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El valor del espacio y el tiempo de la sonrisa.

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El valor del espacio y el tiempo de la sonrisa.
By Libros y Letras 24 de mayo de 2015
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Por: Marco Polo
Ahí voy una noche cualquiera, a los cinco años, de la mano de mamá.
Hace quince minutos sonó la marcha; que es el pasodoble, El dos negro, con el cual a modo de repique, se le pide a la gente acelerar el paso para llegar a tiempo al cine, o para que vayan tomando la ruta de la cama para otro sueño.
Nosotros vamos al encuentro de esa bella ilusión que descubrirá mi vida.
Es el teatro Real de éste pueblo, con el irreal nombre de Gigante, en el que nos acostumbramos a vivir en su ficción, como si fuera cierto.
Entonces me encuentro por primera vez con la pantalla plateada y ese hombrecillo de gafas y sombrero de paja haciendo piruetas y torpezas para hacerme reír.
Y río con la impunidad infantil de una avalancha.
Ello produce la magia.
Y con los comics de la misma época, me quedo frente a esa pantalla, como una dulce maldición, para el resto de mi vida.
Meses o años después, ya como un verdadero seguidor de Harold Lloyd puedo ver El Hombre Mosca, su cuarto largo metraje, donde escala un edificio para poder alcanzar la seguridad de un empleo y ser querido por la muchacha. Y la Via Láctea donde de lechero cambia a boxeador, como si estuviera viviendo en mi país, donde no se puede trabajar en lo que nos gusta.
De tal suerte que no fue Chaplin mi primer personaje de pantomima y en contra de lo que piensa Saramago, ese hombrecillo me llevo de la mano de mamá, a éste mundo de papel y de luz que seguiría en adelante, como si me indicara cual maestro, que mi salvación y la del mundo no estaban en el drama y las lagrimas, sino en la sincera sonrisa infantil.
Ese pequeño genio de los gags que fueron retomando, Chaplin, Buster Keaton o los hermanos Marx construyó luego todo un imperio del cine mudo hasta llegar a ser miembro de la Academia y su aporte no fue simplemente con sus chistes demoledores, sino con el sacrificio de dos de sus dedos que perdió al pretender encender su puro con la mecha prendida de una bomba de utilería, que al final no lo era, sino tan real que le estalló en la mano como el filosofo real-cómico que se quedará colgado del tiempo, para mí, en esas saetas del reloj.
Suspendido. Para enseñarme el valor del espacio y el tiempo de una sonrisa.
II
Lucía Estrada
Una piedra encontrada en el camino puede ser
la imagen de la eternidad.
En la dura extensión de sus formas, entre las grietas,
las preguntas que para nosotros formuló el tiempo
fría corteza del instante.
Como en el amor y en la muerte,
incapaces de comprender la levedad de lo que somos,
indiferentes, arrojamos el misterio por encima del hombro,
devolvemos al mundo su enigma,
libres ya de su peso el corazón y las manos,
seguros de seguir la dirección correcta
en el oscuro laberinto de la noche.