La escritora boliviana es una de las invitadas a Benengeli 2026, el festival híbrido del Instituto Cervantes. Del 25 al 29 de mayo, evento que logrará llevar la literatura en español por los cinco continentes durante una semana.
Por Karen Lentini Gómez
El escritor Jean Cocteau se preguntaba «¿Qué clase de enfermedad es esta que hace que uno quiera expresarse?»
Giovanna Rivero (Bolivia, 1972) parece escribir desde el desafío narrativo de integrar en su universo ficcional tanto el rigor del canon literario, como los relatos orales y los comics. Acercarse a su literatura es invocar a una médium que absorbe la fiereza del mundo, articulando sus secretos para devolvérnoslo tocando los abismos
Todo ello enmarcado en la obstinación de una taxidermista del lenguaje. Sus metáforas trabajadas a conciencia evitan respuestas fáciles y bordean al lector, su prosa busca «derramar negrura» de la realidad, para plasmar en lo grotesco una inusitada belleza estética cargada de compasión.
Si Hermann Hesse advertía en su Lobo estepario que la entrada era «Sólo para locos», la narrativa de Giovanna Rivero es solo para los que son capaces de aguantar la supuración de las aberturas de la psique. A través de su escritura, nos devela el claroscuro de un universo pavoroso, explorando una realidad que se sumerge en temas soterrados y conciencias siderales.
Giovanna Rivero se da a conocer con Las bestias, obra ganadora del Premio Municipal de Santa Cruz de Literatura (1997). Se consagra en 2014 con la novela 98 segundos sin sombra, y la colección Tierra fresca de su tumba (2020). Su agudeza para lo perturbador la hizo merecedora en España del Premio de Cuento Cosecha Eñe 2015 por su relato Albúmina. Conla antología Para comerte mejor, conquistó el Premio Dante Alighieri (2018).
Un resplandor (2025) es la más reciente obra de esta escritora que continúa nutriendo la memoria con su prosapia literaria.
— Usted ha señalado que «las semillas de la imaginación ya están en lo que hemos leído», y ha contado como en su infancia, su madre le prohibió leer El lobo estepario de Hermann Hesse. Percibo un eco de esa semilla en su cuento Revelar; en ambas obras, las puertas se presentan como el umbral tras el que se reconocen la violencia, la herencia familiar y las verdades dolorosas. Como lectores, ¿por qué necesitamos asomarnos a ese abismo? Y como escritora, ¿por qué siente la necesidad de descender a ese «sótano infalible de la conciencia»?
La prohibición de mi madre no fue categórica; diría ahora que fue una suerte de invitación a leer, después, más crecida, un libro que hacía del desencanto una fuerza. Yo no esperé: atrapé de ese libro lo que podía, instintivamente. Como allí no encontré lo que los adultos señalaban como ‘malas palabras’, no supe entender en ese momento de qué oscuridad parecía protegerme mi madre. En todo caso, sí, es cierto que mi cuento Revelar presenta distintos tipos de oscuridades y umbrales, desde la sangre negra del petróleo hasta el cuarto oscuro de revelado de fotografías en el que el protagonista se enfrenta a los pasados quemados, sobreexpuestos a la luz. Todo ello constituye una alegoría del subconsciente y de cómo allí se archiva el ‘tesoro’ psíquico de la familia, sus secretos más retorcidos, sus heridas… Crearles todo este embrollo a mis personajes es algo que me apasiona. Probablemente me siento como una científica febril mezclando traumas, heridas, amores y soledades en los tubos de ensayo de sus mundos interiores.
— De niña, mi hermana lloraba con la canción de En un bosque de la China porque la protagonista se había perdido, y otros niños sufrieron la historia de Marco, el personaje de Edmundo de Amicis. Teniendo en cuenta que la ficción nos atraviesa y duele desde temprano edad, ¿cree que deberíamos proteger a los niños de la crudeza de las historias, o es ahí donde se aprende a lidiar con la oscuridad?
Yo también me agobiaba profundamente con las travesías que los niños expósitos, abandonados en los bosques, debían atravesar para salvar sus pellejos. Que Hansel y Gretel se convirtieran en jóvenes asesinos al arrojar a la bruja al caldero hirviente me estremecía. O que las hermanas de Cenicienta se cortaran el pobre dedo gordo del pie, tan importante para el equilibrio al caminar, me parecía un horror. Todo por ser las más queridas del padre, las elegidas del príncipe. O que Piel de asno huyera errante de la amenaza del incesto me causaba repulsión, miedo. Pero sin esas emociones de las primeras lecturas, ¿cómo podría haber enfrentado mi propia pubertad, ese pantano de incertidumbres? Los cuentos de hadas dejaron en mí su semilla gótica, pero sobre todo me acompañaron ofreciéndome una galería de símbolos con los cuales entender mis propios inconfesables temores. Depurar esa oscuridad constituye un flaco favor para la imaginación de las infancias.
— En su obra hay una búsqueda constante por la singularidad a través del lenguaje y lo excepcional en la forma de expresar los argumentos, ¿alguna vez ha sentido que el texto se ha rebelado, qué no es suyo?
Sí, sin duda. El lenguaje mismo es una materia rebelde, resistente. Quiere decir una cosa, pero termina diciendo otra. Uno tiene la ilusión de que ha podido comunicar una historia, la hondura de un personaje, y con esa ilusión escritora y lectora nos consolamos de ese fracaso precioso que es intentar atrapar un retazo de vida en algunas páginas, con algunas palabras. Por suerte, la vida tiene el poder de atravesar la página. Y digo «vida» y no «realidad» porque intento, precisamente, apartarme de ese malentendido, de esa sinonimia simplificadora. En mi última novela, Alma oscura del alba, uno de los personajes secundarios reclamó un protagonismo que yo no había planeado, de modo que, durante un segundo proceso de edición, decidí reparar esa falta y le di lo que reclamaba: un testimonio, una visión angular de la misma narración. Además, cuando un libro consigue por fin soltarse de uno, del cuerpo escribiente, o al revés, cuando decimos ¡basta!, ya no quiero seguir pensando en esta historia, es preciso apartarla de mí, entonces gradualmente surge la necesaria extrañeza. Cuando debo acudir a un libro que escribí hace años, recuerdo las motivaciones, el estado de ánimo con que lo escribí, pero me doy cuenta de que el ácido del tiempo diluye esos apegos y que voy siendo otra, que ahora no podría volver a esa escritura, y que, por tanto, solo me queda soltar ese mundo, aceptar esa extraña ajenidad.
— Pensando en su cuento Placenta, ¿Podría explicar ese proceso creativo mediante el cual conceptos culturalmente asociados a lo romántico, lo sublime o la belleza, se convierten en imágenes que resultan al mismo tiempo repulsivas e hipnóticas?
En ese cuento me interesaba acercarme a la convivencia en espacios reducidos, donde los cuerpos colisionan, se disputan el oxígeno, incluso amándose. Quise indagar un poco en la brecha generacional, subrayada por la tecnología, entre una madre y un hijo. Pero, sobre todo, insisto, me interesaba entrometerme en la intimidad incómoda de una madre que va renunciando a las expectativas sobre el hijo porque la verdadera madre de ese hijo, casi un adulto, es esta modernidad que todo lo irrealiza, que ha deteriorado el valor de la «verdad». La madre quiere ofrecerle algunas de sus verdades al hijo, pero esas referencias ya son inútiles para él. Es un cuento tipo fábula, me parece.
— Hay un elemento que parece paradójico en su escritura, como si sus personajes se asfixiaran en espacios extensos, vastos, por ejemplo, en grandes llanuras o ríos caudalosos, ¿de dónde proviene esta falta de aire?
Cierto. Creo que, en ese sentido, hay una persistencia de la vena gótica ahí, que desde sus orígenes buscó reemplazos para la primera cavidad vital, el útero, y lo hizo con castillos, con templos y bóvedas, con casas de paredes sobre paredes. En mi escritura, la tensión entre espacios uterinos y la vastedad de los paisajes es una constante. Esa suerte de agorafobia que usted señala es ambivalente; por un lado, lo acotado de algunos espacios es el modo en que mis personajes alimentan su mundo breve, su escenario afectivo; por otro, intento dar cuenta del sufrimiento de mis protagonistas a la hora de vivir. El viaje de la vida es justamente el paisaje abierto, y es eso, ese huracán, ese río demoledor lo que los va despellejando; sin embargo, cuando por fin arriban a algún tipo de descubrimiento existencial, concluyen que ha valido la pena el recorrido. Lo que ellos descubren, aunque sea mínimo, es el sentido de mi escritura.
— En su voz narrativa conviven mundos distintos ¿Cree que su literatura refleja la síntesis o el choque entre la angustia de los escritores existencialistas franceses que leía su madre y el misterio oscuro de las leyendas que le contaba su abuela?
Creo que la literatura menor que recibí del relato oral de mi abuela y de las revistas de cómic o los magazines de divulgación abonaron mi imaginación de tal manera que establecieron una suerte de software de lectura, es así que, cuando tuve acceso a la literatura existencialista que leía mi madre, yo tendía puentes de comprensión desde esas primeras alegorías. Por ejemplo, recuerdo haber leído El lobo estepario desde el lugar ‘natural’ que había aprendido: el lobo que devora a Caperucita, el lobo que aguarda detrás de cualquier tronco, el lobo que es destazado por un cazador. El aprendizaje del lobo como sombra junguiana, por decirlo de algún modo, sucedía cuando entendía –más por intuición, pues yo todavía era muy púber, que por interpretación conceptual– que todo ser humano podía aullar de dolor en algún momento de la vida. Debo decir también que, a lo largo del camino, he echado en falta los vacíos tempranos. Me habría gustado leer desde el principio mucho de la gran literatura que hace sostenible esta humanidad. Tuve esta certeza cuando por ‘accidente’, por un equívoco de mi abuelo, gran lector de westerns, leí Pedro Páramo. Fue el lenguaje, la lengua literaria, lo que me sacudió: esto y no lo otro es lo que estabas buscando, parecía decirme ese libro en formato de novela de pistoleros.
¿Cómo seguir el festival?
El Festival de literatura Benengeli se realiza del 25 al 29 de mayo. Se podrá seguir a través de las plataformas virtuales del Instituto Cervantes, así como en los podcasts y medios aliados del festival.
Programación: https://cvc.cervantes.es/benengeli/26/calendario.htm