El escritor francés Michel Houellebecq nos presenta un panorama pesimista en cuanto al presente y al futuro de nuestras sociedades. A su vez, su pluma es ofensiva y afilada, lo que provoca tanto enemigos como fanáticos de su obra. ¿Qué tiene para decirnos?
Por Juan Fernando Aguilar / Escritor
El escritor francés Michel Houellebecq reviste el aire de lo que desde el siglo XIX se conoce como Enfant terrible, un transgresor que ha sido tildado de misógino, racista, y aun de pervertido. Es uno de los escritores más leídos de los últimos tiempos y también una de las plumas más geniales y precisas de este siglo.
El escritor francés Michel Houellebecq reviste el aire de lo que desde el siglo XIX se conoce como Enfant terrible, un transgresor que ha sido tildado de misógino, racista, y aun de pervertido. Un enemigo de Occidente, alguien que nadie debería leer, alguien al que es preciso silenciar. Sin embargo, a pesar de la aversión que genera su obra, es uno de los escritores más leídos de los últimos tiempos y también una de las plumas más geniales y precisas de este siglo.
Houellebecq no puede ser encasillado en ningún género. Aborda una cuestión del ser cercana al existencialismo, planteando individuos solitarios y aislados que contemplan la muerte, la decadencia, la insatisfacción sexual y el declive de las promesas revolucionarias del Mayo Francés, terminadas una a una en una exclusión sistemática del sujeto, alienado y apartado, emboscado por discursos morales y políticos que hace mucho han perdido el rumbo.
En Las partículas elementales (1998) se nos presenta la historia de dos hermanos, Michel y Bruno, separados por sus oficios, pero unidos en la soledad y en la incapacidad para amar y ser amados. Michel es un biólogo desinteresado casi del todo de las relaciones humanas, mientras que Bruno es un solitario que, desde su promiscuidad, busca encontrar otro tipo de vínculo, enfrentándose una y otra vez con el mismo fracaso. Ahora bien, esta falta de amor, esta anhedonia, no es solo el sufrimiento de los hermanos, es el sufrimiento de todo Occidente que, después de Mayo del 68, convirtió el placer en una moneda de cambio, en un bien medible y una competencia. A los ojos del escritor, el auge del hippismo, su exacerbación de la libertad y la sexualidad, terminaría por servirle al capitalismo al igual que todos los mercados derivados de los movimientos libertarios y contraculturales.

Si bien esta decepción del Mayo Francés y del movimiento hippie ya había sido indicada por Jean-Paul Sartre y por Jacques Lacan, Houellebecq iría más allá al señalar que el ataque sistemático por parte de las Izquierdas contra la institución familiar y matrimonial solo ha conseguido dejar desnudo al individuo, a merced del mercado, de los poderes comerciales y laborales. Una familia está ligada por afectos, no por cuestiones ideológicas, mientras que la pareja es un elemento a elegir. Su desaparición significaría entonces la soledad y la vulnerabilidad absolutas ante la voracidad de la sociedad de consumo.
La censura, o bien, la llamada cultura de la cancelación como la conocemos hoy, no es en lo absoluto un fenómeno reciente, y acaso podríamos comparar la visceralidad que despierta Houellebecq con la que en su momento ocasionó el Marqués de Sade en tanto que ambos atacaron una moral que en cada tiempo se consideró implacable, inalterable, y casi religiosa. ¿Quién podría cuestionar tanto la ética sexual como Sade? ¿Quién podría arrinconar los ideales contraculturales y revolucionarios como Houellebecq? Al final, ambos, junto a tantos otros artistas, han desnudado a una sociedad y han señalado una hipocresía fundante, transversal a todo lo que la sostiene.
Lo vemos también en Ampliación del campo de batalla (1994) en la que un hombre solitario, célibe, que trabaja como programador en una compañía, desciende en la depresión, consciente de su propia insignificancia en el mundo, diciéndose que podría desnudarse o caer muerto en el metro, sin que nadie se preocupase o se lo tomase como nada distinto a una simple molestia. El protagonista detesta el psicoanálisis, llamándolo, como lo hizo Karl Krauss en los albores del siglo XX, un enemigo de la humanidad, un histerizante que solo desemboca en crueldad, egoísmo y aislamiento. Detesta también a las mujeres, a sí mismo, a la vida que no parece ir a ningún lado más que a la ira. Durante años hubo un campo de batalla en el que cada uno tenía que luchar: La supervivencia, el techo, la consecución del amor y la compañía. Con la llegada del liberalismo económico y las obligaciones que entrañan los nuevos objetivos de vida, el campo de batalla se ha extendido y los individuos son cada vez más solitarios, más tristes, más proclives a caer en la medicación y en los dominios psiquiátricos.

Cada escritor en cada época interpreta su tiempo y propone las preguntas correspondientes. ¿En dónde queda el hombre desde la perspectiva de Houellebecq? Vulnerable, enfrentado a la banalidad del placer y de la monetización del mismo, atrapado en trabajos anodinos donde languidecerá durante años, incapaz de establecer lazos que no estén mediados por ideologías o comercio. Estará destinado a la depresión, a la contemplación del suicidio y a la soledad. Ante tal panorama de sufrimiento y nihilismo, podría decirse que el autor francés es una voz combativa en el terreno de la salud mental en tanto que plantea un escenario que pone de relieve la agonía de la contemporaneidad y su indiferencia ante el dolor.
Ahora bien, la crítica de Houellebecq va más allá de los fallidos ideales occidentales, o bien, de la génesis de derechos y principios basados en la Libertad, la Igualdad, y la Fraternidad que han servido de referente para Occidente y también para el actual espectro de la globalización. El escritor planteará en libros como Plataforma (2001) y Sumisión (2005) cómo Europa se ha rendido y humillado ante el islam; cómo ha sacrificado sus propios valores y ha derruido su historia. Más allá de la verdad, si es que puede haberla, más allá de cualquier ideología de izquierda o de derecha, Michel Houellebecq no ha tenido miedo en abrir una discusión referente a un tema tan delicado e inestable como la inmigración, lo cual le ha granjeado odio y admiración a partes iguales.

En síntesis, la obra de este escritor francés, narrada en una prosa directa y sin mayor ornamento que los escenarios y la reflexión, ofrece una disección de nuestras sociedades, buscando darle respuesta a la soledad, a la continua imposibilidad de la obtención del amor, a la sensación, y por momentos, también la certeza, de no ser más que otro engranaje en la gran máquina de subjetividades que Deleuze y Guattari atacaron, y que los años 60, con todas sus revoluciones, prometieron derrotar.
Podría decirse también que Houellebecq representa un pensador, un filósofo y un crítico cultural que, sin el más mínimo temor de ofender, propone una obra libre de eufemismos y de la corrección política que tanto desprecia el autor. Es cierto que destruye a las mujeres, pero también a los hombres; es cierto que sus escenas sexuales son explícitas, rayanas en la vulgaridad. ¿Es un misántropo? Quizá lo es en cierto sentido, pero el escritor parece no rendirse, parece negarse a aceptar que los seres de este tiempo, atados a la hipersexualización, la banalización de todas las artes, el mercado y el trabajo, quedemos para siempre reducidos a simples objetos, insignificantes monedas de cambio en las manos de cualquier postor.
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