La Antonia Santos de Flor Romero última parte

No. 6.851, Bogotá, Miércoles 15 de Octubre de 2014

La Antonia Santos de Flor Romero última parte

Es el mejor regalo que me pueden conseguir. Las culonas son un manjar. Menos mal que en estas bravas tierras amarillentas, las hormigas nos deleitan…Y a propósito, quiero ir contigo a recorrer hormigueros. Porque después de que me coma éstas, voy a tostar otras para más tarde…
El padre traía cara de preocupación. En la frente surcada de arrugas, se podía leer que los tiempos eran tormentosos y el ambiente se caldeaba. Los realistas no debían estar lejos, y seguro vendrían por ella, a quien todos ya conocían como la sostenedora de las Guerrillas de Coromoto.
El clima de preocupación en la provincia no ha cambiado. Los campesinos de hoy siguen atemorizados por la explosión de la geografía atormentada. Es como si estas breñas santandereanas no salieran de angustias, y siempre estuvieran con la zozobra pegada al pecho. Ayer viernes me percaté de los destrozos de la Quebrada Santa Rosa. El agua se represó en lo alto de la cordillera, y rodó con tal violencia trayendo piedrones prehistóricos, troncos, arena y ramas que desbordó el rústico puente, arreó con dos casuchas de la orilla, se llevó cuatro niños, vacas, chivos, trastos y la seguridad de los vecinos zapatocas. 
No acababa de salir del escenario apocalíptico del río, en donde ayer tenían instalado un balneario para las gentes de Zapatoca, Chima, Charalá, Socorro y Pinchote, cuando se escucharon los gritos de la corregidora, de la telegrafista, que eran secuestradas y degolladas por los hombres enmontados.
Rebuscó las palomas rosadas nietas o biznietas de aquellas del palomar del patio de El Hatillo. Pareciera que andas enmontadas o quizá volaron a instalarse en el alféizar de la catedral.
Por los ciruelos añosos, los mamoncillos y las palmeras trajinan ahora toches, arrendajos, mirlas, azules y tórtolas que llegan en bandadas a desearme feliz año.
Anoche los pajaritos se acostaron asustados cuando Lucas, el administrador cincuentón le prendió candela al año viejo relleno de trapo y pólvora, que trajo Alfonso Rugeles desde su mirador en donde se sienta a escribir versos y a soñar con las socorranas garbosas, esbeltas y decididas de ayer y de hoy.
Este año viejo relleno por sus hijos, era especial. Tenía dientes de madera, sonrisa enigmática y un cierto aire nostálgico en su gesto desgonzado.
Hasta las lechuzas quedaron mudas después de la explosión de los juegos artificiales. Lucas alcanza a secarse una lágrima con disimulo por lo que se está yendo con el año viejo. Fulvia la joven mujer que había conseguido para acompañar la soledad de su viudez, lo abandonó después de ocho meses de retozos en la estera. Todo porque él no quiso escriturarle la pequeña parcela en donde viven sus padres.
Tú también te volverás humo, Fulvia – dijo a tiempo que acercaba la llama al cuello del muñeco desgonzado. De tu presencia ayjuepuerca, no queda sino un lejano recuerdo. Viniste a remover emociones dormidas y me dejaste con las ganas. ¡Qué joda! 
A medida que el año viejo de algodón y pólvora se consumía, iba esfumando 
el brillo de los ojos de la ingrata Fulvia, quien a los veintiún años le había taladrado círculos de fuego a sus pupilas y angustias en la sangre. 
– Te vas. Pero quien sabe. Qué vida tan hijuepuerca¡
Por los corredores empedrados caminaban garbosas las muchachas socorranas. Entre ellas había una alta, de ojos almendrados y cuello de perdiz, que quizá fuera el espíritu de María Antonia, la heroína y mártir que aún trasiega por estos bravos parajes.
Me pareció sorprender a María Antonia mirando aterrada el panorama tormentoso de la Colombia moderna, recordando su lucha por la libertad, por la paz, y pensando que su sacrificio quizá fue estéril, pues aunque se logró sacudir el yugo español, aún no se han logrado sus sueños de convivencia.
Por ahí va ella, altiva, caminando con la frente alta, hacia el cadalso. La víspera habían leído el bando de la orden de fusilamiento, firmado por Sámano. Las noches de terror pasadas en la prisión después de que fue detenida en su finca de El Hatillo no la amedrentaron. Los sacerdotes le rogaron que se arrepintiera de sus veleidades libertarias.
Ni un momento me arrepentiré de haber luchado por la causa patriota.
Es que si nos cuenta quiénes son sus colaboradores, la indultaríamos.
– ¿Cómo se les ocurre proponerme eso? Ni loca que estuviera.
– Vida no tenemos sino una, señorita Antonia. Piénselo bien.
– No faltaba más, sino que a los treinta y siete años resultara cobarde.
Al día siguiente la llevaron a un cuarto cerrado en la Casa de Gobierno, en donde estuvo asistida por sacerdotes:
– ¿No tiene de qué arrepentirse?
– Dios sabe que estoy por la causa justa.
– ¿Sabe qué día es hoy?
– ¿Cómo iba a ignorarlo si en el rosario que me acompaña, tengo marcados los días? Hoy es 28 de julio de mil ochocientos diecinueve.
Le faltan pocas horas para ser fusilada en la plaza mayor.
– Lo sé. ¿Y cual va a ser la suerte de mis servidores Juan Nepomuceno y Juana?
– También serán fusilados.
Dos lagrimones rodaron por sus mejillas doradas.
Luego se sumió en un profundo letargo. Con un traje negro de amplias faldas de algodón, fue llevada al cadalso. En la cabeza lucía un pañolón oscuro, con el que se cubrió la cara para no ver a sus verdugos ni a la multitud que se apiñuscaba para presenciar el espectáculo de los fusilamientos. Tuvo cuidado de atarse las faldas a los tobillos con una cabuya para que no se abrieran al fogonazo de los fusiles.
Junto a ella, aparecieron Isidro Bravo, y Pascual Becerra, sus compañeros de sacrificio.
Con María Antonia, crecía la lista de heroínas y mártires santandereanas de la época negra de la reconquista. 
Cuando los fusileros atronaron los aires socorranos con la ráfaga que abrió en flores de sangre el pecho de María Antonia Santos, una paloma rosada azorada sobrevoló el tejado de barro de la vetusta iglesia colonial. Llevaba amarrado en la patica izquierda un mensaje que el pueblo no atinó a descifrar.

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