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¿Cosa jodida estar muerto!

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¿Cosa jodida estar muerto!
By Libros y Letras 6 de abril de 2013
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Por: Carlos Colón C., escritor. Sólo cuándo pude abrir los ojos me di cuenta que estaba muerto. ¡Qué cosa jodida es estar muerto! Pero es mucho más jodido si te mueres de crimen, y peor, de crimen de plomo, porque te quedan unos hoyancos que te afanas por cubrir con los dedos y lo único que logras es que te den vómitos. A mí me quedaron siete: uno en el hombro, uno en la pierna, tres en la barriga, uno en la cara, y el del corazón que me mató porque no me dejaba respirar. 
Ahora que abrí los ojos no sé que hacer con la muerte. Lo veo todo como borroso, y los vivos no tienen la mano izquierda ni el ojo derecho, ignoro por qué. Yo estaba completo, pero a mi compadre le cortaron la mano izquierda y le sacaron el ojo derecho antes de matarlo con plomo caliente. 
Llegaron en la madrugada cuando la candela manchaba de rojo la noche y lamía con sus lenguas de diablo la caldereta donde hacíamos el café. La leña entre el fogón de piedra estallaba con ruido de monte bravo. Mi compadre y yo acuclillados alrededor del fuego bebíamos por las narices mientras hervía, el olor de café cerrero que nos mantendría briosos gran parte de la mañana. Yo no tenía hijos, mi compadre siete. Antes de matarlo hijueputa, le dijeron, vamos a cortarle la mano izquierda para que no pueda unirla con la derecha y suplicarle a Dios que lo perdone, porque usted no tiene perdón. Y le sacamos el ojo derecho para que la oscurana en el infierno sea más negra. ¿Pero qué tendría Dios que perdonarle a mi compadre si él nunca le faltó?, como tampoco le faltó a los hombres. Si acaso a la tierrita a la que le desgarraba las entrañas todas las madrugadas de lunas o en las mañanas de soles para lograrle la comida de sus hijos. 
¡Nos rociaron de plomo y sentí sangre caliente por todas partes! 
A mí nunca me preocupó la muerte a pesar de tenerla siempre tan cerca. Es que cuando uno es joven lo único que le inquieta es vivir. Y vivir era lo que hacíamos con mi compadre todos los días. La muerte se la resignábamos a los viejos porque a los veinte años el olor de una mujer recién bañada te embriaga el corazón de gozo y te calcina la piel como si el sol se te hubiera metido dentro del cuerpo. ¿Para qué pensar entonces en la muerte, que al fin de cuentas uno nunca sabe cómo va a ser, por más que el cura te dijera en las misas de los domingos que al morir abandonábamos la envoltura efímera y precaria de nuestro cuerpo, y nuestra alma inmortal emigraba al paraíso a acompañar a Dios por la eternidad? Pero yo todavía no quería el paraíso, ni la eternidad, ni la reverencial compañía de Dios. Ni tampoco entendía mucho eso de la precariedad. Prefería los veinte años de mi cuerpo envarbascándose con el de la Amelia que me tenía atembado desde que éramos muy niños. Cuando Amelia reía envolviéndome en su respiro de níspero por la mañana, me dejaba temblando porque ese era el anuncio de que nuestros cuerpos mortales buscarían la vida en la desesperación de nuestras pieles. ¿Para qué entonces la muerte? 
¡Pero nos mataron! 
Antes de morirme vi relámpagos de odio en sus ojos, y vi sus manos grandes de carniceros moviendo de un lado para otro las metralletas de orificios negros por donde salían las centellas de la muerte…, y vi sus risas de murciélagos hambrientos. Y vi la noche de la despedida, una noche cerrada, sombría, dura y sin sentimientos. Noche indiferente y de soledades. Y sentí rabia, y se me lloraron los ojos pero no los cojones porque en ese instante no sentí miedo, miedo sentí toda mi vida sin saber qué iba a comer mi madre al siguiente día. En ese instante sólo sentí rabia porque me moría y ni siquiera sabía por qué tenía que morirme. Y estoy seguro de que mi compadre tampoco, él si que menos. Yo tuve a bien aprender a leer, él únicamente a volear machete, arar y jalar las tetas de la vaca que le daba la leche para los niños. ¿Qué más podía hacer si nació bruto y se quedó bruto? Más bruto que yo pero mejor persona que yo. 
Ahora estamos muertos sin saber por qué. Y sin saber tampoco qué hacemos con la muerte además de taparnos con los dedos los hoyos donde antes estaba la vida. 
¡Qué cosa jodida es estar muerto!