anuncia los cohetes lanzados por el Hamas desde Gaza. Enseguida salí de mi carro y me tiré al suelo, tal como recomiendan hacer. Desde allí pude ver los cuerpos sobre el pavimento de los demás conductores, mientras esperábamos que pasara la explosión y ligábamos que no nos cayera encima. Tirada sobre el asfalto pensé que esto no se acabará nunca, mientras en la radio Olivia Newton-John y John Travolta cantaban un viejo éxito.
Yo vivo en el sur de Israel, a diez kilómetros de la frontera con Gaza. Los terroristas llegaron aquel sábado muy cerca del portón de entrada de nuestro kibutz, abierto de par en par como siempre, y por algún tipo de milagro inexplicable no entraron, tal como sí hicieron en otros lugares muy cercanos, donde incendiaron, violaron y mataron todo a su paso. Familias muy queridas por mí fueron asesinadas en sus casas sin que quedara ni un solo sobreviviente (los encontraron abrazados y acribillados, enlazados y taladrados por el odio). Gente conocida estuvo (y algunos todavía están) de rehenes en Gaza. El ejército de Israel respondió con toda la fuerza posible y la muerte reina ahora también en todos los poblados por donde ha pasado, del otro lado de la frontera. Mientras tanto los líderes del Hamas están cómodamente en algún búnker ultracostoso o a miles de kilómetros de todo. El Hamas y la derecha israelí son dos caras de la misma moneda y no tienen ningún interés en llegar a algún acuerdo. Mientras tanto, la gente común de ambos lados está sufriendo, pero esto poco les importa.
Sobre la guerra sólo puedo decir que siento una tristeza infinita.
—Has sido invitada al Benengeli 2024, el evento del Instituto Cervantes que involucra varias de sus sedes y autores internacionales de renombre. Este año se hablará sobre humor y tragedia, dos caras de la misma moneda literaria y una dupla que siempre está muy presente en tus textos. ¿Es eso consciente en tu obra? ¿Cuándo aceptamos la dosis de humor que involucra toda tragedia?
Suelo reírme mucho cuando escribo y no porque mis cuentos estén de plano en el género del humor, sino porque tienen ciertas imágenes que al menos a mí me producen mucha risa. Si no me río en el proceso de escritura, aunque sea una vez, sé que entonces el texto no está funcionando. A veces es sólo una leve sonrisa, a veces una carcajada. Lo mío es lo agridulce porque no podría ser de otra manera. En el núcleo más íntimo del humor encontraremos siempre mucho miedo y dolor.
Para mí el humor es una herramienta de supervivencia, una válvula de escape. Mientras estaba boca abajo en el asfalto, no pude evitar lanzar un “ja, ja” por la canción de Grease en la radio, que enseguida quedó ahogado por el ruido de la explosión.
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