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En el reino de Maldoror

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En el reino de Maldoror
By Libros y Letras 30 de julio de 2015
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Por Amparo Osorio* / Tomado de Con-Fabulación.
A petición de muchos lectores fanáticos del libro Cuentos perversos (Colección Los Conjurados), publicamos el prólogo y uno de los perturbadores relatos (“Misterios de Safo” de Cydno de Mitilene), que componen esta antología integrada por textos de autores como Ovidio, Apuleyo, Boccaccio, Sade, Lautréamont, Apollinaire, Gide…
Si la literatura puede hacer belleza de la perversidad fundando escenarios de una lúdica fascinante como lo demuestran los veintiséis relatos seleccionados, y ofrecer herramientas fundamentales en el conocimiento del ser humano como lo comprobaron Freud y Jung; la colección Los Conjurados, además de pretender una vindicación de los autores incluidos, es un reconocimiento a la más libre imaginación humana.
El camino circunscrito en estos textos, más allá de una idea del bien o del mal, nos abre un espacio literario que reprimido, extraviado o escandalosamente consagrado, descifra nuestra íntima naturaleza, acercándonos a lo que Nietzsche en su Genealogía de la moral, denunció como esa equívoca conciencia que durante siglos hizo contemplar al hombre con malos ojos sus inclinaciones naturales.
Separados de nuestra profundidad, fuimos obligados a portar la máscara para tener cabida en un escenario moral establecido; las religiones estigmatizaron el hedonismo y el gran filósofo Epicuro fue severamente confiscado; así las sociedades castrantes inventaron términos como diferenciación, excluyendo la posibilidad de la otredad y del reconocimiento de aquellos seres que dirigían sus deseos hacia espacios no establecidos por la moral en uso.
El erotismo e incluso el humor negro, que han transitado desde siempre por complejos y secretos senderos y cuya ceremonia íntima se ha mantenido oscilante entre Eros y Thanatos, fueron recibiendo en el escenario de su esencia multiforme, radicales definiciones que lindaban con el prohibido universo de la perversión.
Pero si nos pertenece el cuerpo como nuestros placeres, si la imaginación se funda en él para obtener su pasaporte al estallido; podríamos afirmar que el sombrío nudo de sus actos, es tal vez la fuerza secreta, predestinada desde nuestra química galáctica.
En los relatos míticos todo era permitido, los dioses y los héroes realizaban sus sueños y asaltos sin restricciones, y en esa cruel fantasía se revelaba la fuerza sombría y originaria del ser. Resulta entonces sorprendente la antimemoria del hombre en el decurso de su historia, si leída desde el contexto testimonial de sus inicios, recordamos nuestra procedencia exacta de una Eva incestuosa.
Por eso el arte, con sus postulados de conciencia y denuncia, es el encargado, siempre, de abrir la puerta que nos mostró las búsquedas y vías de la pasión humana, que tan profundamente inquietan a la especie.
Las fiestas de la Fertilidad de la Tierra y las bacanales celebradas en homenaje a Baco, el Perfecto (según el verso de Whitman), han desaparecido; sin embargo asistimos al culto del cuerpo, verdadero objeto de devoción que ha sido despojado de su trascendencia sagrada, ahora entronizado como dios moderno, y atado a los cánones de una moral victoriana aún imperante en el desolador inicio del Siglo XXI.
Así la sucesiva fascinación oculta de ese animal que somos, de ese ser que se esconde bajo los párpados, afirma también que todos, en el más indescifrable de nuestros pliegues, somos la confirmación exacta de Narciso, es decir: la certeza de nuestra propia e insalvable obsesión; porque el yo es insuperable.
El recorrido de esta antología, nos lleva por varios estadios de los temas proscritos, donde existen los más reconocidos matices de la perversión amalgamada con el erotismo.
Apuleyo en su Asno de oro, que podría ser un anticipo feliz de Kafka, si pensamos en su punto de vista narrativo, devela su resplandeciente humor zoofílico, tema igualmente latente en el cuento extraído deLas mil y una noches donde una princesa sexualizada por un mono crea una divertida situación inolvidable.
Con Sacher-Masoch y Sade asistimos a la violencia propuesta como un despiadado instinto territorial del placer, en un encarnizado juego del poder sexual; donde la sangre y el castigo reinan.
Bataille desde otra orilla, en la historia de sus jóvenes protagonistas, nos muestra la forma como éstos convierten el ajedrez del deseo en una escena surrealista, con imágenes provocadoras de un delicioso infantilismo.
A través de la pluma de Nabokov y caminando entre sus destellos de humor negro, sabemos lo que le puede pasar a un adulto cuando es pervertido por una niña libidinosa.
El Premio Nobel japonés Yasunari Kawabata crea una situación transgresora cuando el anciano de su historia condenado a acostarse con una joven narcotizada, intenta inútilmente rescatar el erotismo que ha huido con sus años.
Barbusse nos deja ver por un orificio el despertar del deseo entre una pareja de hermanos, y dentro de ese mismo espacio incestuoso, el adolescente que protagoniza la historia de Mishima observa a su madre haciendo el amor con un marinero, como preámbulo de una venganza que será la recreación japonesa del mito de Edipo.
Para Genet el despiadado acto planteado por su personaje Querella, es la forma de expiar un crimen, llevándonos en su relato a una ejecución interior devastadora.
Anaïs Nin y Cydno de Mitilene –esta última de existencia casi ilusoria– ven el deseo con ojos femeninos y fundan dentro de sus literaturas crueles ceremonias.
Y como las artes plásticas también son festejadas en este libro, el magistral dibujo de Miguel Ángel titulado: El rapto de Ganímedes, plasma la violación del hermoso efebo a manos –mejor a garras– del dios Júpiter convertido en águila; mientras Balthus, uno de los artistas más controvertidos del siglo XX, recrea a una de sus niñas impúdicas en un cuadro lleno de simbolismos, junto a un gato que bebe leche.
Dioses y hombres en el concierto del mundo han desafiado los conductos de una razón establecida y testimoniando sus libertades individuales han sido exiliados y proscritos.
Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont, considerado por los surrealistas como el genio de la rebeldía, dentro de la más alta poesía maligna, lleva a su personaje central, Maldodor, a hacer el amor con un tiburón hembra, en uno de los episodios más perversos y deslumbrantes de la literatura. Hay una variedad tal de frenesí en Lautréamont, una potencia tal de metamorfosis, que la ruptura de los instintos se encuentra, a nuestro parecer, realizada (Bachelard).
Pero si el siglo XX trajo consigo la liberación femenina y se extendieron y multiplicaron los estudios de sexología y psicoanálisis en su analítico intento por descifrar esa summa de creencias, costumbres y valores que rigen los comportamientos de la criatura humana, es posible que el siglo XXI sea regido por los postulados de Bruckner y Finkielkraut en El nuevo desorden amoroso, que proclaman: Unirse no debe conducir a otra cosa que fundirse de nuevo y de mil maneras, con mil otros mundos.
Dicha idea conduciría a una nueva comprobación en el sentido de que esas verdades develadas, o transgresiones lúdicas –el camino a las sensaciones del goce, a partir del cual surgen grandes interrogantes filosóficos y metafísicos que habitan en nuestra alquimia–, continúan y seguirán constituyendo uno de los grandes y complejos equipajes del hombre en su viaje terrenal.
Para recorrer estos Cuentos perversos, nada sería entonces más acertado que recordar aquel graffiti escrito en Nanterre durante los episodios de Mayo del 68: Inventen nuevas perversiones, ¡yo no puedo más…! y evocar la cínica frase del filósofo rumano E. M. Cioran que colma de humor esta visión transgresora: Dichosos Onan, Sade, Masoch… sus nombres, lo mismo que sus grandes proezas, no envejecerán jamás.
*Poeta, narradora y ensayista colombiana