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El arte de la espera para García, por supuesto

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El arte de la espera para García, por supuesto
By Libros y Letras 20 de abril de 2014
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No. 6.672, Bogotá, Domingo 20 de Abril de 2014
El arte de la espera para García, por
supuesto
Por: Álvaro
Castillo Granada/ Bogotá.
Había un libro que estaba aguardando. Siempre hay un libro
que cargo en mi deseo para que no me sorprenda cuando me encuentre. En este
caso, sabía que había salido porque la noticia estaba en todos los periódicos
de esa fecha: Gabo Periodista (Fundación Gabriel García Márquez Para el Nuevo
Periodismo Iberoamericano, Colombia, Noviembre de 2012). Una antología de
textos periodísticos. Edición no venal. O tal vez supe de él por Ariel Castillo
(quien es pariente por el lado más importante: el del corazón). 
Lo primero que hice fue escribir un mensaje a Cartagena
solicitándoles información para conseguir el libro. Jamás me respondieron.
Tenía en mis ojos su carátula. La guardé como una de esas fotos que nos
acompañan y que, de vez en cuando, reaparecen trayéndonos un rostro amado y
lejano. La primera vez que lo tuve en mis manos fue cuando fui a llevarle El ingenio, de Manuel Moreno Fraginals,
a su casa al director de una revista bogotana que por esos días andaba con una
lesión en un pie. Mirando su inmensa biblioteca de repente lo vi. 
-De manera que así es… -fue lo que me dije. Y pregunté: ¿Puedo mirarlo?
-Claro, me respondió. 
Era una edición de pasta dura todavía envuelta en su
empaque transparente. Sin abrir. Lo miré por los dos lados. “Ahora sí sé cómo
es realmente”, me comenté mientras lo volvía a poner en el estante. 
-Creo que tengo otro ejemplar en alguna parte. Voy a ver
si lo encuentro –añadió mientras se encaminaba a una pila de libros.
-No lo busque, no se preocupe. Tenga cuidado. Mejor
después. Se lo agradezco de todas maneras, dije rápidamente antes de emprender
el no tan largo camino de regreso a la librería.
Nunca me volvió a hablar del asunto. 
No voy a leer lo que ya escribí alguna vez. Ni voy a
contar lo que ya hice en otro momento. Esto lo escribo hoy, abril 17 de 2014, a
las pocas horas de saber que ya no estás respirando en medio de nosotros.
Porque es imposible de decir que ya no estás con nosotros.
Nunca será posible.
Pacho me llamó y me preguntó: ¿Me imagino que ya sabes la
noticia?
-No, ni idea. No sé qué pasó, respondí adormiladamente.
-Gabriel García Márquez se murió.
Me quedé helado. 
Balbuceé algo y me fui a mirar la prensa. Abrí El Espectador y ahí estaba la noticia. Sí,
era cierto, habías muerto.
Lloré. No pude dejar de hacerlo. Recibí varias llamadas,
consternadas, dándome el pésame por la noticia. Hice otras para lo mismo. Todos
estábamos orfanados. 
No fui amigo de Gabriel García Márquez. No. Pero sí existí
para él. Fui “el librovejero”.
Así me llamó y así me llamaba cuando nos encontramos o
cuando hablamos por teléfono. Es, hasta donde sé, el único apodo que me han
puesto. Bueno… hasta donde quiero saber… 
Tuve el inmenso placer de servirle con mi oficio: vendedor
de libros usados. Gracias a los libros existí para él. Qué manera más hermosa
de hacer parte de una historia… Jamás, ni en mis más disparatados ensueños, se
me ocurrió pensar que esto fuera posible. Además, no me da vergüenza
confesarlo, soy un lector tardío de Cien
años de soledad
. Cuando niño lo leí dos veces (mi papá me regaló el libro
como quien entrega la llave de un cofre) y no me gustó. No lo entendí. O las
dos cosas al mismo tiempo. Sólo fue hasta 1996 cuando al leerlo, en medio del
calor cartagenero, pude por fin entenderlo y sentirme huésped permanente de sus
páginas. También fue en ese año la primera que lo vi personalmente. 
Nunca pude decirle Gabo o Gabito. Ese nombre estaba
reservado, al menos para mí, para sus más entrañables y cercanos. Yo me limité
a decirle como escuché que lo nombraban en Cuba: “García”. Porque nuestros
encuentros (fuera de dos bogotanos) siempre fueron en Cuba.
Tengo, entre otras cosas, el inmenso orgullo de saber que
fue a visitarme a la casa de Corrales, donde vivo cuando estoy en La Habana. Y
que saludó a Betania y a Miguelito como si se conocieran de toda la vida antes
de sentarse en la sala y permanecer gran parte de la tarde hablando de la
vaina, que es hablarlo de todo y lo demás. Al ritmo de un sillón que viene y va
como la marea y el viento, trayendo recuerdos, llevándose momentos,
construyendo instantes que se graban para siempre. Y se guardan allí, cerca al
corazón, donde está lo que siempre nos acompaña y no podemos ignorar.
Por eso recibí el pésame: porque algunos sabían lo que
había significado para mí el haber existido para él con un nombre. 
Un mensaje de una amiga me hizo salir de mi consternación
y tomar un bus que iba por toda la carrera séptima. La cita era a las cinco al
frente de La Hacienda Santa Bárbara. Llegué cuatro minutos antes. Miré hacía
todos lados para ver si Catalina Valencia estaba por ahí. No. Aún no. Para
quemar tiempo me fui a mirar libros a la calle peatonal donde está el mercado
de las pulgas. 
Es una buena manera de quemar el tiempo de la espera el
mirar libros. Los ojos viajan por sobre las carátulas como si recorrieran un
mapa sin puntos cardinales donde, de repente, aparece una X señalando el lugar
donde se encuentra el tesoro. Y en medio de muchos libros, conocidos y
desconocidos, reconocí uno que había visto una sola vez: Gabo periodista. Desde
su carátula me mirabas tú, García, diciéndome: “Ajá… librovejero… Acá estoy…”. 
Lo
tomé, temblando de alegría. Miré hacia los otros, tratando de disimular lo
indisimulable, y otro libro me sonrió: El
arte de la espera
, del historiador y ensayista cubano Rafael Rojas. En su
carátula la foto de una cubana con rolos me sonreía diciéndome: “Viste… Esto es
lo que hay… Lo que te tocó por la libreta…”. 
Los tomé sabiendo lo que eran: su apretón de manos de
despedida.
Después de una negociada larga y tediosa se fueron conmigo en una jaba blanca.
Y en mi corazón una alegríatriste. Porque tú, García, estabas cerrando,
sonriendo, una búsqueda que se inició hace tiempo, con muchos protagonistas,
que estaba esperando el momento justo para darse: hoy, abril de 17 de 2014,
cuando ya respiras en la eternidad.
La vida te alcanzó para todo, hasta para darme un nombre…