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El gran cronopio

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El gran cronopio
By Libros y Letras 12 de junio de 2011
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Por: Con-Fabulacón
Somos muchos los lectores del mundo que hemos distanciado la lectura de Julio Cortázar de nuestras reincidencias habituales y nuestros ritos solitarios, no porque tengamos razones de prestancia intelectual ni argumentos sólidos para adoptar esta actitud parricida, sino sencillamente porque nos habita el temor de que el gran hacedor argentino ya no logre eclipsarnos de la manera invasiva y del todo milagrosa con que lo hizo cuando lo descubrimos, casi todos al filo de la pubertad. Sería grave, gravísimo, denso y melancólico, como una demostración de nuestra pérdida de capacidad para el asombro, de pureza para entrar en comunión con la magia o de herramientas para comprender lo incompresible, o sea lo único que de verdad importa. 
Y es que Cortázar, nacido en Bruselas en el ya distante año de 1914, fue durante mucho tiempo nuestra brújula existencial, el gran sacerdote que nos donaba la excepción en medio de una vida atribulada de costumbres fosilizadas, y quién nos abría las puertas condenadas, esas que daban, precisamente, a los lugares y espacios que necesitábamos transitar. Rayuela, Las Armas Secretas, Historias de Cronopios y de Famas, 62 Modelo para armar, El Libro de Manuel, Último Round o La Vuelta al día en ochenta mundos fueron sólo algunos de los títulos que nos legó el inventor de los cronopios, y fueron volúmenes que tuvimos a la mano, como se tiene a la mano un amor esencial, un botiquín de emergencia o un amuleto de la buena suerte. 
Pero, de vez en cuando, temerarios, volvemos a abrir un libro de Cortázar, al azar y como un juego, y es entonces posible que se presente una regresión, y que volvamos a respirar el aire de magma de aquel reino maravilloso por él creado, y con él la ternura irónica, la manera de mirar las cosas por el lado inédito, la perspectiva sugerente, la prestidigitación que subvierte el engañoso mundo de la realidad. Así parece ocurrir con el siguiente texto, poco conocido y lleno de aquel encanto pretérito. 
Cortázar murió en París, sin aguacero, en febrero de 1983.