Invocación a Pedro Lemebel

El autor barranquillero John Better trae desde el “más allá” y por breves instantes a unos autores más relevantes de nuestra literatura moderna latinoamericana: el escritor chileno Pedro Lemebel.

Por: John Templanza Better*

“Prima, nosotras somos ‘narratrices’; esos que me señalas con tu boquita corazón, esos de la mesa de al lado, son solo tristes funcionarios de la literatura, asunto del que poco sabemos tú y yo. Ellos viajan por el mundo, se pavonean en festivales haciendo el papelón de ser embajadores de las letras latinoamericanas. Es igual en Chile o cualquier provincia de este continente en forma de empanada. Me los he topado en ferias y encuentros literarios, tan machos e intelectuales. Me ha tocado hacerme la lesa y estrechar sus anfibios tactos, por que nosotras también somos atracción, nos embarcan en primera clase para que no digan que la literatura no es incluyente. Así me he paseado por tierras de gringos o lejanos parajes como Finlandia. Pero no escondo mi asco, mi mueca, mi social copular y me pagan por eso, prima. Así que usted no sea tan tonta; eso sí, disimule bien, haga su performance, lo suyo, y si está ‘copeteada’ (tomada), haga como yo en San Felipe, párese, y échales abajo la mesa a esos fachos de mierda, no sin antes esculpirla, así como ellos lo hacen en secreto con nuestros nombres”.

He recordado está mañana novembrina aquellas últimas palabras que Lemebel me dijera una noche antes de su regreso a Chile luego de su paso por Barranquilla en el Carnaval Internacional de las Artes en el año 2008. De no haberlo matado en 2015 aquel cáncer de faringe, “la narratriz” chilena cumpliría 71 años el 25 de este mes.

Me han preguntado qué pasaría si Lemebel estuviera vivo hoy. ¿Qué pensaría? ¿Qué opinaria? Eso es imposible de saberlo. Entonces, como lo que escribo desde hace años es lo que denomino “el triunfo de la imaginación”, voy a arriesgarme y a traer desde el “más allá” -por breves instantes- a unos autores más relevantes de nuestra literatura moderna latinoamericana.

Lo primero que hago es poner sobre la mesa algunos objetos que heredé de Pedro: la primera y rudimentaria edición de su libro Loco afán publicada por LOM editores, su lápiz negro de ojos, una polvera lustrosa y el famoso abanico de encaje blanco de su famosa foto para la revista Gatopardo que ambientó aquella crónica de “O.C” y que tituló: “El corazón rabioso del hombre loca”. Todavía recuerdo la furia de Lemebel: “Po niña, esa siútica llamándome hombre”.

Esa rabia contra el joven cronista chileno le duró muchos años: odió con el alma aquella crónica. Y fue tema vedado en nuestras charlas habituales vía Messenger.

Luego de un pequeño ritual quemando marihuana y ayahuasca, poner un vals peruano de fondo y leer en voz alta su manifiesto, el perfumado fantasma de  Lemebel aparece frente a mí. Se bambolea en sus tacones y toma asiento.

—Po, niña. Cuánta osadía en sacarme de dónde estaba. Interrumpiendo, como siempre.

—La vieja costumbre, prima comadreja. Empecemos esto sin rodeos: ¿por qué tuviste que morirte?

—Cosas, asuntos que tenía pendientes. Me preguntan mucho por ti por allá; la Perlongher y la Puig, que dejes de plagiarlas.

—Te copio más a ti. Saludos a Monsiváis, por favor.

—Niña, ¿y te pagarán por esto?

—Algo, no todos los días charlas con la difunta Lemebel. Dejaste armado un lío con lo de tu herencia.

—Mi herencia es la rabia, el rencor por quienes convirtieron Chile en una fosa común y siguen como si nada. Que se hagan trizas por la plata. Mi familia fueron mi Violeta, mi madre y unas cuantas locas y feministas aguerridas de los ochenta. El paisaje actual en la escritura latinoamericana se transforma. Veo a más mujeres a bordo; eso le va bien a la enquistada y prostática manada de autores machos que poco o nada me dicen.

—Oye, han salido decenas de libros después de tu muerte. Y la película…

—Futuro papel picado, empezando por el libro de la Conti, pituca esa.

Loca fuerte. Así lo tituló.

—Espantoso. Y la película, aún peor.

—Dicen que Alfredo Castro interpretó a tu personaje “La loca del frente” magistralmente.

—Estuvo tan fea como la William Hurt haciendo de la Molina en El beso de la mujer araña. Recuerda las palabras de Puig: “La Hurt estuvo tan mala que de seguro le darán un Óscar”, y así fue. En lo de Tengo miedo torero, Alfredito pasó con más pena que gloria; parecía empecinado más en imitarme que recrear a la curso “Loca del Frente”.

—¿Y es que tú no eres ese personaje?

—¡Po! No, niña. Eso creen todos. Yo no creo en eso del amor; solo han manoseado este cuerpo castigado.

—Qué fuerte eso.

—Somos honestas, es todo. Narratrices de una época igual de terrible a la actual. Dónde estoy tenemos cable y vemos todo lo que pasa aquí. COVID, gobiernos nefastos, hambruna, desaparecidos. No me he perdido de nada. Por cierto, ¿tienes algo de beber por ahí?

—No. Ya no consumo licor.

—¿Quizá algo de sangre?

—La uso para escribir este texto. Pedro, ¿ya sabes qué pasó con los desaparecidos de Pinochet?

—Están casi todos acá. A veces suben a Santiago, fantasmas que caminan buscando por siempre a sus familiares. Un sufrimiento que nunca acaba. La dictadura de la ausencia, prima; la era dejó de parir corazones hace mucho. Qué mundo más trivial están habitando, es para gritar, prima. Prefiero mil veces estar muerta a esta avalancha de caca que la modernidad les brinda a cada segundo.

—Y las locas ahora, todas hacen performance, manifiestos, novelas, inspiradas en ti.

—Eres mala, Betty, te gusta incendiar el mundo, niña. Mucha imitadora sin discurso, sin la fuerza marica de las que empezamos esto. Ninguna loba como yo, puras maquilladas del Instagram y TikTok. No veo rabia ni compromiso, pura pose y bisutería que rellena sus cabecitas. Puros culos lacios sin firmeza. Académicas del tedio.

—Quédate, Pedro, haces falta. Extrañamos tu voz.

—La navaja del cáncer se hizo cuchillo y me la cortó. No hay mucho que desee decir del mundo hoy; dije todo. Pero no me encontrarán ni en los performances de Las Yeguas ni en los libros. Quien quiera verme de nuevo me encontrará en esos cuerpos del deseo bajo las luces de los postes, en el mercado de La Vega de Santiago, en los taxi boys de la Plaza de Armas a quienes dejé en sus cuellos marcas de mis colmillos. Bueno, prima, debo regresar. No me mires así, Betty Better. No te afanes; nos veremos antes de lo esperado. Voy tarde, hay una fiesta en mi honor y usaremos a Pinochet como piñata. Lo rellenamos con mil cráneos de sus “patas” (compinches) generales de la dictadura. Chau, prima. Y no dejes de escribir con loco afán. No dejes ni una gota de esa rabia que nos ahoga a todas. ¡No dejes de enseñar los dientes!

*@johnbetter69