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Entrevista, Jorge Eliécer Pardo

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Entrevista, Jorge Eliécer Pardo
By Libros y Letras 19 de febrero de 2014
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No. 6.612, Bogotá, Miércoles 19 de Febrero de 2014 
El autor que habla de sus propios libros es peor que la madre que sólo habla de sus hijos. 
Benjamin Disraeli
En
la literatura histórica no debe primar la historia sino el drama humano: Jorge
Eliécer Pardo
Tomado de
www.cronicadelquindio.com/ Armenia/ Quindio/ Colombia.
La universidad
del Tolima reeditó la opera prima del novelista Jorge Eliécer Pardo. Dicha
novela, publicada en los años setenta, desde un principio contó con el apoyo de
Fernando Soto Aparicio y Germán Vargas, el contertulio de García Márquez en sus
años juveniles. Ilustrada con pinturas del maestro Darío Ortiz. 
Señala Isaías Peña que en su novela El jardín de las Weismann le apostó a un tema casi vetado en los
años setenta: La violencia en Colombia.
¿Cuál fue el origen de este libro, cómo lo escribió y con qué
intenciones?
Para mi
generación la violencia, que luego los violentólogos denominaron de Laureano
Gómez, fue un tema obligado. Quizá como catarsis de tres generaciones que no
conocíamos la paz en los años 70 y que seguramente tendríamos que pasar como
invisibles en una sociedad que siempre utilizó el tapa-tape, el perdón y
olvido, el borrón y cuenta nueva, las amnistías y los armisticios, como paliativos
para tratar de detener la contienda, pero no permitió a la literatura y el arte
hacer el duelo de trescientos mil colombianos caídos en la guerra
bipartidista. 
Mi niñez, en El
Líbano, Tolima, se pobló de imágenes aterradoras que luego aparecerían en mis
narraciones. Escenas que no dejan de pasar en Colombia. Mis libros siempre han
nacido de una imagen y la que tuve en mis primeros años, unas mujeres vestidas
de luto profundo caminando por el parque de mi pueblo rumbo a la iglesia,
quedaría en mi inconsciente que luego reviví al escribir El jardín de las
Weismann. Imagen-cuento-novela, ese el periplo.
Los
antagonismos, fusiles-flores, erotismo-muerte, aparecieron en el encanto de la
fabulación y el arte que llega o no llega. Tenía 25 años y un dolor profundo
por los vencidos en una guerra absurda, este suceso sensibilizaría mi más
profundo dolor y desesperanza que aún palpitan en mi piel cuando escribo. 
¿Cómo hizo para que la narración, como dice Eduardo Santa, no se quedará
en la piel de los acontecimientos. ¿Qué decisiones tomó para evitar caer en la
crónica roja?

Lo fallido en la literatura de la guerra, es la guerra misma. Cuando los
acontecimientos, la crónica, se toman el libro, el libro fracasa. La imagen de
un uniformado que viene por el camino enlodado haciendo sonar sus botas entre
el barrizal, es el anuncio de todo, ese personaje siempre me acompaña, está en
mis libros, e indefectiblemente las mujeres y el amor, el erotismo y el
fracaso. En la literatura histórica no debe primar la historia sino el drama
humano, lo demás es ese telón que todo lo define pero que no está definido.
La historia reciente del país está presente de una manera decisiva en sus
ficciones. En 2009 ganó el premio nacional de Cuento sobre desaparición
forzada.
¿Cree que la literatura colombiana ha estado a la altura de los desafíos
de nuestra realidad?

Soy un escritor comprometido con mi tiempo, que no hace literatura
ideologizada. No soy militante de ningún partido, por lo demás soy anárquico y
agnóstico. Mi madre me reprochaba diciéndome por qué escribía historias
dolorosas, que para qué revivía esos momentos tristes de nuestra
sociedad. 
Ella respondía a
ese concepto de callar para olvidar. La guerra de Laureano no nos la
permitieron contar con todos sus horrores y por eso las heridas quedaron
abiertas, debajo de la piel de la historia. No hemos hecho ese duelo, ni los
que vendrían después de los 70.
Ese primer cuento, Otra vez el chasquido de las botas en el barro mojado y
flojo, que fuera premio nacional en los años 70, me dio la clave de todo porque
ahí, en la separación de las tablas de ese rancho donde un hombre y su familia
esperan la muerte violenta, es la misma metáfora de las mujeres que rescatan
pedazos de cuerpos en el río para hacer el duelo a sus desaparecidos, víctimas
del paramilitarismo. En el 2014 saldrá mi libro, Los velos de la memoria, cuentos narrados desde las voces de las
víctimas, con fotografías de mujeres compasivas con ellas.
La guerra ha
sobrepasado todos los parámetros de la demencia. Si nuestros abuelos y padres
contaban anécdotas escalofriantes de cortes de franela, desmembraciones y
cuerpos envueltos con alambres de púas como los más atroces de la violencia,
jamás imaginaron lo que vendría después, lo que existe hoy. Critico la
literatura sicaresca y la de los temas de la narco-guerra, por su asepsia. Son
descontextualizadas y baladíes. Mientras los sicarios se enamoran y dejan el
chorro de sangre y jerga en las páginas de los libros, los determinadores de la
hecatombe siguen sin aparecer.
Desde los
tiempos de la guerra del 50 se dijo que la guerra política es la guerra por la
tierra, todavía la lucha continúa y la novela que aborde estos fenómenos, aún
no la hemos escrito. La utopía de dos generaciones de universitarios que
perecieron en la confrontación rural y urbana, con todo lo que eso implica para
una sociedad, tampoco se ha novelado. El devenir de la lucha armada con todas
sus equivocaciones para entender el fenómeno actual, es una novela por hacer.
El periodismo y las ciencias sociales han penetrado más la historia con sus
explicaciones, pero la literatura colombiana, pos García Márquez, apenas
banaliza y esquiva el tema de la guerra.
A los de mi generación, las grandes editoriales les rechazaron las novelas con
el tema de la violencia; a las nuevas generaciones las convirtieron en
proyectos editoriales, donde deben entregar un libro cada año. La literatura
aporta a la reflexión, sin caer en el discurso; son los seres humanos en el ir
y venir de la historia.
Varios de sus libros han sido publicados por grandes editoriales.
¿Qué opinión tiene de la idea de que los autores regionales compiten en
desventaja frente a los capitalinos?

El canal de los libros corresponde al mercado. 
Con las redes
sociales se ha desbloqueado ese paradigma de que los que no estamos en el
centro no somos oídos. Algunas de las grandes editoriales garantizan los juegos
pirotécnicos del lanzamiento con todos sus destellos, pero finalmente es el
libro el que resiste la arremetida del olvido y ser borrado por las novedades. Por
eso digo que cada reedición de un libro es un renacer o mejor un resucitar. El
principal problema que afronta un escritor independiente es la distribución.
Cada vez que alguien compra un libro en una librería, el costo se triplica por
la cadena de intermediarios. Cada vez que un autor publica por su cuenta, el
texto termina en bodegas particulares y no llega al lector.
El dilema podría
superarse si encontramos mecanismos para acceder al lector avezado, al profesor
universitario, al maestro. Es lamentable pensar que en Colombia no se lee en
promedio más de un libro por año. O llegar a ese otro lector que en las redes
espera tener un libro digital o un PDF del autor que le interesa. Cuando el
libro deje de ser una mercancía y se convierta en un bien común, sin costo, los
escritores, muchos de ellos, perderían el sustento de su trabajo.
La existencia de literaturas regionales —que no son las que teníamos en los 80—
es de gran valía. Independientes, pequeñas, alternativas, universitarias, se
podrían convertir en gethos de gustadores. Uno no debe aspirar a ser un autor
de grandes ventas sino de buenos lectores, así se pase la vida acompañando sus
libros por el difícil camino de la resurrección.