Ida Vitale y su fascinación con plantas y animales

María José Bruña Bragado, Universidad de Salamanca

La escritora uruguaya Ida Vitale (1923), perteneciente a la Generación del 45 junto a nombres como los de Amanda Berenguer, Mario Benedetti, Carlos Maggi, Ángel Rama, Idea Vilariño o Sarandy Cabrera, manifiesta que su fascinación por la botánica, la zoología y la biología se remonta a la infancia, que siempre es el comienzo de la curiosidad por todo.

Hereda tal afición de una tía que lleva el mismo nombre de la poeta y que le inculca la pasión erudita por la naturaleza. En efecto, Ida, bióloga, le regala docenas de cajitas con criaturas animales y vegetales que deleitan y asombran a la niña, hoy centenaria, para siempre.

Ida Vitale firma un libro en el Museo de la Ciudad de México, en 2022. Tania Victoria/ Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, CC BY

Disfrute de plantas y animales

Es interesante comprobar cómo una autora que escribe una poesía hasta cierto punto hermética, difícil, conceptual, nada complaciente, parte siempre de la pura materia, de los objetos y de los seres vivos, sean plantas, sean animales. En su trabajo “Árboles y pájaros. Ida Vitale y la palabra muda”, Ana Inés Larre Borges afirma que las criaturas y la naturaleza pueblan ese lenguaje poético porque su capacidad de observación del entorno le hace penetrar de manera profunda en la esencia de las cosas y los seres. “Nunca se me murió una planta”, confiesa, con su particular e inteligente sentido del humor.

Sus libros De plantas y animales y Léxico de afinidades dan buena cuenta de ello. Zorros, lobos, cigüeñas, vacas, perros, caballos, gatos y un sinfín de aves, desde el teru teru al colibrí, la alondra, la urraca, pero también reptiles como las serpientes, sapos y ranas, sin olvidar los grillos, escorpiones o mariposas, se multiplican en sus versos. Y flores o árboles, desde el helecho al crisantemo, de la dalia a la rosa, del eucalipto al plátano, la palmera, el tilo y el sauce.

Para la escritora, la ignorancia contemporánea consiste en no distinguir un roble de una encina, un ombú de un ceibo o un mirlo de un sinsonte (el equivalente al ruiseñor, pero del lado americano y pájaro central en su obra por lo musical).

Veamos un poema que da muestra de lo que venimos diciendo. “Otoño” se detiene en un gesto simple: en cómo un perro interrumpe la inspiración y la escritura.

Otoño, perro

de cariñosa pata impertinente,

mueve las hojas de los libros.

Reclama que se atienda

las fascinantes suyas,

que en vano pasan del verde

al oro al rojo al púrpura.

Como en la distracción,

la palabra precisa

que pierdes para siempre.

Leer en la naturaleza

Hildegard von Bingen, consejera, abadesa y mística, compositora también, se aplicó en el siglo XII a escribir de materias varias y sobre todo a describir con particular realismo y en lengua vulgar a humanos y animales en libros como Physica o Liber simplicis medicinae.

Al igual que ella, la pasión de Ida se vuelca, como cuenta en su libro Léxico de afinidades, en “bayas, agallas, muestras de maíz pisingallo, crisálidas, himenópteros, lepidópteros, una estrella y un caballito marinos, un nido de colibrí, piedras que me encantaban por sus colores, brillos o dibujos o por sus nombres, como el feldespato o el oropimente”. Su libro De plantas y animales es otro homenaje a su gran vocación natural.

En cierta forma, esa pasión por la naturaleza se da también en sus recitales poéticos, pues desea siempre que no se den en entornos urbanos sino rurales. Vitale recibió el Premio García Lorca en Granada, pero lo que más disfrutó fue la lectura detenida de sus versos en los jardines de la Alhambra, con el sonido del agua, con el canto de las aves.

Recibió asimismo el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana de la Universidad de Salamanca y lo que más entusiasmó su ánimo fue la visita a un pequeño pueblo enclavado en un paraje natural hermoso, con un roble centenario, con percas en el río. Allí, en Juzbado, leyó para una multitud que desbordaba el Ayuntamiento y acabó llenando una plaza con sus árboles, su campanario, los perros que se acercaban, los gatos.

Una fotografía de grupo de unos jóvenes que rodean a un hombre mayor.
La Generación del 45 en ocasión de la visita de Juan Ramón Jiménez. De izquerda a derecha, parados: Maria Zulema Silva Vila, Manuel Claps, Carlos Maggi, María Inés Silva Vila, Juan Ramón Jiménez, Idea Vilariño, Emir Rodríguez Monegal, Ángel Rama. Sentados: José Pedro Díaz, Amanda Berenguer, Zenobia Camprubí, Ida Vitale, Elda Lago, Manuel Flores Mora. Ana Inés Larre Borges/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Poesía ecologista

Hay, además, una temprana preocupación ecologista en su poesía y anhela un equilibrio del ecosistema donde el ser humano es el principal enemigo de esa armonía natural. Un ejemplo de ello es su poema “Sinsonte y margaritas”:

De nuevo aquí el sinsonte,

el ruiseñor del día,

acróbata por los aires de plata.

De nuevo es marzo,

para él feliz, y danza

y en ese impulso vuelan trinos

desde el mástil muy alto

al más cercano borde del azul,

vacila, lo borda por segundos,

recompone una malla,

tensa un vacío, mira con ojo exacto

las quietas margaritas

y vuelve, en un vuelo gracioso,

vigía sin paz,

a la misma, persistente atalaya

donde lo descubrí.

No le importa, sensato,

lo pasajero, lo que abajo pasa,

gente sin ton ni son,

sin música

agobiada de urgencias.

Él canta por su especie

como no lo hace el hombre.

Como dice Paul Valéry en sus Cuadernos, y nos recuerda Mauricio Cheguhem en su trabajo “Gramática de la naturaleza: Poéticas y ciencias de lo vivo en Ida Vitale”: “No estamos en la tierra para anular el misterio del mundo; sino, al contrario, para crearlo y complicarlo, añadir más misterio. ¡Para que la naturaleza se pierda en él! Si lo miramos de cerca, vemos que es la gran obra de la ciencia”.

Tal vez la función de la poesía sea esa: observar, contemplar la naturaleza y añadirle más misterio a través del lenguaje.

María José Bruña Bragado, Profesora Titular de Literatura Hispanoamericana, Universidad de Salamanca

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.