Buscando a Samuel Beckett a 25 años de su muerte

El premio Nobel fue una de las voces más singulares del teatro y la novela del siglo XX.

Tomado de La Tercera/ Santiago. Vuelvo a leerle, a 25 años desde su muerte, y pienso en un gran pájaro, con alas de albatros y pico de quebrantahuesos, sobrevolando todos los tópicos vertidos sobre su obra. ¿Beckett, nihilista? Se ha dicho demasiadas veces. Pienso más bien en un Beckett realista, un Beckett combativo, un Beckett optimista. Siempre me llamó la atención una frase suya, escrita durante la Ocupación: “Prefiero vivir en una Francia en lucha que en la Irlanda neutral”.
Beckett combativo: pocos saben que militó en la Resistencia, por cuyas acciones (a las que quitaba importancia, calificándolas de “cosas de boy scout”) obtuvo la Cruz de Guerra. El gran misántropo era también, al decir de quienes le conocieron, un hombre “infinitamente amable”. Harold Pinter contaba una historia que vivió con él a comienzos de los años 60: en su casa, la noche de su primer encuentro, Beckett se levantó y recorrió varias farmacias de París a las cinco de la mañana hasta conseguir algo de bicarbonato con el que paliar la feroz indigestión de su invitado.
En “Primer amor”, un relato escrito en 1946, cuyo despojamiento formal y humor negrísimo anticipan la trilogía de Molloy, Malone muere y El innombrable, podrían rastrearse, quizás, las profundas cicatrices de un hombre anterior: el joven Beckett (Dublín, 1906 – París, 1989), que se considera “muerto y sin sentimientos” tras su ruptura con Lucia Joyce, y que pasa dos años de tratamiento en la clínica Tavistock a raíz de la muerte de su padre.
Beckett realista: “Las mujeres dan a luz a caballo de una tumba, el día resplandece un instante y en seguida vuelve la noche”, dice Pozzo. Beckett optimista: “Winnie no se suicida y puede hacerlo”, decía Giorgio Strehler cuando dirigió Días felices. “En el primer acto tiene una pistola en la mano, pero nadie se ha suicidado nunca en una obra de Beckett”. Winnie, hermana de Molly Bloom, rebosa humor pragmático como una forma de resistencia. Suena el timbre, y esa mujer enterrada hasta el cuello abre los ojos como una actriz a la que vuelven a llamar a escena: “Canta, Winnie”, se dice, “canta tu canción”. 
Esperando a Godot hace pensar en un grupo de cómicos obligados a representar una obra, sin saber por qué, en un viejo teatro abandonado. Fin de partida evoca las figuras de dos reyes que han quedado solos, en el centro del tablero, y optan por seguir realizando pequeños movimientos. En la nada más absoluta siempre queda algo, “algo que sigue abriéndose camino hacia alguna parte”, llámese palabra o narración. Hay en sus protagonistas, una tendencia natural hacia la narración, hacia el humor verbal y fantasioso, y sobre todo hacia la impavidez estoica de quien conoce las verdades de la vida y su alternancia de horror y belleza. Pese a todo, parece decirnos Beckett, siempre puede surgir un inesperado rebrote en el árbol seco: debemos seguir moviéndonos aunque no vayamos a ninguna parte, debemos seguir jugando aunque todos hayan mostrado ya sus cartas. De gesto en gesto, de palabra en palabra, los protagonistas de su obra trazan un nombre secreto en la arena: salvación, aquí y ahora. 
Beckett nos habla de necesidades esenciales: comer, dormir, buscar compañía, buscar la manera de pasar la noche.
En la segunda parte de Esperando a Godot todo recomienza para peor, como un infierno circular: Pozzo se ha quedado ciego, Lucky se ha vuelto mudo. Vladimir dice: “Tenemos tiempo para envejecer. ‘El aire está lleno de nuestros gritos, pero el hábito es un gran calmante”.

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