Shopping Cart

Loading

Your cart is empty

Keep Shopping

Search Results

so far empty...

Loading

“Adherí inmediatamente a la dificultad de la escritura de Samuel Beckett”: Dolores Etchecopar, escritora argentina

  • 13 Minutes
  • 0 Comments
“Adherí inmediatamente a la dificultad de la escritura de Samuel Beckett”: Dolores Etchecopar, escritora argentina
By Libros y Letras 30 de septiembre de 2018
  • Views: 22
Por: Rolando Revagliatti */ Argentina
Dolores Etchecopar nació el 4 de julio de 1956 en Buenos Aires, ciudad
en la que reside, la Argentina. Cursó estudios de filosofía en la Universidad
de Ginebra (Suiza). Fundó y coordinó los Ciclos “El Pez Que Habla” y “Santo
Cielo”. Dirige “Hilos Editora”.  Obtuvo
la Faja de Honor de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores) en 1989. En 1998
apareció el volumen ensayístico El pensamiento mágico-sagrado de Dolores
Etchecopar
de Ruth Fernández
(Editorial Nueva Generación). Fue incluida, entre otras antologías, en Se
miran, se presienten, se desean. El erotismo en la poesía argentina  
(con selección y prólogo de Rodolfo Alonso, Ameghino Editora,
1997), “70 poetas argentinos” ((1970-1994) con selección de Antonio Aliberti), Poesía argentina
de fin de siglo  
(Tomo IV, Editorial
Vinciguerra), Unidad variable, Bolivia-Argentina. Poesía actual (con
selección de Laura Raquel Martínez,
en Bolivia, 2011) y 200 años de poesía argentina  (con selección de Jorge Monteleone, Editorial
Alfaguara, 2010). Poemas suyos fueron traducidos al francés, inglés y
portugués. Entre 1982 y 2010 publicó los poemarios Su voz en la mía, La
tañedora
, El atavío, Notas salvajes, Canción del
precipicio
(1989-1993) y El comienzo. La Editorial Ruinas Circulares
dio a conocer en 2012 una antología de su poesía: Oscuro alfabeto (con
selección y prólogo de Enrique Solinas).
— La condición de diplomático de tu padre produjo,
por así decir, que tu infancia y adolescencia transcurrieran en países de
Latinoamérica y Europa.
 No quisiera armar una
cronología estática porque rehúyo vivir en un tiempo fechado. Pero sí puedo
decir que a los dos años viajé a Estocolmo (Suecia) y los aproximadamente dos
años vividos allí fueron de los más decisivos de mi vida. Guardo imágenes muy
vívidas de la casa, la escalera, del crujido de sus pisos de madera, de Emma
Brisa
, una yugoslava que me cuidaba, de mi madre que escribía cuentos
ilustrados por ella  —yo corría cada
mañana a preguntarle cómo seguían—, de la nieve por la que me deslizaba con un
trineo y del bosque que se veía desde la ventana. Cuando escribo procuro que
las cosas lleguen a mis sentidos como lo hacían en esos días en que eran
presencias que maravillaban, libres aún de los significados que opacan la
percepción del mundo. Después vinieron años más oscuros. Pasábamos un tiempo en
Buenos Aires y volvíamos a partir. Viví el desarraigo, las despedidas, la
impronta de lo extraño. Poco recuerdo de mi estadía en Lima. El impacto de
México sigue obrando en mí, Bogotá en mi pre-adolescencia también dejó rastros
entrañables. Fue importante para mí vivir en otros países latinoamericanos,
respiré sus atmósferas, otros colores y otra cadencia del idioma compartido, que
también se trasladaron a mi poesía. A los quince años estuve de nuevo en
Europa, en Berna (Suiza) y de allí volví a la Argentina donde terminé la
escuela secundaria. Luego volví a Suiza, pero esta vez sin mi familia: fui a estudiar
filosofía en la Universidad de Ginebra. Me faltaba un año para terminar la
carrera cuando volví a Buenos Aires, donde algunos poemas míos comenzaron a salir
aquí y allá, en suplementos, revistas, etc., 
y publiqué mi primer libro.
— Tu madre ilustraba sus cuentos y de vos se han
reproducido en la Red dibujos a la tinta siendo presentada como artista visual.
¿Expusiste en muestras individuales o colectivas?
Sí, mi
madre dibujaba y tejía tapices. Creo que ella me transmitió la poesía sin darse
cuenta. Durante mucho tiempo pensé que la poesía me había llegado a través de
la gran biblioteca de mi padre que era un lector hedonista y empedernido, pero
actualmente intuyo que su transmisión vino por cauces más invisibles que tenían
que ver con esa secreta concentración que mi madre dedicaba al dibujo y a los
tapices. Y lo advertí al conectarme yo con el dibujo y la pintura, aunque en mi
caso es una actividad marginal, puramente lúdica, no ocupa el lugar central que
doy a la escritura. No sería serio de mi parte hacer muestras ni ningún gran
movimiento hacia el mundo con mis dibujos y pinturas, dado que es algo a lo que
no me dedico sino que lo practico esporádicamente por puro gusto, quizá una
manera de continuar el secreto materno, mínimas puntadas en las tapas negras de
los libros de hilos editora,
como figuritas de un pequeño teatro de cartón.   
— Tu padre, Máximo Etchecopar,
además de haber publicado el poemario Breve
y varia lección
, entre otros volúmenes ensayísticos dio a conocer Lugones o la veracidad, Esquema de la Argentina, Con mi generación, El fin del Nuevo Mundo: sobre la independencia de los pueblos americanos
e Historia de una afición a leer (en
la edición de Editorial Universitaria de Buenos Aires, se añade en la tapa: Ortega, nuestro amigo). Y el amigo
mentado es el filósofo español José Ortega y Gasset, fallecido un año antes de
que vos nacieras. Establezco así mi invitación, Dolores, a que nos hables de tu
padre escritor y de lo que a vos te haya llegado de la amistad entre él y
Ortega.
Breve y varia lección es un libro de
aforismos. Mi padre era un lector fervoroso de poesía pero de su autoría solo
editó prosa. Su amistad con Ortega y Gasset representó para él, creo yo,
el encuentro más decisivo de su vida. Ortega distinguió la mirada de mi padre
en medio de una multitud de personas que habían ido a escuchar una de sus
conferencias, y a partir de allí empezó una amistad entrañable. Mi padre era
muy joven por entonces, estaba más cerca de los veinte que de los treinta años;
salir a caminar con Ortega todos los días que duró su estadía en Buenos Aires,
fue una iniciación al pensamiento, a la manera de los discípulos de Sócrates
que también pensaban conversando y caminando. En reiteradas oportunidades me
volvía a contar la diferencia abismal que él había experimentado entre el
acceso fulgurante, instantáneo, al fluir del pensamiento de Ortega, y el de
otros intelectuales que tuvo ocasión de frecuentar. Fue un
deslumbramiento para él que se prolongó 
a lo largo de toda su vida, hizo que 
su propio pensamiento diera un giro radical hacia un pensamiento
historicista. También Ortega, que era un filósofo que escribía con la elegancia
de un literato, reunió en mi padre su afición por la literatura y por la
filosofía.

— Algún indicio en Internet me dio a entender que
conociste personalmente a la escritora uruguaya Marosa di Giorgio (1932-2004).
Cuando
conocí a Marosa, en una lectura que hizo en Buenos Aires, la primera vez
que vino, fue un antes y un después. Escucharla fue sentir que se abrían todas
juntas las puertas de la poesía, era asistir al sueño despierto de una voz
intemporal que se colaba por los poros de la lengua, sin barreras, sin
censuras, pura eclosión de la inagotable infancia del lenguaje traída al centro
de la escucha por la delicada fiereza hipnótica de Marosa, con quien me
crucé pocas veces; me hubiera gustado ir a sus tertulias en la mítica
confitería de Montevideo, pero no pudo ser. Apenas la frecuenté, después de los
recitales, en algún bar donde ella se mantenía hierática y tersa. Me llegaron
sus palabras en una postal cuando leyó un libro que le envié; era sumamente
gentil e inasible fuera del círculo encantado de su voz. 

 Pasiones y entusiasmos. ¿Dirías que has ido logrando, en general, distinguirlos y entregarte a ellos acorde a la
gravitación?
Sí,
eso creo. Pasión y entusiasmo me depara la poesía, que también está en cierto
cine, en cierto teatro, en algunos cuadros y esculturas, en cierta danza, en
cierta música y también en dominios que no son del arte, como en los encuentros
que nos dan alegría y nos rescatan de la inmovilidad de nuestras costumbres
sentimentales y de pensamiento. Momentos de contemplación de ciertos instantes
de un paisaje también son de la poesía. La lectura es una de mis pasiones. Me
entusiasman algunos espacios habitados de 
las ciudades antiguas, de algunas casas, las librerías de librero, los
bares antiguos, algunas calles. Hay objetos que me entusiasman también, por lo
que sugieren, marionetas, cajas, fotos, estampas, juguetes antiguos, relojes de
arena, lupas, los libros, los lápices y los cuadernos, los diccionarios, los
cuentos infantiles ilustrados, etc.
— En la
novela El hombre duplicado de José
Saramago, me detengo acá: “Eso que cierta
literatura perezosa ha llamado durante mucho tiempo silencio elocuente no
existe, los silencios elocuentes son sólo palabras que se quedan atravesadas en
la garganta, palabras engastadas que no han podido escapar de la angostura de
la glotis.”
¿Comentarías, vincularías…?
Dicho
así, despectivamente, como lo hace Saramago
(no leí El hombre duplicado), “silencios
elocuentes” suena a retórico, a falso, y… sí, las palabras se prestan para todo
tipo de usos. Pero hay otro silencio, el que habita la poesía, que no es
“elocuente”, sino todo lo contrario, un silencio vacío de significado que
permite que el poema irradie muchos sentidos, uno o varios en cada lector. Es
el silencio que salva al poema del poeta, de los saberes que lo llevan a querer
utilizar el poema para informar sobre algo que él ya tiene cocinado de antemano
en su mente. Cuando es así el poema resulta un mal poema, uno que nace muerto,
porque dice únicamente lo que dice, no abre un espacio radiante, necesario para
la comunión entre un poema y su lector. El silencio es tan intrínseco y
necesario al poema como las palabras. El silencio del poema nos garantiza que
estamos siendo invitados al misterio del mundo, a contactar con aquello que
abisma el lenguaje y nos deja sin habla pero en comunión con el misterio en el
que estamos inmersos.


¿Con qué autores —de renombre— “no te pasa nada”? Y por extensión, ¿con qué
directores cinematográficos, con qué artistas plásticos?
Es
aventurado proclamar de una vez por todas con qué autores de renombre “no me
pasa nada”. Me ha sucedido que en ciertas etapas no me decían nada determinados
autores que más tarde sí me hablaron, porque yo estaba preparada para
escucharlos. Hay otros autores que ni siquiera llegué a leer porque imaginé que
no me pasaría nada con ellos. Puedo decir que en términos generales no me pasa
nada con los autores en los que predomina una intención didáctica, una
militancia exterior a la escritura, con los moralistas, con los que hacen de la
trivialidad auto-referencial una cruzada anti-lírica, con muchos narradores que
no ocasionan una experiencia de la escritura misma, que solo apuestan a lo
argumental. Resulta más fácil nombrar a artistas destacados de otros campos: no
me pasa casi nada con pintores como Fernando
Botero
, Dalí, cierto Picasso, Marinetti y otros pintores futuristas; los directores de cine Greenaway y Chabrol
tampoco me han interesado, para nombrar dos representantes del cine de autor
que es el que prefiero.


¿Qué opinás del pasado?
¡Qué
enorme pregunta! ¿Cómo contestar a eso? No tengo una vivencia estática del
pasado, como si fuera un lugar de escenas cristalizadas en el tiempo, sino como
algo que se mueve conmigo, que cambia y se actualiza según lo que voy pudiendo
destilar. No me llama volver al pasado si éste no modifica mi presente y se
modifica en él. Creo que todos los tiempos confluyen en el presente que es
donde operamos, vivimos, escribimos…; lo que no sigue sucediendo con nosotros
son interpretaciones que inmovilizan nuestras almas.

¿Rol que cumple la
literatura en la actualidad?
Yo diferencio
literatura de poesía, y prefiero hablar de esta última. El rol de la poesía en
el mundo actual sigue siendo despertar al lenguaje que nos atraviesa día a día,
lastrado y opacado por los discursos de los poderes dominantes que capturan
nuestro espíritu, nuestras emociones y nuestro pensamiento, esterilizando la
soledad de cada ser humano. La poesía nos recuerda que nada nos pertenece, que
somos vulnerables a lo inconmensurable, que pretender apoderarnos de los
significados nos empobrece y nos aísla, que hay un hambre que es del alma, que
somos creadores de mundos, que cada uno de nosotros es impar, único, por eso la
voz para llegar a otro tiene que volverse singular, para no quedar presa en la
jaula del ego. La poesía requiere de lectores dispuestos a una entrega activa,
a salirse de las velocidades alienantes del sistema para experimentar otra
duración, otra percepción del mundo.

— Jorge Luis Borges en su prólogo a la Antología Poética de Leopoldo Lugones
afirma: “La presencia de Hugo es evidente
en
‘Las Montañas del Oro’; la de
Albert Samain, poeta menor, en
‘Los crepúsculos del jardín’; la de Laforgue, en el ‘Lunario
sentimental’”. Y más adelante sigue: “Dos altos poetas americanos, Ramón López
Velarde y Ezequiel Martínez Estrada, heredaron y trabajaron su estilo
[el
de Lugones], más afín a ellos que a él.”
¿Qué presencias o herencias dirías que pudieran advertirse en tu poética?
Tuve muchas
influencias a lo largo de mi vida.
Rimbaud, Federico García Lorca, César Vallejo, Jacobo Fijman, Héctor Viel
Temperley, Paul Celan, Ungaretti, Michaux, Francisco Madariaga, Mark Strand,
para nombrar solo a algunos de ellos (a los que sumaría influencias de otros
lenguajes, como el cine de Andréi Tarkovski y el teatro de Tadeuz Kantor). No
sé si la presencia de estos poetas puede registrarse en mis poemas en un
sentido tan taxativo como lo plantea Borges para los autores que destaca, pero
en ellos ciertamente encontré revelaciones fulgurantes y propiciatorias para
escribir.
“Obras
narrativas”, “Ejercicios estilísticos”, “Modelos de orquestación literaria”,
“Literatura sincopada y ‘pura’”, son expresiones con las que a veces se definen
o presentan ciertos textos de, por ejemplo, Peter Weiss y Samuel Beckett.
¿Algún comentario?…
No
leo mucho este tipo de crítica literaria, en la que pululan términos y
conceptos de la índole de los mencionados en la pregunta. De Peter Weiss solo
vi la magnífica versión cinematográfica que hizo Peter Brook de su obra sobre
la representación de la muerte de Marat. La lectura de Beckett, su escritura
críptica, siempre me resultó profundamente atractiva y movilizadora, adherí
inmediatamente a la dificultad de su escritura, me resisto a encerrar en
categorías académicas la experiencia única y renovada que me deparan sus
textos.
 


Rolando Revagliatti *. Escritor argentino.