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Entrevista, Jorge Eliécer Pardo (Parte I)

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Entrevista, Jorge Eliécer Pardo  (Parte I)
By Libros y Letras 13 de diciembre de 2012
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Jorge Eliécer Pardo 

Mi madre nos leía en voz alta cuentos que aparecían en la enciclopedia El tesoro de la juventud 
Por: Jorge Consuegra (Libros y Letras
Parte I 

Es definitivamente grato pasar una tarde entera con el escritor Jorge Eliécer Pardo; siempre tiene a mano una historia, una referencia, un recuerdo, una vida y muchas nostalgias. Es un hombre de hablar pausado, de manos inquietas que revolotean cada vez que se acuerda de una novela, de un encuentro, de un tinto, de un amigo, de una frase. Jamás se le oye un comentario negativo o adverso sobre algún novelista o poeta; si una obra no le gusta, prefiere guardarse los comentarios para no llegar a herir. Es profundamente disciplinado en su oficio de escribir y los hace todos los días, como una fascinante rutina creativa; el cree que el día que no escriba por lo menos una frase, muere un poquito de su piel. 
Es un trabajador cultural incansable. Cuando dirigió un programa de televisión, tuvo como objetivo apoyar a quienes la gran prensa “invisibilizaba”; entonces él cargaba con cámaras, luces y micrófonos y sostenías prolongados diálogos con dramaturgos, poetas, cuentistas y novelistas. En otra ocasión le dio la locura por publicar las 50 novelas más representativas de la literatura nacional; fue tanto la acogida que hoy está pensando en hacer otra de esas locuras afectivas. 
– ¿Cuál es el recuerdo más lejano que tiene con un libro en la mano? 
– Antes que la cartilla Alegría de leer, mi madre nos leía en voz alta cuentos que aparecían en la enciclopedia “El tesoro de la juventud”. Unos gruesos libros de pasta dura, verde, que desde entonces me abrieron al mundo respondiendo preguntas que siempre me hice. Estábamos en El Líbano (Tolima), enclavados en la montaña y sólo esas historias nos conectaban con sitios inimaginados. Eran los años 50s y no había llegado la televisión. 
– ¿Quién le metió en la cabeza el amor por los libros? 
– Inicialmente mi madre pero luego fue mi hermano Carlos Orlando quien compartía conmigo las historietas de colores que se alquilaban en el parque del pueblo; después la colección “El arpa y la Lira” y después las novelas y poemas que por entonces no me seducían tanto como las canciones de César Costa y Enrique Guzmán. 
– ¿Qué libros leídos en su infancia-adolescencia recuerdas con especial cariño? 
– Los tomos sepias de Santo el enmascarado de plata y Las mil y una noches, primero leídas en la voz armoniosa y teatralizada de mi madre, luego El Quijote que mi tía Sofía (por entonces gran figura de la TV Colombiana), nos obligaba a leer, encerrados en la biblioteca de su bella casa. Creo que la primera novela que me tocó lo más profundo de mis emociones fue Veinticuatro horas en la vida de una mujer de Stefan Zweig. Las novelas románticas siempre me han atraído, soy un romántico empedernido, por eso escribo historias de amor que son generalmente tristes y lloro en secreto en el cine. 
– ¿A qué edad se atrevió a escribir el primer cuento? 
– Primero intenté escribir canciones en mi adolescencia pero fue viviendo en Ibagué donde mi hermano Carlos O., me motivó para relatar una historia de mi niñez. Tenía que ver con la violencia de los años 50s, la que luego llamaron “Guerra de Laureano Gómez”. Tenía episodios escondidos que no quería recordar y menos ponerlos en un papel, pero fue inevitable al ver a mi hermano transitar por la narrativa de manera casi obsesiva. Me devoré todo el boom de la literatura latinoamericana y comprendí que estaba hecho para relatar historias. Tan joven en la literatura como en la docencia. Con mis alumnos hice todo el curso de lecturas mientras en la universidad insistían en la gramática generativa y en que habláramos inglés correctamente. Otra vez el chasquido de las botas entre el barro mojado y flojo, que ganara un premio nacional de cuento fue ese primer relato que confirmó mi vocación. 
– ¿Cuál fue el tema de ese cuento? 
– Una familia mira por las hendijas de su casa-rancho y se da cuenta que vienen los chulavitas a matarlos. La angustia del hombre es la misma que siempre se ha vivido en Colombia. Antes los chulavitas o policías estatales asesinos, ahora los paramilitares o cualquiera de los grupos que aportan muertos inocentes al conflicto. Han pasado tantos años desde ese primer cuento pero la historia sigue ahí, intacta, y el hombre de mi cuento sigue sintiendo la angustia de la posible muerte de su familia.