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Estación Stockton

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Estación Stockton
By Libros y Letras 9 de enero de 2012
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Estación Stockton
Francisco Sánchez ( B ) 
(Fragmento) 
La calle, la mía, era una verdadera porquería. Ya se ha perdido entre otras igual a una gran bestia enferma que va huyendo y entreverándose en busca de la muerte, me digo, aunque más bien se trata de una fuga inútil o algo semejante pero de todas formas sí sórdida y cada vez más deteriorada por esa lepra corrosiva que descascaraba su piel y dejaba al descubierto toda clase de tejidos, obscenas interioridades y laceradas vertientes donde el polvo y la ceniza fueran el humus de la piedra y de ellos surgiera ese olor a óxido y agua podrida discurriendo oculta entre meandros de hierro, ladrillo y ceniza. Nací en un edificio que conformaba un ángulo obtuso y cerraba el barrio por la parte norte. La construcción donde se hallaba el apartamento de mis padres semejaba una pared límite separando la larga callejuela, su derivación hacia el occidente, y la avenida trece, en la cual se elevaban seis bloques elegantes y otras tantas casas de estilo inglés que aún conservaban cierta majestuosidad, la cual se iba convirtiendo en decadente. Y, en efecto, era una frontera que deslindaba dos mundos distintos y antagónicos. Por una ventana estrecha, entre el zaguán y la cocina, podía verse ese tramo de la realidad, es decir, la territorialidad que parecía pertenecer a seres de otro planeta que como tales me despertaban una inmensa curiosidad. Era capaz de estarme horas seguidas atisbando desde acá el allá e imaginarme a alguien -un chico de mi edad o una de esas delicadas y doradas niñas que alcanzaba a entrever en los jardines de las casas- también apostado en su ventana para mirar hacia donde me afincaba, hasta cuando oía a mi madre por cuarta o quinta vez apremiándome para alguna tarea, de esas odiosas que me robaban el tiempo de la ensoñación y me llevaban a abominar cuanto me rodeaba, incluso a ella, a mis hermanos y a mi padre, a él con más ahínco porque no convenía que se mantuviera en ese pasmo de la vida que sellaba su boca y fijaba su mirada en el vacío. 
No recuerdo su voz y sí los gestos acompañando sus monosílabos que subrayaban más el silencio que el sonido. Era una furia interna e inefable impidiéndole seguir su propio pensamiento y verbalizarlo, pero su mirada desbordaba esos límites y todos sabíamos traducir cada matiz que de ellos escapaban igual a chispas de un fuego frío. Quizá se parecía a Dios, me decía, aunque no requería de tal comparación porque en verdad poseía todos los poderes y no precisaba de dictar órdenes pues había bastado que alguna vez, en un tiempo remoto, hubiera señalado las disciplinas, fijado las normas, para que en lo sucesivo se acataran y cada uno de nosotros las obedeciéramos, a veces resistiendo e intentando incumplir, arrostrando con ello el castigo que se producía por conducto de mi madre quien le era leal, en la medida de lo posible, y ejecutaba las penas con fidelidad de verdugo bien pagado. Pero quiero es hablar del lugar donde viví mi infancia y algo de mi juventud. Una pocilga que en estricto sentido no podía otorgar lo que la palabra vivir indica. Un lugar pequeño, oscuro y siempre oliendo a algo similar a restos de comida y habitación por donde jamás ha ingresado algún viento renovador. Es que nos atrincherábamos en las dos y media habitaciones como si estuviéramos en una zona de guerra. No es un símil exagerado pues entre nosotros reproducíamos lo que acontecía en mayor grado a lo largo y ancho del país, el cual posee también rasgos de pocilga del tercer o cuarto mundo. En la media habitación dormía. Allí me aseguraba algunos momentos de soledad y barajaba mis pensamientos y afectos de manera cotidiana, en fin como hacemos todas las criaturas cualquiera sea el lugar donde nos hallemos. El espacio había sido robado a un pasillo y a parte del cuarto de mis padres mediante la construcción de dos tabiques de madera gruesa conseguidos por el atorrante de mi hermano mayor con quien nos cruzábamos permanentemente injurias. Era reconfortante el odio que nos profesábamos pues nos mantenía en continuo entrenamiento. Somos soldados en ejercicio, se excusaba él cuando de las groserías pasaba a los golpes, ocasión en la cual siempre salía vencedor por ser más fuerte y cruel. Sin embargo, en otras oportunidades pude hacerle daño y salir victorioso. Aprendí entonces que si se entra en combate es para resistir hasta la muerte. Ni un paso atrás fue mi divisa, la cual más o menos he cumplido. Debo aceptar que el vagabundo se esmeró en la construcción de mi cuarto, quizá porque semejaba un nicho de cementerio o celda de penado. A mi vista tenía el techo, con su gruesa capa de grasa y el mapa de la lenta derruición del cielorraso. Este cambiaba de piel cada vez por otra peor. Pensaba cuándo llegaría un momento en que se pondría tan delgado que podría ver el cielo y ser calado por las lluvias habituales de esta tierra fría no escogida por mí y a la que he aprendido a soportar. Mi nombre está íntimamente relacionado con el lugar porque es tan absurdo que sólo en esa calle podría pasar inadvertido: Homero Láudano Cordero, nombre y apellidos que podrían justificar cualquiera de los pensamientos de venganza que ocuparon mi cabeza desde el momento en que entendí su absurdo. Un rechazo visceral a ser objeto de ridículo y un intuitivo sentido estético, me permitieron sentir cómo el azar puede construir un desafuero y señalar a sus autores: mis padres. Pero no había forma de conseguir una explicación al respecto con ellos. Él enfundado en su supremo silencio. Mi madre prodigando evasivas y expresiones irónicas, cuando no violentas, con tal desprecio que uno terminaba por aceptar la existencia de una razón profunda para que nos administraran nombres de pila y apodos y nos otorgaran todos sus sentimientos negativos igual a divinidades vengativas. El atorrante llegó a afirmar, mediante un momento de supremo análisis -lo cual demostraba cómo a veces poseía atisbos de inteligencia- que habiéndose ellos conocido dentro de ese cajón rectangular del barrio o cinco mil quinientos cincuenta metros cuadrados -donde funcionaban tres talleres de mecánica, ocho tiendas de abarrotes y licores, habitantes de siempre, empleados menores del Estado, vendedores callejeros, huéspedes ocasionales e inmigrantes de todas las provincias del país, más una casa de lenocinio, es decir, una legión promiscua- todo lo encontraban natural, como los terremotos, la bomba atómica, las mentiras de políticos y prelados de las tres iglesias que rodeaban la calle. Es que en la ciudad hay más iglesias que prostíbulos, decía mi madre haciendo eco de lo que se suponía pensaba mi padre, situación que no había contribuido nada a favor de las buenas costumbres, maneras civilizadas y armonía social. El lugar se llamaba calle del Bosquejo y Buitrón. En piedra tallada sobre la esquina principal, letra gótica, se leía la confluencia del absurdo que tales nominativos designaban. Sin faltar durante los 18 años que allí viví se dejó de limpiar dicha lápida y de remarcar las ominosas letras. Nadie estaba enterado del por qué de tales nombres así cada uno tenía su versión, o sea, las cinco mil quinientas personas que habitaban entre su confluencia. Era, en fin, una miserable calle de marginales pero fiel representación de la de la ciudad de que hacía parte. Aunque para mí como si fuera una isla rodeada de ruidos y cemento por todos sus lados, es decir, de un mar muerto, intransitable e inhóspito. De esos contornos llegaban datos de su existencia, los cuales, en estricto sentido, me parecían ilusiones, ecos de algo poderoso pero sobre todo irreal. El mundo con todas sus miserias e improbables alegrías era el que se desarrollaba dentro de la Calle del Bosquejo y Buitrón y ahora, un buen número de años después, puedo creer lo mismo. Para conocer lo que somos, animales peripatéticos y patéticos, es suficiente cualquier lugar. Las diferencias por grandes que sean y las sutilezas que cada individuo crea o vive individualmente no modifican lo esencial de la condición general de la especie. Me he apartado un tanto del propósito de estas páginas, aunque en verdad sigo la trayectoria ineludible de los hechos, los mismos que continúan marcando mis recuerdos, nostalgias, odios y afectos. El atorrante se llamaba, digo se llamaba porque para mí es como si hubiera muerto, Holocausto Láudano Cordero y siendo mayor tenía en sus rasgos las trazas de la herencia, irremediable, más marcadas que en mi caso por la diferencia de edad. Cinco años más. Entre los dos discurrían los otros tres hermanos. Bestezuelas cínicas, quienes habían formado su propia tribu y depredaban en concierto por todo el territorio. Conformaban un grupo enemigo, altamente organizado que pugnaba contra Holocausto, mis padres y, desde luego, yo. Poseían atributos naturales para hacerse con el poder detentado por ellos mediante la argucia, la traición y la violencia. Eran animales más adiestrados en el combate artero, fruto de la selección natural de adaptación a un medio peligroso y de la herencia que nuestros progenitores nos habían legado sin ánimo generoso o altruista, porque habían procreado por obscura pasión primero, luego gracias a la distracción y al final en virtud del tedio y la costumbre que todo lo pueden. Tenían nombres de perros: Catiusca, la rubia y delgada hermanita; Procusto quien mantenía una sonrisa sardónica siempre, aun bajo el dolor que le infligíamos Holocausto y yo. Nunca pronunció la palabra rendición por la que pugnábamos todos conseguir de cualquier otro. Menelao, más nombre de gato que de can, por ser recio y dúctil como un bambú, era capaz de ensartar un número considerable de dicterios sin modificar una dulce expresión de su rostro y de dispensar miradas de ternura mientras realizaba alguna de sus canalladas. Pues bien, mi ciudad, es decir, las calles interiores, conformaba un laberinto donde se distribuían desafueros, rituales e improbables jolgorios con los cuales se pretendía materializar la alegría y simbolizar la felicidad, en verdad dos entidades por completo ficticias. En cada calle se producían grescas, pugnas de palabra y obra. Las trifulcas deparaban la presencia de la policía y de los servicios de la Cruz Roja. Contusos y heridos con arma blanca. Alguno se ufanaba de haber tenido un enfrentamiento con arma de fuego del cual había salido ileso por su diestra defensa. Pero lo que más me llenaba de curiosidad eran dos cosas: una, mi indiferencia pues observaba los sucesos sin pasión alguna, ni divertido ni protagonista. Tampoco hacía evaluaciones críticas o juicios morales. Poseía una neutralidad que no podré calificar de lucidez. Dos, todo el asunto se realizaba y vivía como un acontecimiento normal y corriente. Cada cierto tiempo era preciso esa forma de guerra civil que al culminar restablece las condiciones para avanzar en la reconstrucción de lo destruido, exculpar y olvidar. La vida daría otras y mejores oportunidades para el enfrentamiento. En fin, eran buenos vecinos y enemigos alternativamente y según ciclos que se reproducían con exactitud. Igual a las estaciones, me digo. Sin embargo, una cierta lucha perenne proseguía tanto en las calles como en el interior de las casas. Un sordo ambiente de guerra se desarrollaba y acumulaba con el paso de los días hasta la fecha de explosión generalizada. Combates localizados y fugaces se sucedían en los cuatro puntos cardinales. Alteraciones puntuales en una especie de guerra de guerrillas. En éstas sí participaban los viejos, hombres y mujeres, quienes obraban como sabios estrategas cuyas experiencias eran útiles para comandar o aconsejar las acciones. Siempre tenían explicaciones en aras de examinar los acontecimientos y nada podía sorprenderlos. Actitud distinta asumían en los eventos de guerra generalizada porque se apostaban en las aceras, en las ventanas y las puertas de sus pocilgas y comercios como si fueran a presenciar un carnaval, el desfile histriónico de falsos guerreros o la puesta en escena de alguna obra épica. Con ello, creo, cumplían antiguos y tácitos pactos pero a la vez reemplazaban el cine por algo más real. Al cabo, pese a vivir en permanente y cumplida degradación, les gustaba imaginar. Con ellos entendí cómo en cada ser humano persiste una forma de sueño que va a la par con la vigilia y en las apariencias no hay sino conductas que obedecen a las ilusiones. Sí, sin duda, y lo he comprobado con mis experiencias: una tónica de fantasía, allí oculta en alguna parte del cerebro, forja una cinta sobre la cual discurren pensamientos y actos. Es un mundo ilusorio que se impone en cada uno de nosotros y que sólo en contadas ocasiones surge y se muestra de manera cierta. La mayoría de las veces tiene el rostro de la locura pero generalmente se disfraza de manera inocua. No obstante, es una existencia poderosa, posee recursos y fuerzas ineludibles. En fin, cada uno vive en ese mundo propio, devorador e imprescindible pues sin él tendríamos la misma mansedumbre de cualquier animal doméstico. Opacados nuestros instintos bajo la espesa bruma de una niebla de paz y aceptación dignas de los borregos. Por el contrario, los mantenemos en buena forma. Somos prontos para responder y calcular. Tenemos un arsenal emocional y físico como si de nuevo enfrentáramos el mundo hostil de los primeros hombres que habitaron el planeta. A esos ancestros debemos las posibilidades de conservar las facultades indispensables para aplazar el extermino generalizado. Las eliminaciones ajenas vienen a cumplir ese antiguo aprendizaje que subyace a intereses más inmediatos: la sexualidad y la ambición. Un prístino sueño de eternidad alimenta cada acto y la claudicación no es sino la señal que de él se ha despertado para precipitarse en la realidad de lo feble y transitorio de la condición humana. La convicción de un poder circula con nuestra sangre y por las circunvoluciones del cerebro. Dominar, sí. Someter y donar favores a manera de afectos y lealtades. Pero esto último es improbable y excepcional. Algo demasiado condicionado y sólo conviene cuando representa un avance hacia una meta favorable y personal. La fidelidad a mis padres, así la puedo llamar, por ejemplo, era una estratagema para realizar un arduo aprendizaje que luego me reportaría beneficios. Detrás de la hostilidad que nos prodigaban comprendí la ruda pedagogía que debía asimilar, y cuál mejor que aquella destinada a adiestrar para enfrentar un mundo muy hostil, falso y destructor como el que habitábamos allí en nuestro territorio, además, por entero semejante al existente allende nuestras precarias fronteras. Era un aviso de abandonar todo candor. Desenvolverse con astucia y ser implacables. Mis hermanos intermedios sabían esto mejor que yo pero cedían al ímpetu y la temeridad, por ello no llegaron muy lejos. Catiusca, por ejemplo, se aconductó y replegó sus talentos a un conformismo degradante al constituir una familia pequeñoburguesa, colmada de mezquinas satisfacciones. La peor de todas, simular felicidad y paz así estallaran bombas a su alrededor y la savia de la esterilidad mental abismara sus fantasías y el tiempo de tedio derritiera sus ácidos sobre la noble cabeza que poseía. Creo haber visto por última vez, ya hace algunos años, la luz de la lucha extinguiéndose irremediablemente en la profundidad de sus ojos. La hubiera preferido como en sus mejores años: artera y salvaje. Procusto y Menelao aunque no me defraudaron del todo perdieron algo de su violencia y se tornaron un tanto pusilánimes y se limitaron a enriquecerse, de manera expedita, es cierto, pero contaminada de altas dosis de fe burguesa, es decir, aceptando sus valores y creyendo en ellos. Algo de su bárbara aventura había perdido el norte que de pequeño noté y de la cual aprendí y, aun cuando ellos no lo sepan, me hallo reconocido. ¿Qué secreto fracaso los había llevado a un límite tan vulgar y obvio? Acumular dinero no podía ser sino un instrumento y en el peor de los casos un azar que en su ruta se depara a cualquiera. Esto me lastima pues si bien eran dos figuras de temer no creí que cupiera en su inteligencia y piel la claudicación frente al éxito trivial. En casos semejantes no es excusable ningún crimen y cualquier desafuero se convierte en vulgar y banal ambición. ¿Sólo enriquecerse? El pensarlo da asco. Ellos han sentido mi desprecio y lo aceptan. Pero han fracasado. Sé que tal metamorfosis tiene su causa en las antiguas y largas penurias que habían heredado mis padres y legado a cada uno de sus hijos, y ante el temor de quedar presos de idénticas circunstancias prefirieron amoldarse a una sociedad que admira la riqueza por ella misma, pondera a los individuos según los fondos bancarios e imita el éxito que produce dividendos contables. Incluso, superando el deseo de venganza y simulando perdón -actitud en verdad inexistente por siempre- han asegurado que mis padres vivan sus últimos años preservados de la miseria con dos sirvientes y enfermeras que se alternan sus cuidados. Es cierto que se protegieron muy bien de dar manifestaciones de afecto, imposible en ellos para quienes no se las merecen, y efectuaron todo dentro de la asepsia de una tarea administrativa simple y distante. Un día cualquiera, cuando la calle de marras era refugio de la peor escoria y hasta los patricios de la marginalidad habían acarreado sus bártulos hacia lugares menos calamitosos -y con un nunca jamás, lleno de rencor y sin mirar atrás, se dispersaron por la inhóspita ciudad- arribó uno de los automóviles de Procusto, con chofer uniformado al mando, en la enguantada mano derecha una nota de estilo (una ironía que avalo) suscrita por mis dos hermanos cuyo texto desconozco pero supongo, y literalmente sin más trámite embaló a mis padres y los condujo al municipio de Chía, se aseguró de dejarlos en el vestíbulo de la casa que se les destinaba, aún oliendo a pintura fresca, amoblada con gusto sospechoso pero con muebles costosos y lista igual a una suite de cinco estrellas y adiós, dijo el chofer, mantuvo la mirada neutra y dio la espalda mientras padre y madre, socarrones, sonrieron y tomaron posesión del territorio, mi padre sin decir más que un automático ¡caray!, ¡caray!, ella susurrando dicterios y estimando con ojo utilitario tantos enseres que le trastocaban los viejos caminos hasta ese momento andados y desandados como los únicos que su destino le había permitido. Quizá la nota de mis hermanos decía: “Con amor esto que les donamos, salvo si prefieren un subterráneo endemoniadamente pequeño y húmedo. Sus hijos predilectos”. O: “Como aún existen acepten cuanto les damos. ¿Prefieren otro trato? Nada suyos, sus víctimas”. 
La leyeron una y otra vez y sin inmutarse estuvieron satisfechos de que ninguno de sus hijos hubiera caído en la infamia de la sensiblería y fueran, para bien de todos, capaces a la vez de odiarlos y de ayudarlos. Alguna forma de sufrimiento moral debía implicar semejante actitud, pensó mi padre y apretó los labios no fuera que se le escapara una duda o interrogante que lo llevara a aceptar argumentos, opiniones o posturas de alguien, en particular de sus hijos, a quienes por principio despreciaba y veía como resultado de un ejercicio fisiológico natural e inevitable. 
Mi madre, por el contrario, buscó un rasgo de humor tanto en la actitud de ese par de fieras que habían sido y eran sus vástagos como un instrumento de venganza ininteligible. No podía aceptar que corriera sangre común y corriente por las venas de semejantes bárbaros y, en consecuencia, debía rechazar la terrible posibilidad de haber criado a unos simplones llenos de paja el cerebro y el corazón débil. Así entonces creía e, incluso, deseaba que los cuidados prodigados por las sirvientas y las dos enfermeras fueran una forma de venganza y que en los alimentos estuvieran administrando dosis de veneno para primero llevarlos a la locura y luego a la postración física. Pero en el fondo no le importaba morir por envenenamiento o fruto de un alevoso ataque que la hiriera letal-mente, pues consideraba que la vida, la de ella y la de todos, era una porquería o una pesadilla de la cual se tienen instantes de lucidez y atisbo de sus horrores pero que se vuelve a cerrar en las sombras espesas de lo irreal. Por esa niebla transitaba, efectuaba actividades sin lógica, era objeto de usos y a su vez usaba a los otros. Pensaba que haber sido madre la igualaba a cualquier bestia. Una perra, por ejemplo. Cuyo goce abastecía deseos primarios de animales en celo que hierven apetitos igual a especias en una grande y oscura olla. Sin embargo, tales certidumbres le producían risa y las violencias habitadas y asimismo prodigadas conformaban el idioma veraz de la humanidad. Estaba segura que su hombre compartía iguales ideas. Sin embargo, se cuidaba muy bien de admitirlas quizá previendo que si las aceptaba desataría un nudo de sangre, algo irremediablemente peligroso frente a lo cual eran incapaces. 
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