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La literatura explosiva del israelí Etgar Keret

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La literatura explosiva del israelí Etgar Keret
By Libros y Letras 15 de marzo de 2020
  • Views: 38
Etgar Keret. Foto: cortesía Editorial Sexto Piso

Etgar
Keret
nos relata historias donde la protagonista es una cabeza humana que
alguien se encuentra en un parque, un hombre que se tropieza de frente con sus
mentiras, personificadas, o un domiciliario que amenaza a uno de sus clientes
para que le cuente un cuento. En este tipo de narraciones irónicas,
imprevisibles y teñidas de humor negro, radica la fuerza literaria del escritor
israelí más leído de los años recientes.


Por: Juan Camilo Rincón / Bogotá.
Sin
hacer concesiones ni ser políticamente correcto, Keret es dueño de una prosa
renovadora que sorprende y explota, contundente, en cada página. Sus personajes
son tan reales que podrían ser nuestros vecinos, nuestros amigos o incluso
nuestra pareja, y entonces sentimos que la ficción y la realidad se hacen una
sola.

Además
de su literatura, el cine nos da la fortuna de acercarnos a otras formas de su
creación, pues es guionista y director, y algunos de sus cuentos han sido
adaptados a ese formato.

De
paso por Hay Festival Cartagena y por Bogotá, Juan Camilo Rincón entrevistó al
autor israelí para Libros y Letras.
-Vivo en un país donde, desde muy pequeños, nos
acostumbramos a la presencia de la policía y el ejército en espacios
cotidianos. Por esa razón 
me
llama la atención que en muchos de sus cuentos hay menciones o alusiones al
mundo militar: soldados,
sargentos, destacamentos, misiones de ejércitos
. ¿Esto es algo
desprevenido y “natural” en su escritura, o los ha incluido intencionalmente?

Eso
tiene que ver principalmente con la sociedad y el país en el que vivo. En Israel
todos deben servir en el ejército de manera obligatoria, tres años los hombres
y dos años las mujeres; muchos siguen vinculados incluso hasta los 50 años. Es
una sociedad muy extraña porque todas las personas que conoces, alguna vez fueron
soldados; no es como el caso de Estados Unidos, donde hay un ejército profesional,
y otros pueden ser bomberos o policías, sino que es una experiencia ubicua y
compartida como manejar un carro o salir a almorzar. Esto crea una situación
muy particular porque, si tienes una discusión con alguien en la calle o si una
chica te pregunta por qué la estás mirando, sabes que esa persona sabe manejar
una ametralladora o lanzar una granada. Es como si el empaque de la
civilización humana estuviera ahí, pero sabes que puede romperse en cualquier
momento. Lo que ocurre es que las situaciones son esencialmente diferentes en
esa sociedad, comparadas con otras. Por ejemplo, en una de mis historias, una
pareja pelea, la novia saca al chico del apartamento y cierra la puerta con
llave. Todos en Israel saben que una de las primeras cosas que aprendes en el
Ejército es que hay una manera específica de patear una puerta para volar una
chapa, así que, si él no entra al apartamento es porque respeta su decisión, no
porque no pueda entrar. En Israel se tiene la sensación de que la civilización
es una ilusión y que todos hacemos un pacto en el que “no sé cómo matarte y tú
no sabes cómo matarme”, pero toda la agresividad de la región y el pasado
violento que hemos vivido es una falsa armonía porque sabes que, en cualquier
momento, todo explota. En mi país, en un café como el que estamos ahora, seguramente
habría una o dos personas que han matado a alguien, y una o dos que han visto
morir a alguien junto a ellas. Se comportan de manera normal, toman su café,
dejan su propina, pero de alguna manera se sabe que la civilización es una
especie de pacto en un recinto del que muy fácilmente te puedes salir.
-¿Por
qué escogió el cuento corto como uno de sus géneros?

Nunca
escogí el cuento corto; más bien escogí contar historias que resultaron siendo
cortas. Eso tiene mucho que ver con la intensidad de las historias; por
ejemplo, si corres a la máxima velocidad posible, no puedes correr una maratón
porque te quedarás sin aire muy pronto. Mis cuentos son como explosiones y he
aprendido a hacer que exploten un poco más lentamente.
-¿Qué
suelen esperar los lectores, los editores y la prensa de los textos de un
escritor israelí?

Primero
que todo, pienso que la mejor lección para un escritor es que nunca debe escribir
lo que los otros esperan. Un escritor no es un banquero o un dentista; lo
último que quieres es que sea confiable y predecible. Muchas veces la gente
espera que, si tú naciste en determinada región, hagas historias que ellos ya
conocen. Si eres colombiano, quieren que escribas sobre los carteles de la
droga; pero puedes ser un escritor colombiano homosexual y relatar una historia
de amor sobre el capitán de la selección de fútbol y jamás mencionar nada sobre
el narcotráfico. Es importante combatir estas expectativas para que tu quehacer
no se convierta en una especie de cliché predecible.
-¿Cómo
pelea usted contra el estereotipo del escritor israelí?

Trato
de ser pacifista y no pelear en ningún ámbito (risas). Para mí, el espacio de
una historia es una especie de confesionario católico: una vez que ingreso en
ese recinto, trato de ser sincero, sin provocar ni pelear contra nada, sino
contar una versión de lo que es verdadero para mí.
-En
el cuento “De repente un toquido en la puerta” usted dice que “la gente
realmente está sedienta de otra cosa”. ¿De qué está sedienta la gente hoy?

Pienso
que vivimos en un mundo que se hace cada vez menos intuitivo y menos físico,
menos básico. La mayoría de nuestras interacciones son muy abstractas; enviamos
correos electrónicos, notas de voz. Hace ya algún tiempo, si querías
comunicarte con alguien, tenías que verlo cara a cara; hoy, las interacciones
son cada vez más virtuales. Por ejemplo, mi hermano, que trabaja en el mundo de
la computación, tiene como mejores amigas a personas que jamás ha visto
personalmente. La sociedad humana es una red que ha cambiado mucho; hace 50 o
60 años, si querías conocer a alguien, para llegar a ella tenías que buscar a
una persona que conociera a otra persona que conociera a esa persona. Era un
tránsito analógico. Hoy en día puedes escribir por Twitter a una persona famosa
que no conoces, y eso produce una distorsión en la carga eléctrica donde las
interacciones humanas han perdido su carácter intuitivo. Ahora alguien puede
escribirme desde Bali, Indonesia, y preguntarme si prefiero usar calzoncillos o
bóxers. Eso habría sido impensable hace 50 o 60 años, que alguien me escribiera
una carta para preguntarme eso, y mucho menos que se acercara a mí. Ahora las
barreras han colapsado y han cambiado por completo las interacciones. 


Primero que todo, pienso que la mejor lección para un escritor es que nunca debe escribir lo que los otros esperan. Un escritor no es un banquero o un dentista; lo último que quieres es que sea confiable y predecible.





*Juan Camilo Rincón. Periodista y escritor. Redactor de Libros & Letras.
Twitter: @JuanCamiloRinc2