Curiosidades bibliográficas

  • La tarde anterior, cuando nada de todo eso había sucedido, como la emboscada que le hicieron y su inmediata desaparición, en la casa con jardín donde vivía con Lilia, Rodolfo Walsh había esparcido semillas de lechuga, las primeras de la huerta que planeaba. Después, hizo lo de cada noche: cargó las pistolas, montó las granadas de fabricación casera. En algún momento, mencionó un plan simple: “Quisiera plantar una doble hilera de álamos plateados desde la entrada a la casa. Cuando el viento mueve las hojas, suenan como lluvia fina”. Entre todas las cosas que dejó sin hacer (y eso incluye volver a escribir ficción) hay una doble hilera de álamos plateados que no existe, una huerta de lechugas secas para siempre.

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