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La disrupción, lo sensorial, la dispersión: Galápagos de Fátima Vélez

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La disrupción, lo sensorial, la dispersión: Galápagos de Fátima Vélez
By Juan Camilo Rincón 12 de mayo de 2022
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Fátima Vélez, escritora colombiana.
Fátima Vélez, escritora colombiana.



Entrevista a la escritora caldense Fátima Vélez sobre Galápagos (Laguna Libros, 2021), su primera novela en un mar de poesía, después de Casa Paterna (Universidad Externado de Colombia, 2015).

Por: Juan Camilo Rincón. Periodista, escritor e investigador cultural

Una escritura que nos entrega, sin reservas y sin contenerse, con un lenguaje fluido, dulce y crudo a la vez, algunas de las realidades que a veces preferimos rehuir o que buscamos ver de una manera aséptica y prolija. Esa es la narrativa de Fátima Vélez, quien ha recorrido la potencia de los caminos de la poesía y que hoy, en su primera novela, se arroja al bravo mar de la prosa, donde los fluidos, los cuerpos, las heridas, los olores, las molestias y los ruidos son palabra, imagen y sensación inescapable.
Vélez, fundadora de la residencia para artistas Residencia en la Tierra, ganadora del Concurso Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá en 2015 con el libro Diseño de Interiores y doctora en estudios culturales hispanoamericanos de City University of New York, nos entrega una literatura que absorbe y nos nutre de lo que ella misma ha construido desde la propia experiencia e inspirada por otras literaturas disruptivas. Una narrativa que no busca explicar y que, entre el abono, la tierra que traga y el barro, difumina las fronteras entre los géneros para revelar lo que a veces nos resulta incómodo.
—En Galápagos resulta muy interesante la ausencia de los puntos. ¿De dónde nace la idea de prescindir de ellos y llevar toda la narración con comas?

La idea de prescindir de los puntos surge de la necesidad de narrar la vida propia desde un momento en que se produce una diferencia, la diferencia de la enfermedad que se va tomando el cuerpo. Yo quería narrar ese presente mientras va sucediendo, sin distinción entre lo que se dice y se hace. En primeras versiones de la novela esa primera parte tenía algunos puntos seguidos, pero luego, en la edición (a mí me gusta mucho leer en voz alta), me di cuenta de que esos puntos estorbaban, que interrumpían un flujo, un exceso que era parte de la voz de ese personaje y de lo que yo quería transmitir a través de ella. Entonces, quité los puntos sin más. Decidí apostarles a las comas porque me resultan unos signos de puntuación muy llamativos gráficamente, y a la vez, permiten una pausa no interrumpida, más bien la de un paso de una acción a otra, que es mucho lo que sucede en esta parte del relato. Cuando hablo del aspecto gráfico de las comas me refiero a que parecen olas, y eso, no sé si consciente o inconscientemente, se conecta con el oleaje de la segunda parte, lo anticipa.  
 
—En el episodio del viaje en barco, ¿con qué personaje te identificas, o qué tienen esos personajes de ti?
No sé si me identifique con algún personaje en particular. Lo obvio sería que me identificara con Paz María por ser mujer, por las experiencias que ha tenido con la maternidad, por una enfermedad en la piel de las palmas de las manos que compartimos. En realidad, sí me identifico con ella, pero no solo por las razones anteriores, sino porque ella encarna muchas mujeres que he conocido y que me han fascinado e influenciado; algunas que he conocido personalmente, otras de las que solo he oído hablar, pero sobre quienes he hecho muchas preguntas. Digamos que todxs los personajes son una mezcla de pedazos de mí y de la absorción de personas que he conocido a lo largo de mi vida, de sus historias y experiencias. Pero también encarnan la exacerbación de algo que me interesa señalar, por ejemplo, la frivolidad cómica y mortífera de los millonarios terratenientes que se creen aristócratas.
 

—¿Cómo te ha permitido la literatura abordar una diversidad de temas sin tabúes ni restricciones, como por ejemplo cuando denuncias los asesinatos de personas LGBTIQ+?
Me parece increíble que, incluso viniendo de un país en guerra, en un limbo rarísimo entre régimen paramilitar y democracia, la literatura pueda ser un espacio de libertad. Tal vez lo que hace posible que se pueda publicar en un país tan violento y conservador es que está gobernado en su mayoría por analfabetas, que no ven como peligro a la literatura, y por eso no intentan silenciar, no hacen censura, dan por hecho que como nadie lee literatura, estas ideas no van a calar en la mente de nadie. Y es probable que así sea, que las dificultades de acceso a los libros permitan, paradójica, y también tristemente, esa libertad. Entiendo la libertad como un espacio donde no hay restricciones sobre lo que se puede hablar, pero que para decirse requiere elaboración, no por la necesidad de encontrar un eufemismo (aunque en algunos casos el eufemismo ha sido una necesidad, por ejemplo, en épocas de censura), sino porque la elaboración permite desbaratar ideas binarias, entender que hay cosas que no podemos entender. La literatura ha sido el lugar donde he podido decir las cosas que he querido decir, por ejemplo, ante mi familia, pero que si se me ocurre decirlas en reuniones familiares correría el riesgo de que no me dejen volver a ver a mi abuela. Mentiras, no tan exagerado, pero casi. También es el espacio donde expreso mis observaciones, intuiciones, sensaciones de años sobre lo que me rodea. Es un espacio donde puedo decir sin estar tan expuesta, aunque habiéndome expuesto a todo. 
 
“La literatura es un espacio donde puedo decir sin estar tan expuesta, aunque habiéndome expuesto a todo.”
Portada de Galápagos, libro de Fátima Vélez, escritora colombiana.
Portada de Galápagos, libro de Fátima Vélez, escritora colombiana.

Galápagos 

Autora: Fátima Vélez 

Género: Novela 

Editorial: Laguna Libros 

Páginas: 300

—Al leer el libro uno se da cuenta de cuánto nos cuesta naturalizar lo natural. ¿Por qué crees que nos resistimos tanto a los fluidos, a las secreciones, a todo eso que hace parte de nuestra naturaleza como seres vivientes?
Natural me parece una noción bien complicada, porque alude a un estado fijo, previo a lo que hemos devenido como especie, como si lo que fuéramos ahora estuviera compuesto por capas de construcciones sociales y culturales, y cuando decimos natural habláramos de una vuelta a lo que ya no somos. Tampoco me convence la idea de “naturalizar” porque lo asocio con lo que se calcifica, por ejemplo, hemos naturalizado ideas sobre la familia o sobre la patria o sobre la salud hasta el punto de considerarlas naturales. Creo que siempre es importante ser conscientes de que todo lo que naturalizamos como natural es parte también de esas capas, y que quizás esas construcciones sean tan naturales como los fluidos del cuerpo. 
Me interesa, eso sí, señalar lo que el cuerpo produce, lo que puede, de lo que es capaz. La tradición judeo-cristiana ha puesto el énfasis en el cuerpo como un escenario de dolor, de culpa y vergüenza. Es difícil salir de ese marco, porque, por lo menos en mi caso, fui criada bajo ese esquema; el cuerpo era un lugar de sufrimiento, al que debía trascender para llegar al verdadero mundo. De una buena cristiana se espera un cuerpo capaz de mantenerse al margen de la tentación de la carne. Y todxs sabemos lo difícil que es eso. Y yo sufría mucho porque desde niña era muy dada a los placeres, me gustaba mucho la comida, dormir, la ropa, las texturas, la sensualidad de los cuerpos, es decir, todo lo que mi crianza católica rotulaba como pecado, y por lo tanto, rechazaba. Esa separación entre la mente, el alma y el cuerpo en mi infancia me hizo mucho daño, porque creía que era “natural”, pero también sabía que algo estaba muy mal ahí, que no encajaba. Me gustaba mucho el personaje de Jesús porque me parecía muy corporal, pero no tenía las herramientas para decirlo, y manifestar la importancia de la corporalidad en una sociedad tan conservadora y católica como la de Manizales, pues no fue fácil. Igual me llamaba la atención el culto al cuerpo, a las reinas de belleza, a las actrices. Me parecía una gran contradicción que me ponía muy triste y me frustraba por no sentirme lo suficientemente bella. Yo creo que esa fue una de las razones por las que me atrajo la literatura. Me parecía que para leer y escribir no era necesario el cuerpo, porque me criaron con una idea de lo corporal relacionada con un culto al cuerpo y al ejercicio físico, y no a la exploración de nuestros cuerpos como territorios de placer y resistencia. Cuando niña desarrollé un odio al ejercicio físico que se me quitó apenas hasta hace unos años cuando descubrí la salsa y me volví corredora. Me es imposible creer en este momento en una separación entre la materia del cuerpo, nuestras mentes y eso que podríamos llamar alma o espíritu o fuerza o energía; creo que todo está relacionado de unas maneras misteriosas y que mi imaginación se embelesa cuando empieza a explorar ahí. 
Ahora que lo pienso, no fue hasta que salí de Manizales, y luego de Colombia, que empecé a explorar los fluidos corporales como materia de la literatura. En ese momento recibí varias críticas sobre cómo se me ocurría meter en un poema la menstruación, o un aborto, o algo tan del día a día como cagar, comer, orinar. O incluso peor, el polvo de una casa, los guantes amarillos con que lavo los platos. 
 
—¿Cómo logras llenar de poesía aspectos tan complejos de la vida como el cansancio, la enfermedad, la incertidumbre, la soledad?

Ja ja ja, no es que yo diga, “Ah, voy a llenar de poesía esto”; lo que pasa es que a mí me gusta mucho el lenguaje y su materialidad, entonces lo que hago es explorar situaciones rodeándolas, sacándoles el jugo, intentado decirlas de muchas maneras, a través de imágenes, me gusta mucho trabajar con imágenes que producen sensaciones físicas. Supongo que cuando decimos que algo está lleno de poesía no es porque creamos que es bello, sino porque la manera en que está expresado (por ejemplo, una línea roja que agrieta las nubes de esta tarde) está tocándonos de una manera en que no habíamos sido tocadxs, está despertando la atención de algo que tal vez estaba desconectado y que la poesía logra conectar a través de nosotrxs.
 
—¿Cuál es tu insumo para lograr descripciones tan ricas? (por ejemplo, como describes a Emma Reina, el pelo y el ser de Donatien, el proceso con las uñas y lo que significan…).
Gracias, me siento halagada. Mi insumo es estar siempre muy atenta a lo sensorial, a lo que me produce el encuentro con otros cuerpos, no necesariamente de mi pareja, sino, por ejemplo, la sensorialidad que me produce la descripción sensorial de un encuentro sexual que me cuenta una amiga. Yo siempre estoy anotando y cuando voy a hacer la descripción de un personaje tengo un apartado de mi libreta donde voy sacando detalles y voy armando.
 
—¿Las manos tienen algún sentido especial o particular para ti?
Como te dije antes, sí, porque hace como 10 años me dio una dermatitis muy fuerte en las palmas de las manos que complicó mi relación táctil con las cosas. Hoy en día está controlada, pero durante mucho tiempo tuve las manos en carne viva por temporadas y era muy doloroso y sobre todo demasiado fastidioso. Hasta hoy nadie ha podido saber qué es lo que tengo, pero lo curioso es que desde que me dio esa enfermedad me he topado con mujeres increíbles que también la tienen; por ejemplo, mi amiga Marisol, violinista, la conocí en un baño en Medellín, en un festival de poesía. Cuando nos dimos la mano nos pasamos la corriente, literal, un electrocutamiento, como si nos reconociéramos hermanas en esa enfermedad de las manos. Y desde ahí somos muy buenas amigas. Yo creo que hay algo bien poderoso en esa enfermedad (y tal vez en todas, pero no quiero romantizarlas porque en realidad esta es una enfermedad suertuda comparada con las que producen dolores o situaciones de vida insoportables); un exceso de sentir que hace que el tacto sea difícil. Lo que yo hice fue rascar ahí, literalmente: la dermatitis produce mucha piquiña y eso es lo que crea las heridas y las infecciones. Para mí ha sido una enfermedad llena de potencia, no solo porque me obsesioné con los bultitos de pus que me relaja explotar, sino porque me ha dado mucha materia para mi escritura, esa relación de exceso de sentir y la incomodidad en parte les dio vida a ciertos aspectos de Lorenzo y Paz María.
 
—En el libro uno siente una literatura muy fluida sin ser vertiginosa ni agolpada (en eso tienen que ver las comas, seguramente). Dado que te has movido tanto entre geografías, ¿ese movimiento constante ha influido en tu escritura y en tu forma de crear?
No lo había pensado, pero seguramente sí; aunque las mudanzas igual me cuestan. Por ejemplo, llevo viviendo siete años en mi casa de Nueva York. Es la primera vez que paso tanto tiempo en un mismo lugar. Cuando niña nos mudábamos al menos dos veces al año con mi mamá y mi hermana, porque la situación económica era muy inestable. Y aunque siempre vivimos en la misma ciudad, pasamos por muchísimos lugares. Yo odiaba los trasteos, pero eso me enseñó algo de desapego con las cosas materiales. Me gusta mucho la casa en la que vivo ahora, tengo muchas plantas y un jardincito en el verano que cuido un montón, una biblioteca y un montón de chécheres, pero igual vivo con la sensación de que no puedo tener muchas más cosas, porque, como digo en un poema, “no vaya en un descuido a crecer una raíz.” Lo que trato de decir es que a pesar del movimiento constante que ha sido mi vida, me gusta la estabilidad. Supongo que la escritura es un poco también eso, la estabilidad de lo inestable, darle una forma a algo informe. Ese movimiento constante tiene que ver con maneras en que opera mi cabeza, una dispersión constante, y aunque intente domesticarla dándole una forma, igual se sale por todos lados y pues en Galápagos dejé que lo hiciera y aposté (o más bien mi editor y editorial apostaron) a que eso fuera una forma válida para una novela.
 
—¿Cuál es el personaje de Galápagos que más te gusta, y cuál el que más te costó crear?

El que más me gusta es Paz María, porque, como dije antes, es una síntesis de muchas mujeres que directa o indirectamente han pasado por mi vida. Ella encarna el reconocimiento de esa influencia, pero también la fragilidad de la salud mental y la sensación de no encajar cuando tienes el don o la maldición de la hiper lucidez. Me costó crearla porque la quería excesiva, extravagante, a veces machista y clasista, y que, al mismo tiempo, pudiera exhibir y conmover con su poder y su fragilidad. 
 
—Siento que este es también un libro de muchas texturas, sensaciones físicas, olores, golpes de impresiones visuales. ¿Cómo aporta eso a la narrativa?

Mi apuesta es por la creación de una narrativa que afecte la experiencia sensorial. La narrativa que me atrapa tiene que ver con esta capacidad de afectarme físicamente, de sentir que las palabras me alteran algo en el cuerpo. No me interesa ni contar ni que me cuenten historias solamente, y estoy bastante cansada de las fórmulas narrativas, aunque las sigo explorando, pero si no se me mueve algo físicamente, pues no me conecto. 
 
—En una conversación dijiste que cada vez admiras más a quiénes escriben novelas, “esas cosas tan infinitas” que no entiendes cómo se acaban. ¿Cómo fue tu experiencia con este género?
Antes de responder a esta pregunta quiero aclarar que no es que considere a la novela un arte por encima de otras. Gracias por hacerme esta pregunta, porque quiero aclarar a qué se debe esta “admiración” que en realidad alude a una fascinación y también a un misterio que me produce mucha curiosidad. Me maravilla que exista tanta gente que le dé por meterse en esto de escribir novelas y que además logre completarlas. Me sorprenden las novelas como objeto, porque su existencia en las estanterías de las bibliotecas, de las librerías, da cuenta de la existencia de millones de ambiciones y/o de impulsos; la existencia de cada novela da cuenta de un cuerpo que dedicó horas y horas a este trabajo. 
Escribir una novela es enorme, es darle forma a un artefacto que contiene un mundo creado desde cero por una persona con nombre y apellido con acceso a un cuarto propio. Hay que producir tanta cantidad de lenguaje, pero no así no más, sino un lenguaje que le ponga una cara y una ropa y una voz y un pensamiento más paisaje más atmósfera a un personaje, digamos que una ella, que a su vez es narrada por una voz, que puede ser la de ella misma incluso sin saberlo. Es increíble decir que había una mujer que era así y asá, y que eso vaya instalándose en la imaginación de alguien. 
La creación de estos artefactos requiere, por lo menos en lo corrido de la historia de la literatura, y no solo occidental, además de una imaginación potente, mucho tiempo, concentración, dinero y luego un acceso a las editoriales y canales de distribución. En este sentido, lo que más me sorprende es que existan mujeres negras y mujeres indígenas (aunque no conozco hasta ahora a la primera novelista de origen indígena colombiana, y eso tal vez sea bueno porque quizás hay una que escribe en nasa yuwe para poner un ejemplo y no hay traducción al español, pero estoy yo acá especulando) y también mujeres mestizas y mujeres blancas, pero pobres, que han tenido que trabajar y al mismo tiempo mantener un hogar, a quienes escribir no les fue permitido, y aún así, a través de estrategias increíbles, lograron escribir y publicar y al hacerlo, han ido desinstalando, poco a poco, la idea de un cuarto propio para poder escribir y editar una novela. 
He estado leyendo a escritoras favoritas, navegantes inter-género (literario), hablar sobre ese debate entre la poesía y otros géneros, como el ensayo y la novela. Audre Lorde dice sobre las diferencias materiales entre la poesía y la prosa que la poesía les ha permitido a mujeres que no pueden darse el lujo del cuarto propio (como lo requiere la novela) hacer literatura desde los baños, las cocinas, los trenes, hospitales, y desde cualquier lugar, entre un turno de un trabajo a otro. La poesía, dice Lorde, en su extensión, en su forma de aparecer, en su economía, nos permite esa movilidad; mientras que la novela exige una concentración, una inmovilidad, y muchas veces una máquina que nos obliga a abandonar el mundo alrededor para dedicarnos solo a eso. 
Yo no pude ni quise darme ese lujo de la abstracción. Para mí escribir Galápagos pocas veces implicó encierros de muchos días, sino ir aprovechando cada micro momento que le sacaba a mis responsabilidades. Creo que por eso es una novela llena de distracciones de lo doméstico, de interrupciones de mi hijo pidiéndome algo, que se acabó el papel higiénico o la crema de dientes. Para mí dejar de hacer mi vida para encerrarme a escribir dejó de ser la utopía, el paraíso, como diría mi difunta abuela cristiana. En lo que trabajo es en ese engranaje entre la vida y la escritura. Por eso creo que a veces me salen unos engendros, en donde lo que he intentado, lo juro, es explorar el lenguaje hasta hacer salir de ahí flujos y seres y hacerme muchas preguntas sobre el mundo que me rodea y hurgar y hurgar en esas preguntas sin esperar respuestas, como lo hace el ensayo de Sylvia Plath, donde en apariencia defiende la poesía sobre la novela, pero al final lo que hace es una descripción afilada, como todo lo de ella, bien penetrante de ambos oficios cuando se trata de temas como  hablar de un cerezo o narrar una reunión de jóvenes esposas, amas de casa de clase alta de los suburbios gringos de los sesenta que hablan de la maternidad mientras recogen en una guardería infantil a sus bebés de un año.

—¿Cómo dialogas con otras literaturas femeninas hoy?
Dialogo con escrituras de mujeres de muchos tiempos, del mío y también de sujetxs que no la han tenido fácil para materializar sus ideas en formas de libros y también de sujetxs quienes, a pesar de haberla tenido fácil, pueden entender que no todo el mundo tiene los mismos privilegios y logran darse cuenta de la potencia de la literatura para interferir en los prejuicios de la clase, la familia, la religión, hasta las formas de pensar y sentir cooptadas por la moral burguesa, cristiana, pero también aristócrata, cualquier cosa que siga poniendo a una persona por encima de otra. Me interesa la literatura como forma de desestabilización de los sistemas cómplices de la desigualdad y de la injusticia social. Esto no quiere decir que me interese lo políticamente correcto, al contrario, me aterra, una sabe que detrás de todo lo políticamente correcto hay mucha mierda que alimenta la desigualdad. 
Dialogo con las luchas feministas que han permitido que yo pueda escribir y vivir la vida que quiero y amar a quien yo quiera, pero considero que es una lucha amplia que debe aliarse con las luchas de otros cuerpos y subjetividades y colectividades, no solamente las de quienes nos identificamos como mujeres o nacimos con un sexo clasificado de femenino. 
Dialogo con la literatura que me afecta, que opera como una disrupción y posibilidad revolucionaria, sea del escritorx del género que sea, se identifique con lo que se identifique. La cosa es que últimamente eso que busco, eso que me despierta posibilidades de vida que a mí no se me habían ocurrido. Por lo general lo causan libros escritos por mujeres, que ponen a temblar todo eso que hasta ahora hemos concebido como femenino. 
 

“Me interesa la literatura como forma de desestabilización de los sistemas cómplices de la desigualdad y de la injusticia social (…). Dialogo con la literatura que me afecta, que opera como una disrupción y posibilidad revolucionaria, sea del escritorx del género que sea, se identifique con lo que se identifique.”

Fátima Vélez, escritora colombiana.
Fátima Vélez, escritora colombiana.
—Como escritora y como mujer, ¿cómo ves hoy las instituciones sociales? 
Las veo como eso, como instituciones sociales, por lo general dominadas por el Estado, que obedecen a las malas decisiones de un gobierno de turno. Si te refieres a la familia, y creo que es algo de lo que he hablado mucho, me parece que la familia nuclear, heteronormativa, es una piel muerta. No, ni siquiera, porque si fuera una piel muerta al menos se descompondría y volvería a la tierra; es más un pedazo de icopor, que se usa en todos lados, no se deshace nunca, contamina a gran escala y nadie se explica por qué se sigue usando. Hay algo en mí que dice que lo que le funcione a cada quien, respetar lo que cada persona haga con su vida. Y sí, respeto hay. Pero cada vez creo menos en el cada quien, y mucho menos en la familia como una institución necesaria. ¿Necesaria para qué? Y sobre todo, ¿para quiénes? Claro que amo a mi familia, pero me parece que ese amor no debería justificar que no me importen las otras personas solo porque no hacen parte de lxs míxs. Creo mucho en la consigna de Francia Márquez: Soy porque somos, me parece que no es una idea ni utópica, ni exótica, sino una forma de que la vida sea más que supervivencia, poder tener las condiciones básicas suplidas para poder disfrutar. Creo que si cada una de las personas que habita este planeta entendiera la noción de interconexión, de que nuestra vida es posible en la medida en que otras vidas humanas y no humanas pervivan, podríamos de verdad vivir sin que prime el hambre, la guerra, el sufrimiento. No sabría cómo podríamos llegar a esa forma de vida, pero puedo imaginarla.
*Texto publicado originalmente en la edición #98 de la revista Libros & Letras (impresa)
JUAN CAMILO RINCÓN

Sobre el autor: *JUAN CAMILO RINCÓN.

Periodista y escritor. Publicó Manuales, métodos y regresos (Arango Editores). Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia (Libros & Letras), Viaje al corazón de Cortázar. El cronopio, sus amigos y otras pachangas espasmódicas (Libros & Letras).

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