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Gabo y su sonata inocente

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Gabo y su sonata inocente
By Libros y Letras 28 de abril de 2014
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Por: Germán Borda,
especial para Libros y Letras.
Existió una
constante en literatura, muy visible en autores como Ionesco, Beckett (Juego
final, Esperando a Godot) y una película de Polanski, cuando llegue Mr. Katelbach,
un mundo letal. Asfixiante, con una atmosfera cargada, cerrada,  en el que
los seres tienen que vivir por lapsos infinitos. Un mundo sin salida. En mi
novela el “Enigma de Dreida”, quizás influido por esos aires secretos que a
veces se filtran, dejé a los personajes perdidos en un muelle del Pireo, puerto
de Atenas. Siempre a la espera de un barco que los lleve a la sede donde
desentrañarán los misterios del ser. Ahí permanecen.
En los cientos,
quizás miles de kilómetros, recorridos con mi amigo José Stevenson,
comentábamos, que el “Coronel” de Gabo  tenía esa característica. Los
personajes se mueven en un mundo circular del que no hay salida; y anoté, en un
terreno místico, Bach, crea un universo estático, congelado, en el que hay
movimiento constante; pero,  el mundo, el cosmos, se repite dentro de un
espejo mágico.
—Escríbelo y se lo
mando a Gabo
—lo que hizo; y el nobel, a quién jamás conocí y solo hable dos minutos
por teléfono, y me molestó con humor por mi acento “cachaco”, contestó esto en
la revista Semana:
Sonata Inocente
Gabriel García Márquez
Muchos lectores me preguntan sobre
la relación de mis libros con la música. Yo mismo, más en serio que en broma,
he dicho que Cien años de soledad es
un vallenato de 400 páginas y que El amor
en los tiempos del cólera
en un bolero de 380. En algunas entrevistas de
prensa he confesado que no puedo escribir con música porque le pongo más
atención a lo que oigo que a lo que escribo. La verdad es que creo haber oído
más música que libros he leído, y pienso que no me queda mucho por escuchar
desde Juan Sebastián hasta Leandro Díaz.
La mayor sorpresa me la llevé en
Barcelona cuando dos jóvenes músicos me visitaron después de leer El otoño del patriarca, cuya estructura
les parecía inspirada en la muy compleja del Concierto para piano número 3 de
Béla Bartók. Llevaron gráficos demostrativos que a ellos les parecían
terminantes. No los entendí, por supuesto, pero me sorprendió la coincidencia,
de que en los casi cuatro años en que escribí el libro estaba muy interesado en
aquellos conciertos, y sobre todo en el tercero, que sigue siendo mi favorito.
Quiero decir con todo esto que no
me sorprende ahora si un músico de méritos grandes cree encontrar elementos de
composición musical en El coronel no
tiene quien le escriba
, que es el más simple de mis libros. Es cierto que
lo escribí en un hotel de pobres de París, en condiciones espartanas, mientras
esperaba una carta con un cheque que nunca llegó. Mi único consuelo era la
música de un radio prestado. Pero ignoro por completo las leyes de la
composición música, y mal podría escribir un cuento con una estructura
diatónica deliberada.
Creo, eso sí, que un relato
literario es un instrumento hipnótico, como lo es la música, y que cualquier
tropiezo del ritmo puede malograr el hechizo. De esto me cuido hasta el punto
de que no mando un texto a la imprenta mientras no lo lea en voz alta para
estar seguro de su fluidez.
Las comas son esenciales, porque
imponen un ritmo a la respiración del lector y manejan sus estados de ánimo. Es
lo que llamamos las comas respiratorias que pueden permitirse inclusive
trastornar la gramática a cambio de preservar el acto hipnótico de la lectura.
Si esto es lo que quiere saber mí
admirado Germán Borda le contesto que sí: no sólo El coronel sino hasta el
menos significante de mis párrafos está sometido a ese rigor armónico. Sólo que
a los escritores intuitivos no nos conviene explorar demasiado estos misterios
técnicos, pues en este oficio de ciegos no hay nada más peligroso que perder la
inocencia.